jueves, 13 de mayo de 2010

Elogio de lo intemporal

Acabo de estar leyendo el suplemento dominical del periódico y me invade la misma sensación que otras veces: no sólo tengo un montón de años, sino que soy declaradamente viejo, puesto que no entiendo casi nada de lo que se dice y se propone, pero eso es cosa sabida por mí y a la que estoy acostumbrado ya que, al parecer, llevo más de cincuenta años siendo viejo. Debo ser un profesional de la vejez.

Eso sí, mis neuronas dan para entender que la tesis que planea sobre el conjunto de la revista y, en realidad, de toda la sociedad, es que nada que no sea actual merece la pena. Es cierto, el enfado –por decirlo suavemente- me invade cada vez que oigo los argumentos que se dan para descartar algo. Simplemente ese algo es antiguo –o pasado de moda- y por lo tanto se acabó, no existe, a otra cosa.

Me inicié en la lectura como hábito a los 9 ó 10 años, con unos libros que me recomendaba un amigo de mi prima favorita, un “anciano” –para mí- de 18 ó 20 años. Se trataba de aquellos “libros de Guillermo”, escritos por Richmal Crompton, cuya acción se desarrollaba en los años veinte del pasado siglo y que ya eran antiguos cuando yo los leí, aunque para mí fueron todo un descubrimiento que conformaron mis gustos por la literatura de humor y que continué leyendo con cierta regularidad hasta más de treinta años después. De hecho, todavía hoy les doy algún repaso de vez en cuando, aunque admito que no me hacen reír como antes, en parte porque me los sé de memoria y en parte porque no cuento ya con la inocencia y buen humor de otros tiempos.

En cuanto a la música, aunque yo torpemente cantase –según parece- alguna canción de moda entonces, de aquellas del trío Calaveras o Antonio Machín, también llegó de manera intensa a mi vida de la mano de Frank Sinatra, un cantante que ya entonces iba declinando en su fama, aunque disfrutara de algunas remontadas gracias a sus interpretaciones cinematográficas y a algún éxito discográfico ocasional. En la actualidad, creo que debo tener unos sesenta de este intérprete y sigo escuchándolos como si el tiempo no pasara por ellos (que casi no pasa).

Es muy probable que si me preguntasen qué me llevaría a una isla desierta en materia de lectura y música, escogiera aquellos libros y estos discos -entre otros-, para horror y espanto de quienes piensan que la calidad está en lo novedoso y que a eso hay que orientar las preferencias. Soy tan antiguo y tan anciano que no comprendo el reproche fundamental que a estos gustos se les dirige: ya no se llevan y quien insista en declararse su admirador no es más que un inadaptado, un apestado que no sabe mantenerse a flote en el mundo actual.

No voy a hacer una defensa de mis gustos, en primer lugar porque sé que es inútil intentar defender lo que a los ojos de otros es indefendible y en segundo lugar porque siento que ofendería la calidad incuestionable de lo que amo. Soy de los que piensa que si algo es bueno en literatura o música, sigue siéndolo por más que el tiempo pase y nadie me va a convencer para dejar de lado aquellos libros, de escuchar a Sinatra, de conmoverme hasta llorar con Bill Evans o Mozart.

Dejo para otros la admiración sin límites por Harry Potter, Lady Gaga o David Bisbal y, la verdad, creo que sí es cierto que una persona se define por sus gustos y sus no-gustos. Esa frase de «para gustos se hicieron los colores» se inventó para engaño y consuelo de mediocres.

Que nadie piense que esto que digo supone un desprecio por todo lo actual, ni mucho menos. El abanico de lo admirable es muchísimo más amplio que un cantante o un personaje literario de épocas distantes. Evidentemente se trata sólo de un par de ejemplos y no voy a revelar aquí mis gustos por tal o cual elemento de moda, pero es un hecho difícil de rebatir que hace bastantes años, quien sobresalía lo hacía por méritos propios, reales. Hoy basta una campaña publicitaria adecuada para que cualquiera venda sus libritos o sus gorgoritos. Hay un exceso de producción, que hace francamente difícil el descubrimiento de lo realmente bueno.

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