martes, 25 de mayo de 2010

Técnica del golpe de estado

Me siento obligado a asumir un papel que ni me corresponde ni lo vivo con la intensidad que cabría esperar, porque para sumarse a una causa hay que estar más o menos entusiasmado por esa causa –depende del grado de implicación que se nos exija- y no es mi caso, puesto que no he votado en las dos elecciones generales al actual presidente del gobierno ni lo votaría, salvo en caso de lo que podríamos llamar “emergencia democrática”, pero es que me temo que hemos llegado o estamos llegando precipitadamente a esa situación.

Con las debidas distancias, podría corresponderse –insisto, de lejos– con la actitud de muchos españoles que vivieron la II República, cuando al producirse el golpe militar dudaban si sumarse a ese bando, porque no era aquella la república que habían deseado, pero que por decencia permanecieron fieles al régimen legal, democráticamente establecido por los ciudadanos. Había que tener un estómago especial para ponerse del lado de aquel hombrecillo intrigante y cobarde que encabezó a última hora la rebelión, cuando otros ya habían dado la cara que él escondía, mientras juraba lealtad a la república.

Bien, todo esto viene a cuento del escándalo que los senadores de la oposición le han montado hoy al presidente en esa cámara y de los insultos que la honrada y elegante alcaldesa de Valencia le ha dirigido, uniéndolo a la amenaza de un levantamiento fiscal contra el gobierno central.

Cosas como esas son las que me hacen desear haber nacido en otro país, lejos de aquí, porque es admisible cualquier ideología o posicionamiento político no agresivo, pero lo que no es válido –ni se da en países respetables– es ese permanente recurrir a lo que sea para acceder al poder cuando toca estar en la oposición. No puedo olvidar, ni quiero, que éste es el país en que en un tiempo se hizo popular el grito de «¡vivan las cadenas!». Cuando leo en la prensa la cantidad de personas dispuestas a entregar su voto a estos facinerosos, me quedo horrorizado al comprobar con qué clase de ciudadanos comparto espacio.

No hace falta recurrir a los libros de historia para tener presente el golpe del 36, pero es que esta gente sigue empleando métodos violentos para quitar de en medio a quien gobierna, cuando no les gusta cómo lo hace. Creo que todos nos acordamos de aquel «Váyase, señor González» que machaconamente repetían, porque no podían esperar a las siguientes elecciones para acceder a ese poder que consideran suyo. Y aquel eslogan caló en la gente –aunque muchos ni sabían qué había hecho mal aquel presidente– hasta hacerse una cantinela general.

Ahora siguen en las las mismas. Al comienzo de la primera legislatura ya bautizaron al nuevo presidente como "bambi", queríendo extender la idea de que quizás era buena persona, pero un simple demasiado cándido para gobernar. Más tarde se esforzaron para que aquello del «talante» fuera ridiculizado y motivo de escarnio, arma arrojadiza de todos los limpios de corazón –y cerebro– que componían su extenso coro. Después utilizaron a aquel bufón maligno de la AVT para desgastar al presidente con aquello de su pretendida complicidad con ETA. Ya no era ni buena persona, sino la encarnación del mal y la traición. En fin, no ha habido momento en que se limitaran a ejercer una legítima oposición, sino que su trabajo ha sido y es calumniar y desestabilizar al gobierno.

Ya hace algún tiempo, aprovechando una crisis económica cuyo origen está fuera de España –casi todos olvidan o quieren olvidar que las crisis mundiales de los últimos años han coincidido fatalmente con la llegada de los socialistas al poder en nuestro país–, han entrado como auténticas hienas a destrozar al presidente y su gobierno, aprovechando que las circunstancias no le son lo que se dice muy favorables y sabedores de que el número de carroñeros y esa debilidad innegable del actual poder político les permite lanzar un mensaje a los espectadores de su cuerda, “¡aprovechen, que somos muchos!”. Se esgrime ahora que el presidente es una mezcla de pérfido conspirador y un imbécil sin remedio y además tratan de que sea una verdad inamovible que todos den por sentado.

Indigno, no se me ocurre otro calificativo. Hasta la oposición en Portugal ha cerrado filas con el gobierno –también socialista– para hacer frente a la crisis. No sé si los portugueses son mejores que los españoles, lo que está claro es que nosotros somos peores que ellos.

¡Ah!, y que Malaparte me perdone por haberle cogido prestado el título para esta entrada.

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