sábado, 2 de noviembre de 2013

El buenismo que arrasa

Marta y compañía
No sé si siempre ha sido así y simplemente en otros tiempos esa manera de sentir y manifestarse quedaba silenciada porque ningún medio se hacía eco, pero lo cierto es que en la actualidad hay que asistir y soportar continuamente lo que para mí no es más que la manifestación de sentimientos muy primarios extraídos del corazón o los genitales y no del cerebro como cabría desear, órgano cada día más infrautilizado. No se trata de mostrarme como una bestia sin sentimientos, sino que honradamente pienso que es otra la ocasión y otro el lugar de manifestarlos, y que lo adecuado es enfocar adecuadamente los hechos y saber valorarlos ajustadamente.

Abundan los episodios en los que esta actuación se manifiesta y por citar sólo los más cercanos en el tiempo, ahí tenemos tanto homenaje como se le está rindiendo a las fallecidas en el incidente del Madrid Arena. Vivo en la misma zona en que residían dos de estas jóvenes y por tanto me encuentro muy cercano a esa especie de lápida de granito colocada en memoria de las dos víctimas. La cuestión es, ¿exáctamente por qué se les rinde homenaje? Hasta donde yo sé, ellas habían acudido a una macro-fiesta de Halloween con la intención –supongo– de divertirse bebiendo y bailando, algo normal y frecuente, pero muy alejado del servicio a la comunidad que las haría merecedoras de presentarlas como ejemplo para los demás. Sin embargo se las homenajea como si de Cascorro se tratara, hasta colocando su nombre a la plaza donde se encuentra el “granito” conmemorativo. Claro que hay pocas cosas que ciertos políticos no estén dispuestos a hacer por arañar unos votos, y Ana Botella es un ejemplo de manual.

Entiendo que hay que pedir que se depuren todas las responsabilidades de quienes hicieron posible aquella catástrofe; me parece más que justificada toda exigencia de justicia con los culpables, pero no entiendo cuál es el mérito que puede atribuirse a las víctimas, que simplemente estaban allí.

Otro caso no tan reciente, pero sí presente casi cada día en las páginas de los periódicos y noticiarios de televisión es la muerte de la joven sevillana Marta del Castillo. Desde su desaparición, el tiempo y el dinero gastado en la localización de su cuerpo excede con mucho a los empleados en otras situaciones que más lo requerirían. Se entiende perfectamente el deseo de los padres de localizar y disponer de sus restos, pero creo que para todo hay un límite. Ahí tenemos cada día al padre de la criatura menospreciando e insultando a quienes se ocupan de la búsqueda, exigiendo más y más esfuerzo y gasto y que quiten o pongan a tal o cual miembro de la administración o de las fuerzas del orden que cometen el terrible delito de no seguir sus dictados. 

No conocí a esta chica, pero por los medios he podido saber que sus compañías no eran precisamente las que unos padres responsables pueden desear y aceptar para una hija de 17 años, sus amigos son normalmente calificados de chonis y canis –casi un inframundo– y parece que hasta permitían que alguno de los implicados en el crimen pernoctara en su casa antes de los hechos. ¿Hace falta recordar aquello de Quien mal anda…?

Todo esto tiene lugar en un país que actualmente cuenta con más de 3 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza, todos conocemos a alguien o algunos que han perdido casi por sorpresa su puesto de trabajo –como los 5.600 de Fagor–, quizás su vivienda, y para quienes levantarse cada mañana es volver a despertar a una realidad horrible y sin aparente solución. Yo diría que estos son los auténticos héroes, estos son los que realmente merecen nuestro aliento y homenaje, y mejor todavía, que todos presionemos para que se trate de encontrar soluciones a este desastre.

Vamos a dejarnos de historias que tienen mejor cabida en esos reality show que tanto gustan a muchos y actuemos sin dejarnos llevar por un buenismo que no conduce a ninguna parte. La vida real no debe ser una especie de Tele5.

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