lunes, 6 de abril de 2015

Música y discapacidad

Venía en la prensa hace unos días un artículo sobre Django Reinhart que no acabó de gustarme porque a mi entender insistía excesivamente en su discapacidad y no tanto en su genialidad. Para quienes no sepan quién era este personaje les diré que se trata de un guitarrista de jazz nacido en Bélgica –no en Francia como piensan muchos por asociarlo con París– que entre otras características reunía ser gitano y sufrir un problema serio en su mano izquierda, consecuencia de un incendio, que le dejó inutilizados los dedos meñique y anular de esa mano. Eso no le impidió ser uno de los mejores guitarristas de la historia del jazz y que hasta Woody Allen le rindiera homenaje con su película Acordes y desacuerdos (Sweet and Lowdown, 1999).

Músicos con diferentes discapacidades ha habido muchos, quizás los más numerosos hayan sido pianistas que padecían ceguera, lo que evidentemente no les impedía tocar el instrumento, aunque sí leer partituras –al menos al interpretar, pues existe el Braille– y eso obligaba entre otras cosas a una memoria prodigiosa –hablo del jazz-blues, los otros no vienen al caso– porque aunque muchos piensen que en este género los músicos tocan más o menos lo que les apetece a cada uno de ellos (juro que me lo han dicho alguna vez), está claro que no es así y por el contrario, hay que aprenderse de memoria buena parte de cada interpretación. Un ejemplo bien conocido de pianista –y cantante, clarinetista, saxofonista, etc.– ciego es el irrepetible Ray Charles, el pionero genio Art Tatum también prácticamente ciego; Michel Petrucciani, pianista, que padecía una grave y dolorosa enfermedad ósea que le impidió crecer más de un metro de estatura y de la que murió finalmente no hace mucho y por último un compatriota que en España y muchos otros países gozó de bastante fama entre los aficionados: el pianista catalán Tete Montoliú, un músico maravilloso de un lirismo seductor, probablemente el mejor pianista español de jazz. El conocido incluso en estos tiempos, Louis Armstrong, padeció durante muchos años un cáncer en los labios, razón por la que casi abandonó su faceta de trompetista dedicándose principalmente a cantar. Por descontado que son una mínima parte del total, he nombrado los primeros que se me venían a la cabeza, la lista es casi interminable.

Artistas de otras ramas con limitaciones físicas son incontables y es también Woody Allen el que trata sobre ellos en una comedia, Broadway Danny Rose, en la que interpreta a un patético representante de peculiares artistas: un bailarín de claqué al que le falta una pierna, un malabarista manco y un ventrílocuo tartamudo entre otros.

Lo que no me gustó de aquel artículo es que parecía más el relato de un impedimento físico que la historia de un hombre que tenía el genio de la música en su interior y al que ni siquiera un accidente pudo arrebatarle manifestarse como tal. Podría interpretarse como que sufrir quemaduras en las manos es un aliciente para dedicarse a la guitarra y no es así, Django ha pasado a la historia por su genialidad y no por su incapacidad, y muchos de los que le conocen y admiran no saben de esa limitación.

Hay quienes se empeñan en afirmar a diario que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, pero sería patético que yo me empeñara en participar en el Tour o que mi vecina del tercero se presentara a Miss Universo. Todos tenemos los mismos derechos y la obligación de no pretender lo que está fuera de nuestro alcance, algo que desde luego no tiene por qué limitar nuestro derecho a la felicidad (o lo que sea).

He leído el otro día en la prensa que Finlandia va a presentar al próximo festival de Eurovisión un grupo formados por afectados por el síndrome de Down. No tiene que asombrar, después de que hace un año otro país fuera representado por una supuesta mujer con abundante barba –y como la gente es así, ganó–, pero creo que todos estos intentos no suponen beneficio alguno para personas con problemas similares y sí la transformación de esa manifestación en un festival de fenómenos, justo lo contrario de lo que se finge desear. Y para remate, el dichoso festival me parece una manifestación detestable muy alejada de la música, pese a titularse Eurovision Song Contest. Ni siquiera es europeo, este año intervienen Israel y Australia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Espero que vivas en una vivienda unifamiliar o por lo menos en una casita que no tenga más de dos plantas.
Angel

Mulliner dijo...

Vivo en un 4º, pero ningún problema, las posibilidades de que me lea un vecino son las mismas de que me lea Putin.