jueves, 19 de marzo de 2015

Lapidación en la red

Joven siria lapidada por tener cuenta en Facebook
Hace poco más de un mes, publiqué una entrada titulada El buenismo agresivo en la que trataba de denunciar a quienes con la máscara de la bondad o la protección de los animales, dan en verdad rienda suelta a sus instintos más crueles y encima dibujan una sonrisa en su rostro mientras son aplaudidos por buena parte de la sociedad, entusiasmada por su incuestionable humanismo. Es curioso, pero esa entrada es la menos leída entre las 20 últimas, de donde parece deducirse que a casi nadie le interesaba el tema o que se consideraban absolutamente libres de culpa. Puede ser cierto, pero…

¿Hay alguien que no se haya horrorizado al ver en las películas –antes– o en los noticiarios de televisión –ahora– escenas de crueldad escalofriantes, ejecuciones en frío, lapidaciones, linchamientos, etc.? Es natural, cuesta aguantar la visión de la sangre y nos retiramos horrorizados o apagamos la televisión para evitar el espectáculo. Lo malo es que la gran mayoría no se da cuenta de que a diario son miles quienes con un solo dedo, pulsando el teclado del ordenador o del móvil, están llevando a cabo con su cooperación una acción similar, pero con la cobardía añadida –que ya es añadir– de que no han tenido que significarse, vociferar, ni presenciar la sangre derramada.    

Ayer, en primera plana de un periódico, he podido ver contiguos dos de estos casos a los que me estoy refiriendo.

Primero: un cuidador de delfines casado y con dos hijos, que ha consagrado su vida a esos animales, ve como se difunde un vídeo de 99 segundos –subido por un par de ONG: FAADA y SOS Delfines– donde él aparece maltratando aparentemente a los que estaban confiados a sus cuidados y les dirige frases insultantes, dudo de que los delfines tengan sensibilidad como para percibir esas ofensas orales. Posteriormente se descubre que el vídeo estaba amañado, que la banda sonora no era la original y que los golpes a los animales se han simulado acelerando los cuadros donde él toca con normalidad a los delfines, para que pareciera que los golpeaba. Ahora aparecen quienes incluso aseguran que poseen horas y horas de grabaciones de auténtico maltrato, pero llegan  tarde, ha habido más de 200.000 visionados del falso vídeo, le han dirigido amenazas de muerte y hasta ha habido una manifestación en Atlanta para que se anule su contrato. El hombre iba a salir hacia Atlanta (EE.UU.) en donde le habían contratado, pero al llegar al aeropuerto de Mallorca, donde residía, lo piensa mejor y se quita la vida en el aparcamiento, no presenciará nada de aquello. Para los gratuitamente crueles, se ha hecho justicia.

Sólo por curiosidad, ¿se han metido alguna vez en el agua a jugar con delfines? Yo lo he hecho; son ciertamente amistosos, pero se les da una patada y no parecen sentirla, le rozan a uno con esa piel que en los documentales parece tan suave como la seda y producen –a mí me ocurrió– una abrasión en la propia que permanece durante días. Está claro que no se adiestra a un bicho de ese tamaño lanzándole indirectas y miradas malévolas.

Segundo: tengo que confesar que ni es tan grave ni me importa demasiado, porque afecta al ridículo mundo de la moda y la canción y no ha llegado a morir nadie, aunque las consecuencias podrían ser serias si se empeñan. Según parece, los fundadores de la marca Dolce&Gabbana a la que dieron nombre, han declarado que no les gusta el matrimonio homosexual ni la adopción de niños por esas parejas. Ojo, se trata de que dos personas han expresado una opinión, algo a lo que se supone que todos tenemos derecho, pero llama la atención que los declarantes son homosexuales y anteriormente formaban pareja sentimental. No han pedido que fusilen a los que se casen o adopten niños, sino que han ejercido ese derecho a expresarse, a discrepar.

De inmediato ese otro homosexual –puro hortera, por cierto– llamado Elton John ha montado en cólera y ha exigido el boicot mundial a los productos de esa conocida marca. Enseguida, otros integrantes del mundo de la «música» se han contagiado de esa cólera y ya han dicho que se suman a ese boicot e incluso alguno llega a afirmar que quemará todas las prendas que posee de esa marca. En la red ya hay quienes expresan sus deseos de que los protagonistas de las declaraciones pierdan la vida y supongo que ya les estarán llegando amenazas, en este caso debo suponer que procedentes de esos ardientes defensores de algunos derechos humanos.

Mi madre, unos años antes de fallecer, presenció en un telediario la noticia de que unos perturbados, supuestos defensores de los animales, habían arrojado una lata de pintura roja sobre una señora que llevaba un abrigo de pieles. Desde entonces, atemorizada, se negó a ponérselo por miedo a tropezarse con uno de esos desalmados. Mientras, en España hay más de 850.000 licencias de caza y otros tantos cazadores a los que esos animalistas podrían enfrentarse en los cotos de caza, pero es más cómodo y pilla más a mano acosar a quienes lleven prendas de piel por la calle. Además, no portan escopetas. Hay que ser prácticos.

Y después, llamamos salvajes a los que lapidan personas en ciertos países árabes. Todos los fanáticos son despreciables, sean del ISIS o de ciertas ONG.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo sí te leí la crónica a la que haces referencia pero lo he vuelto a hacer. Echo en falta que no hayas puesto un enlace directo en el título de "El buenismo agresivo" cuando lo mencionas aquí para evitar tener que retrocedes buscándola.
Angel

Mulliner dijo...

Tienes razón y ya seguí tu sugerencia. La explicación puede ser que me da un poco de corte hacer referencia a mí mismo y por eso no soy tan exhaustivo, pero en adelante pondré el enlace. Gracias.