sábado, 16 de enero de 2010

Hipócritas

Cuesta establecer la línea divisoria entre educación e hipocresía, aunque para mí tengo que, a poco claras que se tengan las ideas, es posible enumerar las condiciones en que se da la virtud del saber comportarse y el vicio de fingir lo contrario de lo que en realidad pensamos.

Con frecuencia hemos de cerrar la boca, cuando queremos decir algo, para evitar conflictos con los que se encuentran a nuestro alrededor, por pura prudencia, porque sabemos que la expresión de nuestras ideas va a ser inevitablemente conflictiva. Mejor callar.

La hipocresía se definiría, coincidiendo necesariamente con el diccionario, como “el fingimiento de ideas o sentimiento contrarios a los que realmente se sienten”, pero yo añadiría que “obteniendo con ello algún tipo de beneficio, material o inmaterial”. Es decir, la verdadera hipocresía siempre saca ventaja de ese comportamiento, ¿para qué, si no?

De todos los defectos humanos, quizás sea ése uno de los que más repugnancia me produce, pues es imposible mantener siquiera una conversación con semejante ejemplar de falsario. También hay hipócritas más o menos forzados, que deben vivir una vida en permanente disociación con su manera de pensar, porque su situación social o económica no les permite izar la bandera de su propio criterio. Lo entiendo, pero no lo acepto como justificación.

Unos verdaderos maestros en el arte de fingir o aparentar son ciertos cristianos integristas, porque confunden el mandato de amar al prójimo con falsear la apariencia de sus sentimientos. Consideran la sonrisa como una obligación cristiana y de compromiso con su dios, pero ahí acaba todo el esfuerzo, quizás porque eso de amar al prójimo no es para ellos más que una etiqueta, un protocolo, y poco más. Ahí tenemos a los miembros del Opus Dei y el ejemplo del santo patrón de los hipócritas José María Escriba Albás, más conocido como Josemaría Escrivá de Balaguer, que es el nombre que se "compró" poco después de terminada la guerra civil. Todavía puedo recordar el documental que por sorpresa nos colocó TVE, en los primeros años 70 del pasado siglo (en vida del dictador), y el espanto que sentí al ver desenvolverse y responder preguntas –claramente ensayadas- a aquel farsante, siempre con una sonrisa que daban ganas de arrancarle de la cara, aunque fuese con cirugía plástica.

Sin embargo ahí lo tienen; hace pocos años, el Vaticano lo elevó a la categoría de santo, o sea, la Iglesia posee la certeza de que su alma está en el cielo. Como diría él: "todavía hay clases".

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