martes, 17 de mayo de 2016

Qué será, será

Mirando al futuro con desazón
Que sera, sera,
Whatever will be, will be
The future's not ours, to see
Que sera, sera
What will be, will be

Todos esperamos en el fondo de nuestros corazones que en las próximas elecciones del 26 de junio las cosas cambien, en un sentido o en otro, porque nuestro vecino y el de enfrente cambiarán su voto. Nosotros no, por supuesto.

Hemos asistido al espectáculo de un PP y su candidato Rajoy empeñados en gritar a los cuatro vientos que ellos ganaron las elecciones, como si las elecciones se ganaran como se gana eso de los concursos: uno gana y todos los demás pierden. De ahí el uso de esa expresión, tan querida para ellos, de coalición de perdedores refiriéndose a quienes intentan formar gobierno, olvidando  que en un sistema parlamentario lo que importa es quienes consiguen suficientes apoyos en el Parlamento y esos son los que ganan. Por lo tanto y sin duda alguna, el PP ha ganado con la misma rotundidad con que ha ganado el Partido Animalista, nada de nada. Lo único que han ganado es la certeza de que hagan lo que hagan ahí tienen a más de 7 millones de súbditos fieles. En ningún momento han parecido percibir que nadie quiere arrimarse a Rajoy, porque es lo mismo que arrimarse a un apestado. Nadie quiere pactar con él, pero eso no impide que el muy lerdo insista una y otra vez en aquello que tanto desea de la gran coalición al modo de Alemania, como si las circunstancias fueran mínimamente parecidas.

Éramos muchos los que esperábamos que el voto a Podemos fuera un voto a la izquierda, pero la realidad ha tirado abajo esa esperanza porque lo que Podemos pretende es ser el abanderado y valedor de toda la izquierda, sin olvidar su cacareada transversalidad, que nadie sabe muy bien qué significa en la práctica. Si no gana a todos los otros partidos progresistas, lo que espera es engullirlos, de ahí las actuales negociaciones con el infeliz candidato de IU que, si llegan a buen –desastroso– fin, significarán la desaparición de Izquierda Unida y de todo lo que en años pasados han ido luchando, bien es cierto que no siempre con éxito, pero currículum tienen.

Por descontado que las motivaciones nunca son sencillas y siempre están compuestas por una mezcla de propósitos, pero creo que tanto Rivera como Sánchez fueron conscientes desde el primer momento de que ellos no habían ganado y en consecuencia había que renunciar a sus respectivos programas máximos al formar coalición. Me desagrada que un partido de izquierdas –con todas las dudas que ese apelativo pueda sugerir en este caso– como el PSOE se vea obligado a desistir de objetivos que se habían fijado inicialmente, pero es lo que hay cuando una propuesta no consigue suficiente apoyo. Quizás Pedro Sánchez se equivocó pensando que Pablo Iglesias se uniría a esta coalición, si no, cuesta entender qué se proponía.

El PSOE está pasando por uno de los peores momentos de su historia y a eso no es ajeno el canibalismo de alguno de sus dirigentes, atento más que nada a caer sobre el probable derrotado poniendo en práctica aquello de quítate tú para ponerme yo. Guste o no, el actual secretario general resulta ser el mejor que han podido encontrar y por lo tanto sobra ese acoso de Susana Díaz que, encandilada por sus aduladores y en estado de levitación, no comprende que su lugar no puede ser el de cabeza de ese partido y aspirante por tanto a la presidencia del gobierno de la nación. Ella no debe sobrepasar su ámbito actual, porque no da para más, por mucha que sea su astucia o socarronería.

