lunes, 11 de enero de 2010

Los católicos españoles

En todo el mundo, los fieles católicos forman comunidades bien diferenciadas de los practicantes de otras religiones, pero quizás sea España una localización en la que, por no haber tenido que enfrentarse a otras confesiones que fueran importantes en número o influencia, los católicos han actuado con una prepotencia y violencia casi desconocida en otros países. Y no hablo sólo de la Santa Inquisición.

La Iglesia católica sirvió para que los reyes españoles se empeñaran en largas guerras de religión por donde, entre otras cosas, se fue escapando el oro que venía de América que, por lo tanto, nunca sirvió para sacar a los habitantes de España de una pobreza de donde prácticamente no han salido hasta finales del siglo XX.

Ya en el pasado siglo, se alió con el golpismo para evitar que se menoscabase su tradicional poderío y, mediante esa mutua protección, medrar y mantener el poder durante 40 años. Una alianza tradicional: la iglesia y los militares. Por eso, en un alarde de desvergüenza e impunidad, se atrevió esa Iglesia a calificar oficialmente de “cruzada” el derribo de un gobierno legal, para implantar una dictadura que, sobre todo en sus primeros años, desconoció no ya la compasión, sino la propia justicia. Con la complicidad y complacencia -o los ojos cerrados- de la jerarquía eclesiástica, se ejecutaron decenas de miles de personas simplemente por no ser afectas al régimen. Pero mejor dejar este asunto…

Esa alianza entre los dos poderes permitió que sistemáticamente y durante siglos, se masacrara (real o figuradamente) a quienes no eran tan creyentes como debieran y que se tachara de no-español a quien no profesara el catolicismo oficial. Todavía hay, en el círculo de mis amigos, quien considera incuestionable que la cruz es el símbolo que, por excelencia, puede representar a Europa. ¿En qué mundo viven?, ¿no comprenden que el conocimiento actual no permite la subsistencia de tanta superchería?

Ya metido en preguntas, ¿no han oído nunca esa expresión “yo soy católico a mi manera”? A mí me produce una mezcla de estupor e ira, porque esos mismos “librepensadores” son los que crucificarían sin reparos a quien se confesara agnóstico o ateo. Mi respuesta es siempre la misma: no hay una manera personal de ser católico, si por tal entendemos la libre interpretación de los dogmas y normas dictadas por quien puede hacerlo. ¿Que no cree en la Inmaculada Concepción?, pues vive en estado de permanente pecado y exclusión de esa Iglesia. ¿Que no asiste a los oficios todas las fiestas de guardar y otros días como es ordenado?, lo mismo. ¿Que no ama al prójimo como a sí mismo (perdón por el chascarrillo)?, justamente condenado. Así hasta repasar todos los mandamientos y lo que papas y encíclicas declaran como de estricto cumplimiento.

Hay ocasiones en que esa actitud resulta patéticamente sorprendente. Conozco a una mujer, cercana a mí, que junto con su marido son inflexibles en asuntos religiosos, hasta el punto de condenar rotundamente cualquier desviación de la ortodoxia. Sin embargo, hace años, ella abortó fuera de España por razones que para mí son absolutamente válidas, pero que de ninguna manera aceptaría esa Iglesia a la que ellos pertenecen. Ella incluso afirma haber obtenido la aprobación de su director espiritual para efectuar este acto, en un intento inútil de conciliar esa fe y su conducta.

¿Casuística? Por supuesto, muchos pensarán que un caso no puede retratar el comportamiento de todos, pero ¿de verdad es tan extraordinario lo que cuento? Desde luego que no, lo que ocurre es que esto del aborto no es asunto que las mujeres vayan proclamando a gritos, aunque conozco más casos. Y por descontado, de eso que citaba al principio sobre interpretación personal del catolicismo, todos conocemos casos cercanos. Otra cosa es que prefiramos no darnos por enterados…

Actualmente, la iglesia católica vive en un pulso permanente con el gobierno. No consienten que el gobierno gobierne, porque eso lo consideran un ataque frontal contra sus tradicionales prerrogativas. No permiten leyes que vayan contra su ideario, porque no entienden que sus fieles hacen bien en guiarse por la doctrina de la Iglesia, pero los demás no tenemos por qué estar sometidos a esas normas.

No me agrada el aborto y no creo que sea algo que nadie pueda contemplar con complacencia, por lo que supone de violencia y daño en la mujer que se somete a ello, pero ¿quiénes son los que componen la Iglesia para oponerse a que alguien haga uso de ese derecho?, ¿tienen miedo de que cristianos fervientes recurran al aborto cuando lo consideren preciso? Qué falta de confianza en sus fieles…

Y hacen bien. Recuerdo que cuando se promulgó la ley del divorcio en España, poco tardaron en hacer cola ante los tribunales para romper el vínculo matrimonial. Ése mismo que la Iglesia anula por dinero.

