lunes, 21 de junio de 2010

Se nos fue de las manos

Hagamos un pequeño esfuerzo de memoria y tratemos de recordar cómo era la vida, el mundo, allá por 1970, por ejemplo. Por supuesto, hablo de quienes ya estábamos creciditos por esas fechas, no pretendo que nadie recuerde lo que no vivió.

Cuándo queríamos sacar dinero del banco, ¿qué hacíamos? Si no me equivoco íbamos a la agencia bancaria, hacíamos un cheque y nos daban nuestro dinero. Más lento que ahora, pero funcionaba.

¿Recuerdan cómo entrábamos en el autobús? Pues por la puerta que había en la parte de atrás y cruzando el lugar donde el cobrador nos daba un papelito a cambio del dinero que pagábamos por el trayecto. Ahora, casi todos llevamos un cartoncito que introducimos en un aparatito al entrar por delante, mientras el conductor vigila de reojo.

¿Cómo se fabricaban los coches? Podíamos ver en la televisión o el Nodo que un enjambre de operarios se afanaban como hormigas en fabricar aquellos Seat, mientras que ahora lo que vemos son unos robots que soltando chispazos se encargan de buena parte de las tareas que antes se realizaban manualmente.

¿De qué manera se hacían los periódicos? No sé mucho sobre la materia, pero tengo entendido que con aquellas linotipias, tipos de plomo y las rotativas que salían en las películas en blanco y negro. Todo precisando un montón de personas que manejaran y controlaran el proceso.

Desaparecieron los cobradores a domicilio, las telefonistas, los repartidores de telegramas y casi los carteros, las modistas, etc.

No son los más importantes ni los más significativos, pero sí los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza cuando trato de recordar aquella época. 

Era entonces la esperanza de muchos, apoyada por cierta literatura de futurismo social, que con el advenimiento de la mecanización e informatización de las empresas, esos robots pasarían a trabajar por y para nosotros, eliminando las tareas más penosas y permitiendo disponer de más tiempo libre, bien reduciendo las horas de jornada, bien los día laborables. Algo así como lo que ocurrió tras la primera revolución industrial, en que se pasó de jornadas de 12 horas diarias y sin días libres, a otras de 48 horas semanales y con días de descanso. Era un tema que cuando jóvenes nos fascinaba y casi podíamos imaginar un futuro en el que nos veíamos tumbados leyendo o contemplando las nubes y bebiendo algo refrescante, mientras las máquinas trabajaban por nosotros.

Ninguno de esos cambios positivos ha tenido lugar, sino que aunando el despiadado sentido empresarial de la producción con el estúpido deseo general de un aumento del consumo personal, ese trabajo ejecutado por robots –y considero también robots a todas las herramientas informáticas- sólo sirvió para que desaparecieran puestos de trabajo y aumentara el número de personas que viven del subsidio de desempleo, o ni siquiera eso. Si siempre el equilibrio de la sociedad capitalista fue precario, con los mimbres que se han ido aportando, el equilibrio ha pasado a ser de una inestabilidad portentosa, porque a poco que un pequeño engranaje falle, se derrumba todo el sistema y se producen desastres como el que llevamos viviendo desde hace un par de años.

Cierto, hay países que no llegan al nivel de paro que en España tenemos, pero es que con esta estructura económica global siempre habrá países –muy pocos- que se salvarán de la quema (los de siempre y alguno más) y otros que serán quemados. Es como aquella costumbre en la mili, de arrestar al que llegara el último a la compañía tras la instrucción o alguna otra actividad castrense: siempre habrá un último. El problema es que en economía los castigados no se limitan a ese último, sino a todos los que no estén en el pelotón de cabeza.

¿En qué momento “cambiamos de agujas” y pasamos de desear un mundo aceptablemente feliz para todos a otro tan competitivo como el actual, que abandona en la cuneta a los menos afortunados?, ¿en qué momento colocamos como objetivo primordial de nuestra vida tener un buen coche y viajar en avión a lugares lejanos?, ¿cómo no nos dimos cuenta de que el trabajo de las máquinas no se iba a utilizar para proporcionar más descanso y bienestar a todos, sino para esclavizarnos y ponernos la zanahoria gigante delante de los ojos?

Ya no tiene remedio y salvo que se produzca una nueva revolución que de verdad dé la vuelta al sistema y a las personas –y lo veo imposible- es por esta senda que seguiremos, y apostaría que la disminución del bienestar general está asegurada. Para siempre.

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