domingo, 16 de mayo de 2010

Estado de ánimo económico


Estamos leyendo tanto y tan diverso sobre la situación económica de España, que no entiendo cómo hay quienes son capaces de formarse una idea completa sobre el estado de la economía y utilizar esa idea como doctrina a enfrentar con la de otros o como guía para actuar en la propia vida económica.

Se supone que todos partimos de unas ideas ciertas sobre el origen de la crisis. Ciertas, aunque quienes son incapaces de articular un pensamiento por su cuenta se limitan a recibir las consignas de sus admirados oráculos y las adoptan sin más reflexión o evaluación. Pero son una clara minoría y por cierto la más iletrada.

Decía que casi todas las personas en todos los países aceptan como incuestionable que el origen de la crisis se encuentra en los EE.UU. y sus bonos basura, fundamentalmente los creados a partir de esas hipotecas concedidas a insolventes y vendidas más tarde en paquetes a la banca del resto de los países, que seguramente sospechaban de la bondad del producto, pero que se tapaban la nariz y compraban hechizados por los grandes beneficios que se prometían y con una elevada esperanza de que a lo mejor, no sucedería nada.

Pues bueno, sí que sucedió, quizás facilitado por esa necesidad que posee el capitalismo de sufrir una quiebra cada cierto número de años –y cada vez son menos años- para después fingir que es un sistema sin tacha y, desde luego, porque esos paquetes basados en hipotecas “alegres” pincharon de manera estrepitosa.

Con esa explosión salió a la luz en cada país sus aciertos y sus deficiencias estructurales. En nuestro caso la famosa burbuja inmobiliaria o progreso económico basado en la construcción y la evidencia de un déficit endémico entre exportación e importación, porque lo que manufacturamos no posee valor añadido y por el contrario y debido a la persistencia de ese «que inventen ellos», hay que pagar licencia por la mayoría de lo que fabricamos. Somos un país de torpes sin imaginación, incapaces de investigar y descubrir, o quizás el mundo empresarial prefiere comprar licencias y obtener beneficio inmediato que hacer las cosas bien, invirtiendo en investigación y recogiendo a medio plazo los beneficios de esa iniciativa. No hay que olvidar que –otra más- estamos a la cola en Europa por número de patentes registradas anualmente. Y por favor, que nadie mencione la fregona o el chupa-chups.

Nos llega –nos llegó- el tsunami de esa crisis mundial tras el terremoto de inicio y no tenemos energía ni para recoger los restos que se amontonan en la orilla. Surgen los políticos y economistas que poseen la varita mágica capaz de transformar una economía parásita, basada en la construcción y el turismo de masas, en una economía boyante y con iniciativa. Dudo de que exista la varita mágica y dudo de que esos políticos que tanto vociferan sepan cómo cambiar las tornas.

En ese momento, y llevados de esas voces, todos giran la cabeza hacia el gobierno de turno y, simplemente porque está ahí, se decide culparle de todo y hasta del inquietante volcán islandés. No tengo interés en defender al gobierno actual, porque no sé si las medidas que toma son las acertadas (yo sí sé que no entiendo de economía), pero tengo que mirar con irritación a quienes parecen no tener otro propósito que hundir la -más bien escasa- buena fama de nuestro país en el extranjero y de propiciar la depresión de los ciudadanos propios.

Eso que se mide y publica de vez en cuando y que se llama “confianza del consumidor” debe estar por los suelos y esa confianza es un estado de ánimo que con toda certeza repercute en la situación económica y en la capacidad de que nos recuperemos a buen ritmo. Las medidas de austeridad que acaban de publicarse, congelación de pensiones y bajada de salarios a los funcionarios, son desde luego un mazazo en esa confianza y sobre todo si van acompañadas de las voces apocalípticas de siempre: los que por encima de todo procuran la vuelta de la tortilla, más que el bienestar de todos.

En Europa se nos mira con desconfianza -¿cómo se va a confiar en un país que desconfía de sí mismo y lo proclama?- y vuelve a circular aquella especie de que «África empieza en los Pirineos», como si el límite de un continente pudiera desplazarse a capricho y como si la pertenencia a uno u otro continente marcara un destino.

Lo más triste es que quienes son los verdaderos culpables de nuestra crisis permanecen impunes y a salvo. Ya sean los bancos estadounidenses que vendieron a los demás esos bonos envenenados, ya los bancos españoles que los compraron “inocentemente”, ya quienes en España fijaron esa política de economía subsidiaria (llevamos siglos en ello), ya quienes se creyeron que la construcción sería la panacea que transformaría a España en la 6ª o 7ª economía mundial (hemos estado más de una década en esas). Un sueño que se aleja, y esta vez definitivamente, porque esas que se llaman economías emergentes van a ocupar a medio plazo el puesto al que tienen derecho a aspirar por su tamaño y pujanza.  

Lo refiero en otro comentario anterior. Las diez personas (ciudadanos norteamericanos) a las que se considera responsables del desastre desencadenante de todo lo demás continúan a lo suyo, y entre todas han obtenido el pasado 2009 –con crisis galopante- unos beneficios superiores a los 25.300 millones de dólares, lo decía el Wall Street Journal el pasado abril. Mientras, en otros países, y concretamente en el nuestro, los funcionarios, los pensionistas y tantos otros tenemos que apretarnos el cinturón y no sirve de nada protestar, porque no hay otra salida. Al menos, perteneciendo a este «mundo occidental» que tiene todo irremisiblemente «atado y bien atado».

1 comentario:

Paco dijo...

Totalmente de acuerdo contigo. El problema además, lo acentúan aquellos que incluso con la que esta cayendo al equipo en el gobierno, solo llevan una diferencia de un 1 % en intención de voto y además, sin haber hecho bien los deberes en sus propias autonomías.