domingo, 12 de mayo de 2013

Marca España S.L.

Hace años, siguiendo lo que de pequeño me habían inculcado, sentía escalofríos de emoción cuando sonaba el himno nacional o veía izar la bandera española, no digamos si me encontraba en el extranjero cuando esto sucedía. Mi abuela materna tocaba espléndidamente el piano y se negaba a tocar el himno español porque consideraba una frivolidad hacerlo sin un motivo justificado (la marcha real, decía ella). Para bien o para mal, hoy esos signos de una supuesta identidad me emocionan tanto como escuchar y presenciar el himno de Taiwan y el flamear de su bandera. Prácticamente nada. Lo achaco a que he madurado y a que no soy norteamericano ni catalán.

Si hay algo con lo que podría identificarme y de lo que me siento moderadamente orgulloso, pese al deterioro que muchos se empeñan en causarle cada día, es la lengua española –o castellano si prefieren llamarlo así–, por eso me esfuerzo en señalar tanto atropello a nuestro idioma como cabe presenciar cada día en los medios de comunicación, gracias a la extensión combinada del analfabetismo funcional y la soberbia ignorante. En esto del lenguaje todos ignoramos cosas y todos tenemos cosas por aprender, el problema es que abundan quienes se conforman con que se les entienda, rebajando el idioma a una herramienta casi simiesca. 

Sin embargo, me causa asombro presenciar cada día cómo la idea de España, ya bastante deteriorada por la erosión de tanto político sinvergüenza y tanto nacionalismo destructivo, queda reducida a algo tan prosaico como una marca, una palabra que siempre he asociado a efectos mercantiles y de consumo. Resulta que ahora España no es más que una marca que debemos exportar y todo lo demás ya no vale nada. Imagino lo difícil que debe resultar para los oficiales del ejército arengar a la tropa diciéndoles que deben defender una marca; me temo que como le dé un arrebato, el tal Mohamed VI llega hasta Logroño al primer empujón.

Gracias a estos patriotas que nos gobiernan, nuestro país no es más de lo que pueda ser Danone, Volkswagen o Coca-Cola, se trata de publicitarla como tal y de considerarla como si de un producto se tratara. Yo, usted y cualquiera, que vivimos bajo el amparo –bueno o malo– que nos proporciona o debiera proporcionarnos sentirnos ciudadanos, resulta que, como partes integrantes de una marca, no podemos tener sino la consideración de producto, algo contra lo que me rebelo y que desde luego no acepto.

Tanto tiempo esta derechona presumiendo de poseer la exclusiva de los sentimientos patrios, explotando hasta el aburrimiento glorias pasadas, resulta que ahora son los patrocinadores de la mercantilización del sentimiento de pertenencia a un espacio, a una cultura y una historia. Bueno, tampoco es una sorpresa, sí podría serlo la naturalidad y mansedumbre con que todo el mundo ha aceptado que somos una marca.

Actualmente, cuando el príncipe o el rey viajan al extranjero lo hace promocionando la marca España,  cuando el señor Botín –qué bien le viene ese apellido– viaja al exterior para intervenir en algún foro lo que está haciendo es promocionar la marca España y, por supuesto, lo mismo sucede con el poco carismático pendejo que preside el gobierno de la nación. Claro está que también cuando en el exterior tienen conocimiento de los altos niveles de corrupción que han alcanzado nuestros políticos, lo que sufre es la marca España.

Pues qué bochorno ser una marca y qué vergüenza de la imagen de esa marca.

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