miércoles, 24 de febrero de 2016

La desintegración del lenguaje

Lo malo de ser mayor es que cuando se contempla un periodo no muy extenso de la historia reciente, no se necesita buscar libros de historia, porque si ha estado medianamente atento a la marcha de los acontecimientos, uno mismo tiene conocimiento y registro de esa historia. Eso sí, me ha pasado más de una vez que al hablar con algún joven sobre un periodo reciente de la historia de España como puede ser el franquismo, ese joven me mira con la misma expresión que si le hablara de la invasión francesa o, peor aún, la caída del imperio romano. No distinguen lejanías, existe de un lado su entorno inmediato y de otro, el resto del universo y su tonta historia.

No soy capaz de afirmar que antes se asimilaran más los conocimientos, pero el otro día me sorprendí cuando vi en televisión cómo un profesor americano de inglés preguntaba a sus alumnos españoles, de entre treinta y cuarenta años, si les sonaba de algo la palabra «dixie». Le contestaron que no; no les sonaba que se empleara para referirse a los estados del sur de los EE.UU., ni que fuera el nombre oficioso de los confederados en la guerra civil de aquel país, ni el himno de ese bando y por supuesto que no lo relacionaban con el nombre del jazz de Nueva Orleans llamado «dixieland», no digamos ya ese grupo country de nombre Dixie Chicks que George W. Bush mandó de facto al exilio. Cierto que a la mayoría ni le suenan las guerras carlistas, pero es que el pasado reciente de los EE.UU. nos lo han metido por los ojos en cientos de películas; caray, debería servir para algo.

Con el lenguaje me ha pasado algo que ha sido todavía más a cámara rápida que el resto de los aspectos de la vida. No es un secreto que siempre ha habido quienes hablaban y escribían que daba pena, porque atizaban unas patadas al idioma que casi dolían, pero con el paso del tiempo y la degradación de los sistemas educativos el asunto ha pasado a mayores, porque ya no escriben mal solamente los iletrados, sino que quienes salen de la universidad, en buena parte, no tienen ni idea de lo que es ortografía ni poseen un vocabulario mucho más rico que el de un pastor de cabras y es posible oírles soltar unas burradas descomunales y no digamos ya escribirlas.

Lo primero que asombra son las faltas de ortografía o gramaticales de los propios periodistas. He tenido la curiosidad de mirar en hemerotecas ejemplares de hace cincuenta años y no digo que estén limpios de todo error, pero la frecuencia de disparates es muchísimo menor que la actual y lo peor es que no tiene remedio, porque como me dijo una vez el defensor del lector de El País como respuesta a una protesta que le dirigí, «las prisas en la publicación no permite repasar los textos». Eso es lo que hay.

Ahora, si usted se duele del deterioro del lenguaje, no tiene más que asomarse a los comentarios que acompañan a las noticias para sufrir un síncope. Ahí quienes pretenden saber de economía, política, filosofía, cualquier materia que se trate en el artículo, escriben tales disparates que deberían ser detenidos en aplicación de la ley antiterrorista, en especial a esos que desde la propia redacción mal-traducen alguna expresión de inglés con un éxito arrasador. Un ejemplo: eso que se ha impuesto como sinónimo dominante de mantener relaciones sexuales, tener sexo. Un horror.

No hace mucho El País publicaba un artículo que se titulaba más o menos «Haber leído mucho no tiene por qué mejorar la ortografía». Ni que decir que lo leí con curiosidad porque mi experiencia es justamente la contraria: nunca tengo presente las reglas de ortografía ni recuerdo haberlas dado o aprendido nunca –sólo las de acentuación–, la razón de que sea difícil pillarme en una falta es que guardo memoria de las palabras por haber leído bastante y recordar por tanto cómo deben escribirse.

Pero lo que me ha inducido a escribir esta entrada no es eso sino el cambio de actitud frente a la corrección. Hasta hace no mucho quien, en los comentarios que siguen a las noticias en la prensa digital, osaba llamar la atención por algunas faltas excesivas, era de inmediato víctima de los ataques de casi todos los que intervenían en el foro. Sin embargo, ha habido recientemente un cambio de actitud y nadie se siente cortado por escribir una falta tras otra o al ser recriminado por ello. He leído respuestas del tipo «yo tengo por costumbre no usar nunca acentos (tildes)» o «no pienso hacer distinción entre la “b” y la “v” porque lo que se debería hacer es suprimir una de ellas»; lo mismo entre la “ll” y la “y” actuando como consonante o cualquier otro tipo de duda que la escritura plantee; se comportan como ilustres escritores con teorías propias sobre la gramática como García Márquez, pero en ignorante. Es como esa gentecilla encantada de haberse conocido pese a escribir «Haber» por «A ver» o «a parte» por «aparte». He llegado a ver un párrafo sin faltas llamativas, pero en un momento dado el autor escribía «se lanzó empicado» convencido de que «empicado» es el participio pasivo de vaya usted a saber qué verbo.

Los ignorantes se han apropiado del lenguaje y a casi nadie le importa, es un suceso de menor trascendencia que la aparición del nuevo modelo de iPhone. Que lo disfruten.

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