jueves, 12 de enero de 2017

El circo extensivo

Como de niño el circo era un espectáculo al que iba al menos un par de veces al año y me gustaba tanto, lamenté su ocaso y me dolió cuando en Madrid hace mil años desapareció el circo Price original que, para remate, estaba en un lugar céntrico al que no suponía una aventura ir. Siempre achaqué su desaparición a la desaparición de la pobreza, porque no me digan que andar en carromatos o camiones de un lado a otro como ocurría con sus artistas, no es una vida poco atractiva para cualquiera, pertenezca o no a ese mundillo y eso que tuve ocasión de visitar unos de esos modernos y lujosos remolques que utilizaba −o utiliza− el Circo Mundial... para sus propietarios. Si a eso le añadimos la prohibición de utilizar animales y la extinción de los payasos −¿saben de alguno de estos que haya sobrevivido a aquella época?− estos espectáculos se hacen prácticamente inviables.

Ayer leía un artículo en la prensa acerca de las películas que van a gustar en 2017 y de repente caí en la cuenta de que el circo, como espectáculo insólito propicio a sobrecoger de miedo o de risa no ha desaparecido, sino que ha cambiado de ubicación y de protagonistas. Ahora se ha diluido en la sociedad y en cualquier momento y lugar podemos disfrutar de un espectáculo circense, aunque sea de escasa calidad.

Esas películas de éxito casi asegurado en el año que nos llega son en su mayor parte auténticos alardes de efectos especiales, de gran aceptación en mentes infantiles o bien secuelas o remakes de películas de éxito previas. Ya no existe un Hitchcock, ni un Billy Wilder y lo que resta de Woody Allen es una sombra de lo que fue. De hecho ya ni se nombran los directores al hacer publicidad de las películas, todo lo más se dice «del director de...» citando un éxito anterior, por si sirve de gancho. El cine es ahora mayoritariamente un circo de efectos digitales y no precisamente de geniales autores.

Han muerto con 24 horas de diferencia Carrie Fisher y su madre Debbie Reynols; la primera conocida por su simpático papel de princesa en Star Wars; dejó buen recuerdo pese a su peinado de fallera mayor; la segunda, intérprete de numerosas películas, pero sobre todo de la maravillosa Cantando bajo la lluvia («Bailando bajo la lluvia» dijeron en un telediario). Sólo esta película vale cien veces toda la filmografía de la otra, pero ha sido la muerte de la primera la que más ha trascendido y se ha sentido, al fin hizo aquellas películas-tebeo con mucho rayo láser y eso es lo que importa y gusta hoy.

Qué decir de la música. Ya no hay cantantes que canten −entre otras razones porque no hay compositores− y la gente va a verlos a sus mal llamados «conciertos», dispuesta a presenciar un alarde de vatios, rayos láser, luces de todo tipo o, si son intérpretes femeninas, tetas y nalgas... un circo donde lo de menos es el cantante y lo que importa es el derroche de medios técnicos y la fraternización entre todos los asistentes que sienten que forman parte de la misma escogida secta de elevada sensibilidad, esa que además dispone de un montón de euros para pagar la entrada. De eso siguen viviendo abueletes como los Rolling Stones, que dicen que son de lo mejorcito que van quedando como profesionales del circo; nada que ver con la música.

En la televisión, los programas de más éxito siguen siendo los circenses, pues no es otra cosa todo eso de Gran Hermano, Sálvame, MasterChef y demás subentretenimientos, pero como ahora está prohibido utilizar animales para regocijo de los humanos, los protagonistas son esa especie de humanos que se prestan a los juegos y humillaciones que tanto divierten a muchos que son más o menos como ellos.

Un ejemplo de animal de circo es la popular Kim Kardashian, que tiene un programa de televisión en EE.UU. donde exhibe su presencia y la de su familia como hace muchos años en España veíamos a Pompoff y Thedy, Nabuconodosorcito y Zampabollos, abuelos y padres de los que más tarde fueron conocidos aquí como Los payasos de la tele. Claro que estos últimos tenían mucha más gracia que las Kardashian, pero también es cierto que no poseían los atributos carnales de estas últimas y ya sabemos que cualquier espectáculo de éxito actual debe incluir erotismo o no cala. ¡Si hasta las hay que ahorran en tejido para retransmitir las campanadas de fin de año a 0ºC! 

Me llama la atención que casi el único espectáculo que mantiene el nombre de circo en su denominación −Circo del Sol o Cirque du Soleil− sea justamente el que cada día tiene menos de circo y más de espectáculo donde todo está calculado al milímetro; un negocio con inversores, accionistas, franquicias, etc. Grato de ver, pero quizás poco de circo.

Después de publicada esta entrada, leo en la prensa que se cierra el Circo Ringling, el más antiguo del mundo (casi 150 años), por la presión de los animalistas. Son estos a mi parecer una panda de fascistas que usan métodos fascistas para triunfar en sus fines. Es fascista eso de cargarse la función de un pequeño circo como han hecho en España recientemente −ha podido verse hoy en los noticiarios−, es fascista arrojar un bote de pintura a la señora que lleva un abrigo de pieles; es fascista negar la libertad a los demás con métodos violentos o coercitivos. Es admirable defender a los animales, pero no comportándose como animal.

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