domingo, 24 de enero de 2010

Qué es esta cosa llamada jazz

Ayer asistí a un concierto de jazz, animado por unos amigos a los que no disgusta esta música y con los que he compartido otros espectáculos que prometían alta calidad musical, no siempre confirmada por la realidad.

El concierto tenía lugar en el auditorio municipal de unos de esos pueblos ricos que rodean Madrid y que disponen de instalaciones que ya nos gustaría tener a los capitalinos, pues el ayuntamiento que tanto nos quiere y tanto nos cobra, considera que con un par de cosillas para los cuatro millones y pico que poblamos este caos llamado Madrid, ya estamos servidos. Y para colmo, esas instalaciones suelen reservarse para que actúen quienes, debidamente domesticados, frecuentan el pesebre que le ofrece el poder político. Pero ese es otro asunto y mejor dejarlo…

Lo cierto es que la actuación en el concierto cumplió mis peores temores: allí teníamos a los que, sin duda, eran cinco magníficos intérpretes en sus respectivos instrumentos, pero que no habían recibido la inspiración divina precisa sobre lo que es el jazz. Al comienzo ya anunciaron que interpretaban “jazz étnico”, en su variante de "jazz mediterráneo", y con eso ya apreté las mandíbulas, me agarré fuertemente a la butaca y me preparé para lo peor, que efectivamente, no tardó en llegar.

El cabecilla del grupo –se confesó granadino- era la viva estampa de Fu-Manchú, salvo que no llevaba aquel bigotillo tan vistoso, pero sí con su gorrito característico. “El hábito no hace al monje” suele decirse, pero en este caso el hábito era como una maldición que auguraba trampas y escamoteos. Ante el entusiasmo de algunos de los escasos asistentes (apenas había un 30 ó 40% del aforo) y que debían ser familiares o amiguetes suyos, nos fue aclarando que el título de tal melodía –todas estaban “compuestas" por él- estaba en lengua kirundi, o que tal otra le había sido inspirada después de leer la historia de un general romano, nacido en Cádiz, que entró triunfante y laureado en Roma, etc. Todas las inspiraciones eran a cual más erudita –el tipo había estudiado mucho sobre culturas casi ignotas- pero el resultado era las más de las veces un sonido inarmónico interpretado con alguno de los diez instrumentos de viento que utilizaba el líder del grupo, con el pianista tocando también un teclado electrónico y hasta pulsando a mano el arpa del piano de cola…. en fin, casi una pesadilla. Todo ello con un acompañamiento rítmico permanente típico del Magreb. Lamentablemente, cuando la cosa parecía haber finalizado, uno de aquellos amigos o familiares solicitó un bis y los muy desaprensivos lo complacieron, obligándonos a permanecer cuando ya me relamía con la posibilidad de escapar.

Tengo en casa un par de enciclopedias temáticas de jazz y varios libros que tratan sobre el tema y en ninguno de ellos se da una definición clara y terminante de lo que es el jazz, porque realmente no se puede, pero es fácil hacer aproximaciones diciendo lo que no es. “Aquello” de ayer no era jazz y anunciado como eso que han dado en llamar “música étnica” (¿qué demonios es eso?) hubiera sido aceptable para un público no engañado con lo que se le prometía. De esta forma, se ha espantado a los inocentes que han creído que aquello es jazz y se habrán juramentado para no asistir nunca más a nada que se llame así.

Hay un principio básico que dice que cuando a un concepto se le pone apellido, hay que desconfiar del producto. Por eso, aquella pretendida democracia apellidada “orgánica” tenía bien poco de lo que fingía ser. Lo mismo ocurre con el jazz; hay que desconfiar de todo lo que sea etiquetado como “jazz étnico”, “jazz fusión”, “acid jazz”, “free jazz”, “jazz progresivo”, etc. porque la posibilidad de que se trate de una bulla infame es bastante alta. O si prefieren que lo diga de manera más cortés, simplemente se pueden encontrar cualquier cosa, menos jazz.

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