jueves, 17 de junio de 2010

Ese acoso llamado fútbol

Sé que lo que voy a decir va a ser una sorpresa para muchos y que no le darán la más mínima credibilidad, pero por extraño que parezca, hay en el mundo personas a las que no les gusta el fútbol; diría más, hay incluso a quienes desagrada profundamente: yo soy uno de esos ejemplares. Ya lo sé que eso supone ser asocial, enemigo público, transgresor, snob, etc., pero lo cierto es que cuanto más me agobian con la permanente presencia del espectáculo, más me desagrada.

Hace años, estaba pasando unos días en casa de alguien que poseía el pertrecho completo de todo buen aficionado, a saber, bufanda, trompeta acoplada a un envase metálico de aire comprimido, etc. Incluso en alguna ocasión llegó a usar esa trompeta en su domicilio tras marcar “su” equipo un gol, mientras contemplaba un partido por la televisión. Es difícil creerlo, pero llegué a presenciar cómo ponía dos televisores, uno encima del otro, para contemplar los dos partidos que cierto día transmitían simultáneamente.

El caso es que se me ocurrió ver un concierto de Manhattan Transfer en la televisión y como él me preguntara que cómo podía gustarme aquello, cogí su trompeta -la del fútbol- y al final de una melodía que me gustó especialmente, la hice sonar. De inmediato me la arrebató al tiempo que me preguntaba si estaba loco. Lógicamente le respondí que el loco era él, no yo. No hay que añadir que al día siguiente me marché de aquel lugar finalizando mi estancia en su casa y también nuestra relación; hasta ahora. Y ya hace bastantes años...

Puede que se trate de un caso extremo, pero ni mucho menos tan alejado de lo que se considera normal. Hay, infelizmente, un bar junto a mi domicilio y, cada día que se retransmite un partido por televisión –y no digamos si es un «partido del siglo»-, los bramidos de los clientes-espectadores traspasan mis ventanas dotadas de vidrio aislante, impidiendo concentrarme en nada que pretenda hacer. Esos bramidos no eran -no son- precisamente la resonancia de la racionalidad.

Vivo estos días con la misma sensación que deben sentir quienes están cercados por fieras salvajes en estado de excitación; me siento acosado. No se oyen conversaciones que no sean sobre fútbol, me llegan los gritos del vecindario que presencia los encuentros, hago zapping en la televisión y varios canales retransmiten partidos, los telediarios están más tiempo hablando de ese pretendido deporte que de otros asuntos de mayor importancia o trascendencia.

Me gustaría que algunos de esos aficionados apasionados intentasen imaginar esa sensación: es parecida a la de un asmático tratando de respirar en el interior de una discoteca o uno de esos bares donde se continúa fumando intensivamente gracias al patrocinio de nuestra presidente autonómica.

Leo que para este campeonato mundial, se ha inventado –o extendido su uso, igual da- un instrumento productor de ruido llamado vuvuzela. Según la prensa, puede producir daños irreversibles en el sistema auditivo de quienes se encuentren cerca mientras suena. Advertencia inútil, ya he visto que hay profusión de ellas en los estadios. Sólo me queda desear que la predicción de los expertos se cumpla precisamente con quienes utilizan el artilugio. Y lamento que la excusa del «apoyo a los colores nacionales» haga que sucumban a la contemplación de ese espanto personas a las que considero dotadas de inteligencia racional.

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