domingo, 13 de junio de 2010

Moisés, el superhéroe


Estoy convencido de que todos conocemos más o menos a estos personajes y  lo más sonado de sus andanzas, pero precisamente por haber oído hablar tanto de sus proezas, no nos hemos detenido ni un minuto a meditar sobre lo portentoso de tanta hazaña. Estoy refiriéndome a esos personajes de la Biblia que siguen siendo, en teoría, ejemplos a seguir o al menos a admirar, puesto que no han sido apeados por nadie de su categoría ejemplar y la prensa y televisión no les prestan atención para alabar ni desmentir lo que se les atribuye. Son los antecesores de Superman y todos esos superhéroes con los que los americanos del norte tienen a bien inundarnos.

¿Será un pájaro, será un avión? No, es Moisés, quizás el autor de proezas bíblicas más al estilo de ese superhombre del calzoncillo rojo por encima del pantalón, hacedor de maravillas que ni siquiera encajan en las limitadas dimensiones de los milagros y deben ser catalogadas en el más puro estilo Superman, bien entendido que todo lo que Moisés lleva a cabo lo es con la ayuda y complicidad de Yahvéh, Jehová o Dios Padre, como queramos llamarlo. Lo más sorprendente de todo es que no hay ni una sola prueba de la existencia de Moisés; nada de sábana con su rostro impreso, ninguna astilla de su cama, ni una partícula de las tablas de la Ley, es más, aunque muchos historiadores sostenían que escribió los  cinco libros del Pentateuco y actualmente se mantiene así en la religión judía, estudiosos posteriores niegan esta posibilidad, debido a la diferencia de estilos y otras razones que desmienten la contemporaneidad entre esos textos.

Hay que abandonar la tesis de la valía de Moisés como escritor y conviene ir dejando atrás asimismo su fama como orador. Todos los testimonios apuntan a que era tartamudo y, siendo sincero, no parece que eso facilite una oratoria convincente. Para colmo, algunas tradiciones afirman que de niño se introdujo en la boca un carbón ardiendo, lo que no ayudaría a la mejora de la dicción y no proporciona grandes perspectivas sobre su sagacidad.

En lo que sin duda era un fenómeno es en las obras hidráulicas. Aquello de separar el Mar Rojo para que pasaran sus paisanos y cerrarlo repentinamente para atrapar a quienes les perseguían está en la línea del moderno Superman.

Tristemente, otros sucesos demuestran que este hombre tenía algún que otro fallo e incluso que lo que se cuenta contiene puntos escasamente veraces. Por ejemplo, cuando su pueblo tenía sed y Jehová le recomendó que golpease la roca con su vara para hacer manar agua, parece que como el agua no aparecía por ninguna parte se puso nervioso y rompió la vara a golpes contra la roca. Terminó brotando agua, pero Jehová castigó su impaciencia e hizo muy bien, porque si alguien te ayuda a hacer esa maravilla de separar las aguas de un mar, tras haberte apoyado con todo aquello de las plagas, lo menos que merece es un poco de confianza en lo que dice, ¿no?

Y eso que su dios tenía una paciencia infinita con Moisés. Resulta que después de pasar nada menos que 40 días en el monte -ahora dicen que no era el Sinaí, a saber- mano a mano con el Señor, que le entregó las muy famosas tablas de La Ley -parece que eran 613 mandamientos- al bajar y llegar a donde se encontraba su pueblo y descubrir que estaban adorando al famosísimo becerro de oro, le dio un ataque de ira, rompió las tablas y quemó el becerro.

Lo de romper las tablas es bastante reprochable, porque obligó a Jehová a facilitarle una copia y aquellas piedras no eran tan fáciles de hacer como las fotocopias de hoy en día, por eso dios le pidió que le subiese las piedras ya preparadas, y como no debía haber guardado un backup, esos 613 mandamientos quedaron en 10. De otro lado, lo de quemar el becerro suena más a truco de escamoteo que a otra cosa. ¿Cómo va a quemar una imagen hecha en oro, un material cuyo punto de fusión es superior a los mil grados?, ¿quien se quedó con el material fundido?

Ya se sabe que los lectores despistados de libros sagrados tienden a poner en duda todo lo que no tenga evidencia de ser cierto, por eso ahora circula el rumor de que por no ser, Moisés ni siquiera era judío, sino puro egipcio, lo que tiraría por tierra todo eso del pueblo elegido salvado por uno de los suyos. Sea de donde sea, poco importa su lugar de origen teniendo en cuenta que lo más probable es que nunca existiera, aunque los que mantienen lo contrario no sólo porfían sobre su existencia, sino que añaden que murió a los 120 años, edad que para aquellos tiempos no estaba nada mal, salvo que lo comparemos con otros colegas de la Biblia, cuyas vidas oscilaron en muchos casos entre los 500 y los más de 950 años. Todo eso en un tiempo en que no existía seguridad social… 

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