Recuerdo una frase atribuida a Voltaire que contenía mi libro de religión en el bachillerato, y que era aportada como supuesta prueba de que, hasta los ateos, en realidad son creyentes. La frase era (no se me ha olvidado): “si yo fuera amo, no consentiría a mi lado criados sin religión”. Aparte de la veracidad o falsedad sobre la atribución de esta frase, para mí es simplemente una prueba de cínico realismo. Es cierto que a personas carentes de una formación moral sólida, no les viene mal una guía religiosa que permita su inserción social sin más problemas. Por tanto, si yo dispusiese de servicio doméstico, valoraría que profesasen alguna religión, si es que por desgracia careciesen de lo otro; pero seguiría prefiriendo una persona con una moral firme y estructurada; laica por supuesto.

3 comentarios:

Alfonso Gimeno López-Dóriga dijo...

Amigo Mulliner, aprovecharé la última entrada de tu Blog -gracias por haberme dado acceso al mismo- para contestar genéricamente a las que denominas “Creencias”. Y no a todas, y no a todo.

Empezaré reconociendo que me ha gustado tu forma de escribir, algo que de modo unilateral interpreto como que tal actividad -el escribir- te gusta y te resulta fácil. Enhorabuena.

Desde luego admito y comparto contigo que la lectura literal de la Biblia, tanto del Antiguo (sobretodo) como del Nuevo Testamento, se hace –salvo algunas importantes excepciones – merecedora de la crítica y humorística exposición que haces en tus diferentes entradas sobre el tema.

El problema se plantea cuando al intentar cualquier otro enfoque explicativo de esos textos -transcendiendo la literalidad- compruebo que se cae en un plano simbólico-teológico que parece presuponer para entenderlo dar por sentado aquello que se trata de probar. Esto se llama una petición de principio, y no es buena manera de exponer la propia visión de las cosas.

Los límites de lo humano acaban donde acaba la experiencia y de cualquier afirmación de algo que no caiga dentro de ella, se puede decir aquello de “que lo más seguro es quien sabe”. Lo que no cabe duda, sin embargo, es que el hecho en sí de la aceptación de afirmaciones no experimentables –por parte de pueblos o personas-, es un dato de experiencia.

Algo debemos tener los hombres –como especie- cuando desde las más remotas civilizaciones y pueblos conocidos, hemos tenido la necesidad de inventar mitos y dioses. Está claro que el hombre ha creado a los dioses. Y lo ha hecho de la única forma posible para él: antropomórficamente, a su imagen y semejanza. Y como todo necesita una explicación, pero no tenemos de todo explicación, aquello que nos supera y nos explica -aunque queda naturalmente fuera de la experiencia- parece que no nos importa aceptarlo y llamarlo dios.

No doy por válida, después de haberlas estudiado a fondo, ninguna de las denominadas pruebas de la existencia de dios (S. Anselmo, Sto. Tomás, Descartes, Kant, …). Por tanto la razón de creer no puede sustentarse en una prueba. ¿Es entonces irracional? Pero, como he dicho antes, constato que otros –antes que yo-han creído. Y algunos, por lo que de ellos se sabe, me resultan a su vez especialmente fiables. Es decir, me fio de su fe.

¿Pero hay de verdad pueblos o personas fiables cuando ellos a su vez han manifestado fiarse de Dios? Algunos todavía pensamos que sí. Confiando en la historia, se pueden encontrar figuras relevantes cuya experiencia, cuya vida, cuyo mensaje y la fuerza de los movimientos que sin pretenderlo crearon en torno a su persona, justifican adherirse a la misma fe que ellos tuvieron. La experiencia de que esas figuras viven es un dato histórico.

Otra cosa son las manifestaciones de esas experiencias de Dios, por parte de pueblos o personas, que sólo han podido transmitirse al modo y con las limitaciones de lo humano, mediante los símbolos y lenguaje de que disponían. Supongo que ellos se entendían, aunque nosotros no los entendamos del todo. El mito fue la etapa primera y necesaria de la expresión del pensamiento humano y muy anterior al nacimiento de la filosofía. Y la experiencia de Dios, si se tiene, encaja mal en palabras y explicaciones de ningún lenguaje humano.

En el caso concreto de lo que pasó con el movimiento y comunidades cristianas, hasta terminar en la Iglesia Católica, y su posterior evolución a lo largo de los veinte últimos siglos, es algo que me merece muchos otros comentarios aparte, tan de rechazo y duros como los que tú formulas o puedas formular. No en su totalidad, naturalmente, pero sí a gran parte de sus manifestaciones.

Por tanto, como resumen final -para no alargar más esta respuesta-, comparto plenamente tu visión y comentarios si sólo tenemos en cuenta la lectura literal de los textos. Pero hay otras lecturas que pudieran hacer a esos mismos textos más inteligibles y aceptables.

Mulliner dijo...

No son otras lecturas las que me interesan, sino la lectura que llamas literal, es decir, lo que cualquiera que no haya sido condicionado previamente iría interpretando. Si se cita el ojo de una aguja, yo entiendo que se refiere al ojo de una aguja y no a otra cosa.

Paco dijo...

Después de leer el texto, más vuestros comentarios y despues de ver un vídeo sobre la religión musulmana
http://www.youtube.com/watch?v=QWj1jQgW8oE

mejor no pienso en creer, porque estas dos sin razones, son las que nos llean a la mayoría de las guerras.