martes, 21 de abril de 2015

Ciencia infusa

Resulta que de entre todos los amigos y conocidos que tengo, son muy-muy escasos los capaces de escribir un párrafo de cinco líneas sin que aparezca una falta gramatical, aunque sea la tilde de una palabra. Lo confieso, a veces tengo que lanzarme sobre el diccionario porque me entran unas dudas tremendas sobre la ortografía de una palabra, supongo que debido algo a mis lagunas gramaticales, en buena parte a la edad y no poco a mis nociones de portugués, un idioma que tiene la mala costumbre de escribir con “g” lo que en español debemos escribir con “j”, poner con “v” tiempos verbales similares a los españoles en los que nosotros debemos usar la “b” y otro montón de diferencias sorprendentes. Es un idioma «falsamente amigo».

La razón general para aquellas faltas de las que hablaba son las que cabían esperar: falta de hábito de lectura, escaso interés por el lenguaje (personal y social), mala memoria, quizás poca costumbre de escribir y para rematar, el uso habitual de dispositivos electrónicos como móviles y tabletas y su escritura «vale todo»; lo normal. Nadie lo sabe todo, pero me cuesta disculpar la mala ortografía, sobre todo si es consecuencia del nulo interés por hacerlo bien.

Y a propósito de sabiduría, como ya he dicho aquí en alguna ocasión, soy uno de esos estafados por las participaciones de Bankia y pese a las frecuentes noticias periodísticas que van apareciendo día tras día abundando en los procedimientos mafiosos que se pusieron en práctica para colocar estos activos, aún hay quienes piensan y declaran que engañaron sólo a los tontos. Lo consideran un caso similar a lo de Forum Filatélico o los bonos de Ruiz Mateos y peor que haber votado al PP en las últimas generales fiando en su programa. Ese partido cuyo presidente afirmó que la banca devolvería al estado hasta el último euro de los 55.000 millones que se les prestaba –conservo el vídeo– y esta semana declaran tan frescos que no se recuperarán más de 15.000, ¡eso sí que es engañar a tontos! (en esta fecha, el Banco de España declara que sólo se ha recuperado el 4,3%).

Día tras día tengo que batirme para despejar la idea de que esas participaciones fueron colocadas principalmente a gente analfabeta e ignorante, porque –sin entrar a valorar mi propio caso– la realidad es que se colocó entre personas de todas las condiciones y edades, bien es verdad que fundamentalmente a jubilados. No porque éstos sean necesariamente débiles mentales, que abundan, sino porque los bancos sabían con certeza que era entre este colectivo donde abundaban los que, intentando asegurarse una mínima holgura y tranquilidad en la vejez, habían procurado acumular unos ahorros hacia los que se ha dirigido la codicia sin escrúpulos y sin control de los banqueros.

Abundan los listos que se ufanan de que a ellos nunca se la hubieran dado, bien porque poseen unos sólidos conocimientos de economía bancaria, bien porque son dueños de un fino instinto que ningún banco puede sortear.

En mi opinión, la razón de que no hayan sido estafados suele ser que, o bien no tenían ahorros que pudieran serles arrebatados o no tenían relación habitual, cercana y de muchos años con las entidades que han practicado la estafa y por lo tanto no estaban acostumbrados a depositar cierta confianza en su banco.

Todo esto me ha venido a la mente porque hoy he recibido un escrito circular de un banco, donde tengo invertida una modesta cifra en un fondo de inversión, avisando de que el adjunto que incluían es un resumen acerca de la trayectoria de mi fondo en el pasado ejercicio. El tal adjunto tiene 53 páginas y al hojearlo he podido comprobar que, efectivamente, ni mi cultura ni mi paciencia llegan hasta el extremo de asimilar tanto gráfico y tanta expresión en extranjero que ni a tiros conozco, ni falta que me hace a ese precio cuando además, para más señas, detesto esa falsa ciencia llamada economía. Este adjunto no es un caso aislado, raro es el mes en que no recibo otro tocho informándome de las nuevas condiciones de mi contrato telefónico, o eléctrico, o bancario, o de-lo-que-sea que entrará en vigor automáticamente en fecha cercana si antes no cancelo mi cuenta o contrato. Estoy por tanto –de nuevo– a merced de lo que esos bancos o empresas quieran hacer con mi dinero o esperar a que la ciencia infusa me dé armas para entender lo que a mi alrededor se conjura para expoliarme. Qué se le va a hacer, antes presumía que el estado velaba para impedir que el ciudadano fuera estafado por los truhanes que abundan. Ahora sé que eso no es cierto, que ellos mismos son los truhanes y que, incluso algún honorable presidente de comunidad autónoma –ya saben, quien encarnaba a todo un "hecho diferencial"– o algún ministro que ha tenido a su cargo la responsabilidad de la economía nacional –Rato, se llama Rato– han defraudado, han sacado dinero ilegalmente fuera del país y han favorecido a sus amiguetes. Por explicarlo en cuatro palabras: yo, tonto; ellos, listos.    

Mientras, aquellos listos a los que nadie engaña, son estafados por las operadoras telefónicas –como todos, por cierto– y dan el conforme al uso de aplicaciones informáticas en el PC, el móvil o la tableta, sin leer la extensa letra pequeña de las condiciones que, a saber a qué compromete. Puede que algún día lo descubran dolorosamente.

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