martes, 12 de enero de 2010

Español para españoles (2)

El problema no es tanto que no hablemos bien, porque hablar bien, lo que se dice a la perfección, es tan difícil que casi exige profesionalidad. El problema es que actualmente a casi nadie le preocupa cómo habla, si practicando un castellano aceptable o farfullando algo que difícilmente puede entenderse o escuchar sin sentir escalofríos.

Antes existía cierto respeto por quienes se expresaban con riqueza de vocabulario, conjugación acertada de los verbos y en definitiva, con un lenguaje que se percibía superior al del común de los hablantes. Todavía recuerdo el programa que realizaba en TVE, hace quizás 30 ó 40 años, el desaparecido académico Joaquín Calvo Sotelo y a pesar de que era en horario endiablado y había que tener vocación para escucharle, dejaba asombrado porque se presentía que “aquello” sí que era español (o castellano, si prefieren).

Ahora, puede explicársele a alguien que practica un laísmo rabioso, que debería evitar ese error, y le mira a uno como si fuera un tipo peligroso; pueden señalársele errores en las palabras que evidencian una ignorancia feroz, y sólo se consigue una sonrisa piadosa –si no enfado- como la que dirigirían a un alienado. En el mejor de los casos, se apresuran a aclarar que eso de hablar bien o mal les es indiferente.

Con todo, lo peor a mi entender, es ese redondeo de expresiones o utilización de frases hechas, porque se piensa que se puede soltar un disparate tras otro y que todo queda compensado por esas supuestas erudiciones. Por ejemplo, ¿no se han dado cuenta de que ahora ningún corresponsal de radio o televisión se encuentra en tal o cual lugar, sino “a pie de…” lo que sea? He oído utilizaciones de esa expresión que casi producen carcajadas o llantos: a pie de pozo, a pie de vía, a pie de urna, etc. Hoy mismo (9 de enero), en el telediario y a la misma corresponsal que comentaba la situación en distintos lugares debido a los fuertes temporales de nieve, he tenido la dicha de escucharle que los camiones bloqueados se encontraban “a pie de arcén mientras, no muy lejos de allí, los bañistas osados tomaban un baño a pie de mar”. ¿No es una maravilla la cantidad de usos a que se prestan esas tres palabras? Hace unos años, esas mismas personas hubieran estado junto a un pozo, al lado de la vía, en la puerta del colegio electoral, sobre el arcén o en la orilla del mar… Claro que este uso requería el enorme esfuerzo de seleccionar alguna preposición, un adverbio, quizás un sustantivo o lo que correspondiera, y eso es demasiado pedir, sobre todo teniendo en cuenta que puede solventarse con un “a pie de”.

No hace mucho,  un familiar que me escribía un correo, para referirse a la finalización de no sé qué asunto, escribía que puso “punto y final”. Unos días después hablé con él y le recordé que eso de la “y” en esa expresión era un error malsonante, porque esa conjunción sí se utiliza en “punto y seguido” y  “punto y aparte”, pero que “punto final” era y había sido siempre de esta forma. Fue inútil, porque cariñosamente insistió en que él ponía la “y” porque era un punto y era un final. Abandoné, desmoralizado.

Hace años, recuerdo que algunos productos anunciaban en su envase que al comprarlos se recibía conjuntamente otro artículo del mismo fabricante de manera “gratis total”. Aquello quedó grabado a fuego en las mentes más simples –demasiadas- y hoy es difícil escuchar a alguien capaz de decir la palabra “gratis” sin añadir “total”. No sirve de nada explicar que al decir gratis se ha dicho todo lo preciso para indicar que no hay que efectuar ningún desembolso y que cualquier calificador es reiterativo y, eso sí, gratuito de veras.

Habría que estudiar qué es lo que otorga el éxito a esas expresiones o modismos de éxito tan rotundo y que quedan remachadas en el habla de la mayoría, pero me temo que está relacionado con la publicidad y la televisión. Y por descontado, con un nulo hábito de lectura y desinterés absoluto por la lengua que sirve para que nos entendamos.  

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