De Pablo Iglesias, tengo que decir que nunca me entusiasmó porque es mucho su parecido con un charlatán de feria y posee un ego que podría compararse con el del felizmente casi desaparecido Aznar. No quiere comprender que sus propuestas oscilantes no encuentran su mejor equilibrio con el empeño actual de brindar el derecho a la independencia a Cataluña o el País Vasco. Eso sin duda le dará muchos votos en esos territorios, pero al tiempo le hará perder en el resto de España donde, sensatamente, se piensa que dividir no supone una mejora para nadie. Andar con propuestas inviables o hacerse el abanderado de esa pamplina de que España es una nación de naciones no va a ser un buen negocio, sobre todo ahora, cuando los independentistas vascos están en horas bajas y los catalanes (excepto Anna Gabriel) van recuperando el seny que siempre se les supuso. España no es Yugoslavia ni debe empeñarse en serlo y seguir ese camino sólo puede conducir al desastre. Por supuesto que cada parte de España tiene sus peculiaridades, pero ¿piensan que son iguales un natural de Texas y otro de New Hampshire?, ¿son iguales uno de la Picardía y otro del Languedoc?, ¿uno de Huelva y otro de Almería?, ¿han arreglado sus problemas los habitantes de Sudán por dividir el país en dos?

A comienzos de enero ya dije en una entrada de este blog que a mi entender íbamos hacia unas nuevas elecciones, no porque yo posea la clarividencia o una bola de cristal, sino porque desde el primer momento la cosa pintaba tan mal que no se veía otro resultado que el sobrevenido.

Y no es que eso vaya a arreglar nada, puesto que si, como está previsto, la mayoría de los votantes se mantiene en sus trece, no habrá grandes cambios en los resultados y por tanto nos veremos de nuevo en la misma situación, salvo que los partidos aborden las negociaciones con otro espíritu, algo difícil pues por sus declaraciones parece que, al igual que los votantes no cambian el sentido de su voto, los partidos también continuarán encastillados en sus postulados. Aquí no soy capaz de predicción alguna, porque ignoro quién tiene que decidir qué hacer ni cómo puede buscarse una salida a este laberinto cuando volvamos a quedar bloqueados. Hay que tener muy presente que hay más de 7 millones de votantes que no se moverán porque son inasequibles al desaliento. El único movimiento importante es la posible coalición del PP con Ciudadanos, aunque no será tan fácil porque eso también supondría la muerte del partido de Rivera. No sé, como no nos adelante algo el tal Rappel…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El resultado de las elecciones del 20 de diciembre pasado y los posteriores intentos de formar gobierno por parte del PSOE, han venido a demostrarnos que este partido, más que Obrero debería llamarse Liberal y transformarse en el Partido Socialista Liberal Español. Sus actuales dirigentes, y muchos de sus votantes, tanto quieren ser de centro que se han pasado a la derecha, sin querer admitir contacto alguno contaminante con aquellos partidos que aglutinan los deseos y votos de quienes prefieren auténticas políticas de izquierdas, además de las sociales. En aquellas elecciones ellos obtuvieron 5.530.779 de votos y los otros 6.112.596. Pero unidos a Ciudadanos sumaban 9.031.320 de votos, por lo que hay que reconocer que la orientación derechista de la política –además del Partido Popular, que la lidera- supera ampliamente a los defensores de orientaciones izquierdistas.

Por tanto, a mi parecer, el “¡Qué será, será!” terminará por decantarse –y al menos por esta vez- hacia esa tendencia a la derecha, que evite que se produzcan los cambios, respecto de estos últimos 4 años, que tanto dicen desear. Eso sí, sin dejar de manejar ampulosamente, aunque sin ningún sentido, la palabra progresista.
AGLD

Mulliner dijo...

Los partidos, en especial los que ya tienen años, no son más que estructuras y son sus dirigentes de cada momento quienen imponen el rumbo. No sé cuán izquierdista es Pedro Sánchez, pero sí se que los de Podemos son en su mayoría una pandilla de tuercebotas, que cambian de soniquete cada poco (¿dónde quedó aquello de la "casta" o el salario social?) y que sólo ambicionan hacerse con el poder absoluto. Aquello de "la sonrisa del destino" o "la cal viva" del trilero Iglesias no fue la mejor manera de iniciar negociaciones. Fundamentalistas y nepotistas, clavados al PP.