domingo, 1 de enero de 2017

No se evaporan

Leo hoy un artículo en la prensa donde se dan cifras que a mí al menos me producen escalofríos. Resulta que en 2015 −que es el último año del que se tienen cifras concretas− han entrado irregularmente en Europa un millón y pico de los conocidos como refugiados o inmigrantes o invasores, depende del talante con que cada uno quiera contemplarlos. Los llamemos como los llamemos son personas que vienen desde países desestructurados, fallidos, y que viene aquí a aportar su desconocimiento sobre cómo convivir sin guerras y con ese caos social al que están habituados. Conviene recordar que las leyes de asilo a las que algunos aluden −elaboradas cuando las migraciones no tenían estas cifras−, obligan a los países fronterizos de los que se exilian, así que sería recomendable que al menos se dirigieran a países más cercanos a ellos y sobre todo, de cultura parecida a la suya, ¿qué pintan los naturales de Eritrea, Costa de Marfil, Nigeria, Gambia, etc. en Europa? ¿por qué no se dirigen a Arabia Saudí, Indonesia, Irán, Qatar, etc., todos ellos hermanos suyos de religión?

De ese millón y pico, más de la mitad han sido aceptados por Alemania −menos mal− en su gran mayoría y por otros países del norte de Europa. Pese al afán de las progresistas alcaldesas de Barcelona y Madrid, traer para un país que tiene un 20% de parados más indigentes todavía, sólo cabe interpretarlo como que detestan a los españoles y que desean tirar aún más hacia abajo los salarios que sufrimos, para alegría de empresarios en general y de Juan Rosell, presidente de la CEOE, en particular. De verdad que no consigo comprender ese producto híbrido de Pasionaria y Teresa de Calcuta que son Carmena y Colau, esta última con el añadido de una porción de Francesc Maciá.

Se ha dictado orden de expulsión para 530.000 de los llegados, pero los gobiernos confiesan que sólo han conseguido hacer efectivas las expulsiones en un 36% de los casos, es decir, tenemos por Europa el 64% restante −lo que supone 339.200, que se sepa, tan solo de 2015− deambulando indocumentados por aquí y allá, rumiando su indignación y odio por no haber sido aceptados y teniendo que comer cada día como todo el mundo gusta de hacer.

No es para tomárselo a broma, pues esas personas no se han evaporado; trate de imaginar a esos 339.200 inmigrantes irregulares sin medios de vida, aparte de apostarse en la puerta de algún supermercado pidiendo limosna o vender cosas expuestas sobre una manta. Aunque fueran auténticos benditos, las posibilidades de que por necesidad decidan dedicarse al robo son elevadas y de ahí que no sea casual el aumento de la delincuencia y violencia en todos los países de la Unión Europea. 

Hasta parece previsible que muchos de ellos se radicalicen −teniendo en cuenta que la casi totalidad profesan la religión musulmana− y se vayan a luchar con el Daesh o simplemente agarren un camión y lo conduzcan introduciéndolo en una vía concurrida con la sana intención de causar una mortandad entre la multitud, culpables para ellos de su situación de exclusión y pobreza.

Según dicen hay varias razones para que sea tan elevado el número de los deportados que finalmente no lo han sido. Buena parte cuando les comunican que van a ser deportados, simplemente se desvanecen, se pierde su pista. Otros no son aceptados en sus países de origen, porque esos países prefieren tenerlos fuera, ya que aunque pasen miserias, siempre enviarán algo de dinero allí, donde desean divisas con avidez y no tener una boca más que alimentar. Por añadidura, esos países prefieren chantajear económicamente a los europeos a cambio de aceptar el retorno de sus nacionales.

Es aburrida esa insistencia de muchos en que ellos vienen huyendo de la guerra y de las persecuciones, cuando lo que de verdad vienen buscando es una vida resuelta por los que llevamos tantos años para levantar nuestros propios países. Por supuesto que allí hay guerras, pero son las causadas por los que después huyen cuando se cansan, porque no entienden vivir sin matarse entre ellos. De otra parte, hoy se habla elogiosamente en portada de El País de un sirio que cuando lo reclutaron se vino con su familia, ¿acaso antes esos no se llamaban desertores? Ha habido 70.000 en Siria el último año.

Esa es la Europa que estamos dejando a nuestros hijos, gracias a la incompetencia de muchos y al buenismo de bastantes más. Estos buenistas irreflexivos prefieren ignorar que la gran mayoría de la población está en contra de la acogida de extranjeros, no hay más que leer los comentarios tras cualquiera de estas noticias en los diarios digitales, en los que la proporción viene a ser más o menos de un 90-95% en contra. Puedo equivocarme, pero siempre queda el recurso previsto en la Constitución: un referéndum sobre la acogida; son fáciles de organizar y si no, que les pregunten a los catalanes.

Todo menos seguir así: las ONG y los buenistas con cargos políticos metiéndonos de matute los inmigrantes sin importales una higa el sentir general; y Merkel (hija de un pastor protestante) apoyando todo eso.

Como epílogo, la recomendación de que pinche una vez sobre la foto para hacerla más grande y legible. Observe la frase escrita encima de la palabra Welcome. Hay quienes efectivamente disponen del país como si les perteneciera solo a ellos.

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