sábado, 8 de mayo de 2010

Mi ombligo es más bonito que el tuyo

Hablo de un asunto sobre el que, como todos aquellos que afectan al ego (y es innegable que todos lo tenemos), resulta muy difícil tratar sin que haya quien no se sienta aludido aunque sea de refilón y, quizás, más o menos agredido. No es mi deseo, así que espero equivocarme. Publicar esto puede que sea escasamente prudente, pero lo que se dice es sobradamente cierto.

Todos conocemos a alguien o algunos que no sienten empacho en describirnos con pelos y señales su dolor de riñones o la herida que se ha infligido en la pantorrilla cuando cultivaba rosas de pitiminí, pero que adoptan un aire de evasión e impaciencia cuando osamos contarle el dolor de cabeza que nos está afectando o esa muela que nos tiene en un sinvivir. No es, de todas formas, de estos de quienes voy a hacer un comentario, con todo y ser el tipo más frecuente.

Estoy pensando en los artistas más o menos amateurs que nos rodean. Casi todo el mundo tiene aquello que se denominaba “violín de Ingres” y, más si cabe, una vez llegada la edad de jubilación, en la que muchos encuentran cierto problema para rellenar con alguna actividad las 24 horas de cada día, aunque luego alardeen de no disponer de tiempo para nada.

Tengo amigos que escriben novela, ensayo o poesía, otros cantan, los hay que gustan de dar disertaciones sobre temas varios, otros tocan un instrumento, alguno practica la pintura, otros han encontrado en la fotografía su pasión profunda y hasta hay –por último quienes se dedican a reexpedir esos correos de abundante circulación a todo bicho viviente. Yo mismo, tras muchas dudas y vacilaciones sobre la utilidad y calidad de mi producción –y así lo expreso en la entrada que inauguró este blog– he optado por cosas como la que están leyendo, simplemente para dar salida a lo que a diario va pasando por mi cabeza; puro desahogo. Como consecuencia inmediata de estas actividades todos, sin excepción, aspiramos a encontrar un público que observe nuestra obra, que la frecuente, y en su caso, haga una crítica –incluso favorable, faltaría más– de aquello a lo que se ha asomado. No se trata de un simple intercambio del tipo "yo soporto lo tuyo y a cambio tú soportas lo mío", sino de algo natural en donde se supone que reside la amistad y un cierto interés por lo que pasa por la cabeza de ése a quien creemos conocer.

Se me ha animado más o menos firmemente a leer o presenciar la obra de cada uno y puedo asegurar que me he esforzado en ello aunque no siempre fuera de mi agrado o afectara a un tema de mi interés, pero es cierto que se puede disfrutar de lo que no esperábamos o aprender algo de todo el mundo (hago lógica excepción de los zoquetes irrecuperables). He atendido impasible a quien me recomendaba leer al menos dos o tres veces su libro de poesía para que pudiera captar la profunda sustancia del texto, no muy asequible en una primera lectura. He seguido las instrucciones de unos buenos amigos cuyo hijo exponía fotos de su autoría en cierta página de Internet, para entrar cada día y otorgarle mi voto, ayudándolo así a intentar conseguir el premio económico que se disputaba, etc. etc. Todo por amistad e, indudablemente, por cortesía.

Casi ninguno de ellos –menos aún los que más me exigían– ha prestado mucha atención a lo que voy publicando y, aun entendiendo yo la discutible calidad de lo que escribo –quizás no mucho mejor que la de mis redacciones colegiales– apenas han entrado alguna vez en esta página y, me temo, echado algo más que una precipitada y distraída mirada a lo que esforzadamente coloco aquí.

Realmente este blog juega un papel muy similar al que en la medicina antigua se esperaba que desempeñaran las sanguijuelas: sólo aliviar el exceso de fluidos y restablecer cierto equilibrio natural, que reclama una válvula por la que dar salida a la presión excesiva. Nada más. Pero no puedo evitar preguntarme cómo es que, siquiera la curiosidad, no empuja a todos a gastar un poco de su tiempo en la producción de los demás y cómo cada uno espera que los otros celebren sus habilidades si no se molesta en prestar atención a las ajenas. Tengo la sospecha de que la contemplación extasiada del propio ombligo es un hábito profundamente arraigado en ciertos sujetos, que con esa rutina dan sentido a su vida.

Lo que yo buscaba no era tanto mostrar mi sorprendente creatividad como encontrar quienes, sintiendo que tienen algo que añadir o rebatir respecto de lo que digo en mis textos, se prestaran al debate mediante los comentarios que pueden incluirse o, si fuera el caso, advirtiéndome de su desacuerdo cuando tuviéramos un encuentro personal, puesto que por lo general, aquellos que tienen conocimiento de este blog, son amigos con los que alguna que otra vez coincido.

Apenas si ha habido alguna ocurrencia en la primera forma –comentarios escritos– y prácticamente ninguna de la segunda, así que frustrado mi propósito, creo que terminaré eliminando este blog y volveré a mi anterior hábito: escribiré comentarios que no publicaré en ningún lugar, los conservaré un poco de tiempo para repasarlos, quizás modificarlos, y una vez que yo mismo descubra cómo pienso acerca de este o aquel asunto, los almacenaré en un rincón del disco duro sin ningún propósito posterior. No estoy por practicar la extorsión para que otros lean mis elucubraciones ni, esa es la verdad, lo que escribo merece más festejos. Decía un amigo a propósito de esta actitud, que es comportamiento de onanista. Seguramente es así, y pienso que la experiencia demuestra que hago muy requetebién. Por cierto, esta entrada la dedico precisamente a este amigo, el ego mejor alimentado jamás visto.

Por descontado, al mismo tiempo, me quito un buen peso de encima, puesto que me sentiré desligado del compromiso de leer, observar, escuchar, lo que otros llevan a cabo.

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