miércoles, 11 de marzo de 2015

Estupidez popular

Aunque contar esto no contribuya a aumentar mi popularidad, tengo que decir que cada día sobrellevo peor la compañía de mis supuestos semejantes, sobre todo cuando forman multitudes o se manifiestan en toda su crudeza. Me remito a lo que hace tiempo me dijeron irónicamente aquí y yo he aceptado como cierto: no tengo este blog para ganar amigos, pero bienvenidos sean los que se consideren tales.

Hoy he dado un paseo por un bello parque cercano a mi casa, bello porque posee todo para serlo y además la entrada está controlada para evitar balones, comida, bicicletas, animales, etc. intentando evitar que el pueblo llano acabe con esa belleza. Como me temía, el día primaveral que disfrutamos ha hecho que aquello se llene de domingueros indeseables, convencidos de que son únicos en el mundo y que por lo tanto pueden gritar o bloquear los paseos sin preocuparse de los demás, y de gente que obtiene como único placer de su estancia en aquel lugar privilegiado la posibilidad de hacerse fotos junto a lo que sea que llame su atención, algo natural si el parque está solitario –ya raramente– pero difícil de soportar si uno debe estar deteniéndose contínuamente para que el artista de la fotografía dispare su –no precisamente– instantánea. Pero lo que más me ha indignado cuando tomaba aliento en el banco de una pradera, era una pareja que portaba uno de esos enormes palos extensibles –yo diría que de al menos un metro de longitud– para hacerse autofotos, y el elemento masculino de la pareja lo usaba incluso para hacerse fotos en solitario, parece que no confiaba en la habilidad de su acompañante. Con ese palo daba carreritas de un lado a otro haciéndome pensar al principio que se trataba de un palo de golf, un putter.

Llueve sobre mojado. Ayer noche casi me caigo de la silla cuando atendía al telediario, en el que aparecían imágenes de las inundaciones en la provincia de Zaragoza, y la propietaria de una granja declaraba que tenía a todos sus caballos aislados por el agua, pero que lo sentía sobre todo por uno (¿una?) que en una semana iba a dar a luz.

Hace ahora uno o dos meses ya tuve la oportunidad de escuchar esa misma perla en el mismo telediario –hay que tener en cuenta que la televisión es un vivero de analfabetos–, referido a no sé cuál animalito, pero pensé entonces que el hablante había ingerido más alcohol de la cuenta y no controlaba los disparates que soltaba; esta repetición me ha dejado claro que la epidemia de incultura, buenismo y corrección política que padecemos ha llegado al extremo de que se emplee esa expresión –que no es más que un eufemismo utilizado sólo con las humanas para evitar el más contundente parir–  en vez de la correcta, que debe herir la sensibilidad del hablante o, vaya usted a saber, la del animal en estado de buena esperanza o si lo prefieren, embarazado.

Hoy mismo, en su artículo semanal en El País, se queja Javier Marías de la indiferencia y naturalidad con que la mayoría de los indignados y apasionados partidarios de Podemos acepta el hecho de que el señor Monedero se haya comportado exactamente igual que aquellos a los que critica. Una amiga mía que se ufana de ser más de izquierdas que nadie y que promete ser una de sus votantes, lo defendía argumentando que es normal ocultar el dinero que se gana si es que se puede hacer. Qué voy a decir. Por encima de todo, hay que considerar que ese dinero lo ganó –dice Marías– «ocupando un despacho en el mismo palacio que Hugo Chávez», al fin y al cabo un militar golpista. Tan militar y tan golpista como Franco (aunque no tan asesino). Claro que don Javier no se hace ilusiones con el personal y eso lo deja claro día tras día en sus escritos.


Después de haber escrito lo anterior, leo en la prensa y veo en televisión que tres atracadores en Almería han sido identificados porque uno de ellos se hizo un selfie mientras atracaba, con la pistola en la mano y utilizando para ello un móvil robado en el lugar. Creo que me he quedado corto con lo dicho más arriba.

4 comentarios:

Alfonso GLD dijo...

La estulticia está atada al cuello de los humanos como las limitaciones o la enfermedad. Claro es que unos la padecemos más y otros menos, pero raro es el que se escapa a ella.

También el egoismo nos atenaza, y puesto que entre nosotros no parece existir el egoismo de especie, nos queda el individual, que convierte a casi todos los otros, si no en enemigos, al menos en competencia.

Nos queda el aguante, la paciencia, la tolerancia y la comprensión, tan difíles ellas...

Mulliner dijo...

Es un buen tema, el egoísmo. Creo que me dará para escribir una entrada y el día que podamos también discutimos sobre ello.

Anónimo dijo...

No es malo que un bien patrimonial, que primero fue residencia exclusiva de aristócratas y despues solaz de unos cuantos, se haya convertido ahora en lugar de uso popular. Sí es malo que como consecuencia sea un escaparate de mala educación. El acceso de muchos al disfrute de lo que es de todos siempre merecerá mi aprobación. La mala educación ciudadana no.
Luis G

Mulliner dijo...

Alarmante, pero cierto: estamos de acuerdo. Aunque me gustaría que en esos lugares de concurrencia las personas no olvidaran que los demás también existen y que la existencia de los demás se respeta no haciendo demasiado evidente la propia.