domingo, 8 de diciembre de 2013

La extremaprecaución

Hombre precavido
Recuerdo haber visto un episodio de los Simpson en el que el director del colegio, me parece que tras un accidente escolar de Bart, llama a la puerta de esa familia con un papel en la mano, cuando le abre la madre –Marge– hace una lectura rápida e intencionadamente ininteligible de algo escrito y cuando ella exclama ¿qué?, él añade leyendo «…si dice "qué" se entiende que acepta todos los riesgos y renuncia a reclamar».

Es un episodio de dibujos animados, pero tengo la sensación de que la realidad, como suele suceder, ha superado cualquier ficción.

Por aquello de mantenerme ocupado y preocupado, uno de mis meniscos ha decidido romperse en mil pedazos y eso ha supuesto la consulta al traumatólogo, las consabidas radiografías y resonancias magnéticas y la visita posterior en la que el especialista, a la vista de las pruebas, me ha dicho que inevitablemente debo operarme del maldito menisco. No estaría mal si yo fuera de esas personas a las que les encanta ir al quirófano aunque sólo sea por tener algo que contar, pero no es mi caso.

Hasta aquí todo normal y poco relevante, pues sin duda la cirugía del menisco no es muy de preocupar, pero sí resultan serlo las condiciones que me han obligado a firmar, en las que se dice que acepto sin más que puedo morir en la intervención y que incluso acepto que, si problemas circulatorios se presentaran, me sea amputada la extremidad. Para morir de risa.

Todos quitamos importancia a estos asuntos, pero lo cierto es que se les deja las manos libres para que cometan cualquier atrocidad, con cualquier resultado –incluso de muerte– sin que se les pueda reclamar por incompetencia o negligencia, pues de antemano ya hemos aceptado todos los riesgos.

Ganas dan de pedir la extremaunción ante tanta extremaprecaución, pues lo cierto es que casi-casi parece que se les descarga de la mínima responsabilidad sea cual sea la fechoría que cometan, y sólo espero que nada que yo haya podido decir en ningún momento molestara al médico, porque podría aprovechar la oportunidad para liquidarme sin tener que ofrecer más explicaciones; ya me gustaría a mí disponer de las mismas posibilidades con algunos que conozco.

¿Qué soy exagerado? Puede, pero resulta que en la actualidad padezco una seria secuela consecuencia de la inoperancia de cierto médico que me atendió tras un grave accidente hace ya más de 25 años, cuando me vi obligado a permanecer hospitalizado por dos meses. Y no es que yo lo valore así, es que otro médico del mismo centro me avisó de que el incidente que produjo la secuela fue provocado por un error del médico responsable. No hace falta que diga que sólo mi estado, poco solvente en aquellos tiempos, impidió que interpusiera la oportuna demanda exigiendo responsabilidades, y bien que me arrepiento ahora.

Pues ya saben, como suele decirse: ¡nos vemos! O no.

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