lunes, 8 de marzo de 2010

Sindicatos y sindicalistas (1 de 2)

¿Hay algo en nuestra sociedad que reciba más denuestos que los sindicatos? Yo diría que sí, pero no se trata de otro organismo, sino de quienes componen y dirigen esa organización: los sindicalistas. Son quienes aguantan los mayores insultos y desprecios generalizados. No es unánime, pero son bastantes los que adoptan esa actitud y quizás les eleven a un inmerecido primer lugar en impopularidad, dejando atrás a los políticos, jueces, clero, periodistas, empresarios, etc. que sólo sufren ese rechazo desde sectores concretos más o menos amplios y muchas veces de manera temporal.

¿A qué puede ser debido este odio africano? Pues yo diría que no tengo más recurso que especular sobre esas razones, puesto que es asunto que no se trata en los medios, quizás porque se quiera evitar dejar en evidencia lo que todos sabemos. Mientras, recordemos las críticas a aquellos que componían el sindicato vertical; se me olvidaba, entonces no se permitían las críticas…

Puede que el rechazo se deba a que no producen nada palpable, no poseen ningún glamour, no hay ningún parlamento donde se sepa que se reúnen regularmente, ni siquiera sus puestos dirigentes son elegidos mediante sufragio universal así que, aparentemente, sus cabezas visibles podrían vivir en China y sólo visitar España para alguna que otra rueda de prensa o una divertida manifestación por las calles. Más o menos como la CEOE, pero en pobre.

Frecuentemente ese odio se concentra en los llamados “liberados” y no sin motivo. Más veces de las deseables son individuos sin ningún interés por los demás y tan solo prófugos de un trabajo que detestan. La cuestión es la misma que se plantea con respecto a los políticos, ¿alguno de los que leen esto se ha ofrecido alguna vez para tareas sindicales?, ¿alguien tiene una brillante solución que no sea prescindir de ellos y dejar vacía la estructura sindical? Está claro que hay gente con pocos escrúpulos, pero no más que entre los fontaneros, concejales, taxistas o abogados; vivimos una época de material de saldo y no sabemos si mejorará alguna vez ni cuándo será esa mejora.

Tengo que confesar que en 1975, cuando al dictador apenas le quedaban unos meses, me afilié a uno de los actuales sindicatos, aunque nuestra actividad era más de tertulia que de verdadera acción laboral y en mi memoria de aquellos tiempos sólo queda alguna reunión que realizábamos en locales escondidos y muy cutres. Cuando pasado un tiempo fueron consentidos y más tarde legalizados, pasamos a actuar, mal que bien, en nuestro entorno laboral.

En el sindicato permanecí hasta 1978 ó 1979, en que decidí que aquello no era lo que yo pensaba y que mejor dejar que otros dieran la cara. Cierto que me marché porque me di cuenta de que yo no tenía aquella “vocación de servicio” a la que se refería años antes el señor Solís, pero aparte de esto, fue la actitud de la gente, de los propios trabajadores, la que me echó fuera. Todo el mundo pedía, exigía, y muy pocos eran los que se ofrecían a echar una mano. Algo parecido a esos gitanos que exigen costosas prestaciones sociales, sin haber pagado en su vida ni un céntimo en impuestos.

Incluso en aquel periodo de máxima politización de los españoles, como eran muy pocos los que arrimaban el hombro, no había posibilidad de escoger entre los más idóneos para ocupar los puestos de una mínima responsabilidad, sino que había que resignarse a que cualquiera quisiera hacerse cargo de una tarea, aunque fuera un zopenco o un trepa descarado. Era algo así como lo que le ocurre ahora a la iglesia con las vocaciones sacerdotales, tiene que acoger lo que llega y no hacer ascos a nada.

2 comentarios:

Luis Guijarro Miravete dijo...

Desde mi punto de vista, los actuales sindicatos UGT y CCOO cumplen con dignidad el cometido inherente a su razón de existir: aglutinar la reivindicación individual y convertirla en colectiva. Y lo están haciendo, además, con sentido de la responsabilidad. En vez de recurrir a la demagogia, recurso fácil en época de crisis, llaman a la moderación, en ocasiones granjeándose la incomprensión de sus afiliados.

Respecto a los gitanos que citas, son muchos los payos que reclaman prestaciones sin dar nada a cambio. Esa perversión no es cuestión de etnias. Pero esto es otro asunto.

Mulliner dijo...

Parece que expresas una opinión discrepante a lo que yo digo en mi entrada y eso me hace temer que no me he expresado bien o no lo has entendido. Con las debidas cautelas, creo que los sindicatos consiguen una funcionalidad que está equilibrada entre lo que se debe hacer y lo que se puede hacer, todo ello teniendo en cuenta el -escaso- apoyo real con el que cuentan por parte de los trabajadores.

En cuanto al asunto de los gitanos, creo que eres excesivamente propenso a practicar el "buenismo" literario. La cosas deben decirse como son, guste o no guste, y lo cierto es que la población gitana se caracteriza por un parasitismo generalizado acompañado de una práctica de la violencia y delincuencia muy superior a la media del país. Afirmar otra cosa es, en el mejor de los casos, ignorar la realidad. Los gitanos no se han integrado en la sociedad y alardean de ello.