lunes, 9 de junio de 2014

Rey sale, ¿rey entra?

Resulta que hemos tenido un rey durante 39 años –qué casualidad, los mismos que estuvo Franco– y que ahora ha decidido retirarse para dar paso a su hijo y heredero. Recuerdo todavía que cuando llegó, nada menos que en 1975, buena parte de la población por no decir que prácticamente toda, lo asumió como una liberación o con optimismo, aquello prometía nuevos aires, era aparentemente el fin de la era franquista, pese a que había sido educado, preparado y colocado por el dictador y nos lo presentaban con cierta aureola de liberalismo que le favorecía.

Ahora, cuando sabemos de sus numerosas aventuras extramatrimoniales, de sus golferías económicas que le han hecho rico, a él que como su padre vivía de los donativos de sus partidarios y de quienes esperaban obtener réditos en un futuro cercano, resulta que nos damos cuenta de que no ha sido oro todo lo que reluce al menos en lo que afecta a los ciudadanos, no así para él que ha podido disfrutar del oro que fluía para sus arcas o sus gastos suntuarios, el último de los cuales ha sido un «pabellón de caza» levantado junto al palacio de la Zarzuela, que nos ha costado a los españoles la friolera de 3,4 millones de euros –un gasto autorizado durante la presidencia de Zapatero– para albergar sus armas y triunfos de caza, incluyendo supongo a aquel oso borracho que le pusieron a tiro o a ese pobre elefante abatido durante su última aventura cinegética.

Ahora, se plantea el tema de la sucesión dando por hecho que los españoles somos tan amantes de la monarquía como lo fuimos en 1975 y mucho me temo que no hay nada más lejos de la realidad, aunque la realidad sea algo que poco importa a nuestros políticos. Antes, era normal que quienes nos rodeaban –y uno mismo– defendieran la presencia del rey por el supuesto beneficio que había aportado a la estabilidad del país y lo cierto es que los más numerosos en descalificarle eran elementos de la ultraderecha. Ahora las cosas han cambiado y se cuestiona razonablemente por qué un individuo –el príncipe Felipe–  cuyo mayor mérito es ser hijo de su padre, debe acceder a un puesto de trabajo y un rango que implica entre otras cosas impunidad frente a la ley, sin más justificación o esfuerzo.

¿Monarquía o república? Es un debate encendido de estos días en el que cualquier persona con sentido común optará por la segunda opción, digo yo. ¿Referéndum sobre esas alternativas? Ahí ya no lo tengo claro, en primer lugar porque mucho me temo que la mayoría de la población por desconocimiento, miedo o conservadurismo va a tomar la opción monárquica como suya y, como decía aquel, conviene recordar que los referéndums se hacen para ganarlos. Desde luego, no para cerrarnos una salida.

Además, y esto es el punto crucial, no está muy claro que sea éste el problema fundamental en la España actual ni que haya que desgastarse en una lucha que no aportará nada a la mejora del estado de ruina en que nos encontramos.

No sé si lo que opino es viable y tan razonable como para ser tenido en cuenta, pero yo diría que no es importante la inmediatez de ese referéndum y que me parecería sensato fijar un plazo para su convocatoria –de años, para cuando hayamos digerido esta horrible crisis– y dedicarnos antes de nada a iniciar las acciones que permitan esa salida sin dejarnos en el camino buena parte de lo que fuimos y somos.

Tengo que reconocer que mi miedo a la república no es el caos, como muchos gustan de anunciar, sino la posibilidad de que en esa utópica república resultara elegido como presidente un «Aznar», por poner un ejemplo. Malo fue tener «eso» de presidente del gobierno, pero ¿se imaginan soportarlo como presidente de la República Española? No sé, a mi parecer sería mejor dedicarnos a depurar nuestro sistema político, que falta le hace, y fijemos esa disyuntiva para –por ejemplo– dentro de cinco años. Ya saben aquello que aconsejaba San Ignacio de Loyola: en tiempos de tribulación no hacer mudanza.

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