jueves, 1 de abril de 2010

Ante las elecciones

Parece un poco anticipado el título, pero pienso que ni mucho menos; por varias razones. En primer lugar, ocurre que en estos sistemas democráticos normalizados, a los ciudadanos se nos pregunta una vez cada cuatro años qué gobierno queremos para la nación y, pasado el momento de depositar la papeleta de voto, ninguno de los que acceden al poder vuelve a preocuparse por el sentir ciudadano, si no es mediante esas encuestas, en las que con preguntar a unas mil personas sobre su intención de voto u opinión sobre la situación del momento, los gobernantes ya dicen saber lo que pensamos y lo que esperamos de ellos el conjunto de la ciudadanía.

Con todos los respetos para los profesionales de la estadística, y aunque insistan en que el muestreo es realmente representativo del sentir popular -dicen que con un ±1,2% de posible error- a mí me parece un solemne timo.

Estamos en este momento en lo que llaman “el ecuador de la legislatura” y decía que dada la escasez de consultas, y al igual que los niños están atentos todo el año a la próxima venida de los reyes magos, hay quienes, yo entre ellos, esperamos impacientes la oportunidad de expresar nuestra opinión con repercusiones visibles. Claro que con una ilusión bastante disminuida a la vista de las opciones posibles y las reglas del juego. No puedo negar que me reduce enormemente el entusiasmo saber que los partidos a los que puedo votar son, a la postre, tan solo dos (salvo nacionalistas, donde sea posible). Si cometo el dislate de prestar mi apoyo a otro partido que no sea uno de los mayoritarios, debo asumir que mi voto tiene un valor que es apenas una fracción -más o menos, un séptimo- del valor del voto del que, con una fe de carbonero (o realmente satisfecho del estado de las cosas), sigue apoyando sin dudar a los dos partidos principales.

Con el advenimiento de la democracia, tras la muerte del dictador, todos teníamos miedo a que la cosa terminara mal, pues no cayó en saco roto esa insistencia de muchos años sobre la propensión de los españoles a la dispersión política y a la resolución de enfrentamientos mediante la violencia. De esta manera, aceptamos sin rechistar esa argucia antidemocrática llamada ley d’Hondt, que con toda desvergüenza distorsiona el sentir de los ciudadanos. Lo que a duras penas podía ser aceptable en un momento de incertidumbre, resulta ahora llamativamente inmoral y propiciador de partidos populistas como ése que acaudilla la “trepa” por excelencia.

Que nadie me diga tampoco que es justo que el voto de un habitante de Soria –por ejemplo- tenga un peso específico muy superior al mío. Eso forma parte también del repertorio de trucos para falsear esta democracia que tanto tardó en llegarnos.

No hay que olvidar que España es un país en el que, ya en el siglo XIX, Cánovas del Castillo junto con Sagasta, instauraron aquello del “turno de partidos” acordado en el Pacto de El Pardo, que consistía fundamentalmente en repartirse el pastel en el tiempo, de manera que tras una temporadita en el poder, el partido gobernante cedía los trastos –disimuladamente- al partido rival, en la seguridad de que de esta manera nada cambiaría y que serían los únicos en repartirse el botín. ¿Les suena de algo ese funcionamiento?

No me hago ilusiones de que quienes se benefician de este estado de cosas, los dos partidos mayoritarios, cambien la ley electoral como muchos demandan y deje de confundirse la estabilidad con el falseamiento de la voluntad popular. ¿Llegaremos a ver un cambio de esa ley? Lo dudo. De hecho, y tras dos años de estudios sobre el asunto, llevados a cabo por una subcomisión del Congreso, han llegado el pasado marzo a dos conclusiones: una, certificar lo que todos sabemos, lo mismo que ya digo más arriba sobre el diferente valor del voto. Dos, que eso va a seguir así. ¿Por qué iba a ser de otra forma si eso conviene a los dos partidos de los que depende la resolución final? Practiquemos el JuanPalomismo -se dicen-, que esto nos va muy bien.

Una pena, porque ya me planteo -como muchísimos otros- que, llegado ese día de las elecciones, quizás lo mejor que puedo hacer es quedarme en casa. No merecen más ni nosotros menos.

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