miércoles, 9 de junio de 2010

Español para españoles (16)

Tengo casi la certeza de que, contando ya de inicio con la escasa lectura de la que estas páginas disfrutan, estos textos o entradas que tratan sobre el lenguaje son los menos leídos. Se me aparecen varias razones para que sea así: casi nadie acepta que otro se erija en maestro de nada y menos aún si carece de un título en la materia que lo respalde. Tampoco hay mucho interés por aprender lo relativo al lenguaje, porque existe poco cariño por la lengua que hablamos y la creencia extendida de que mientras el interlocutor nos comprenda… Bien es cierto que si esto lo firmara Lázaro Carreter atraería más lectores, y sería justo, pero lamentablemente él no está ya entre nosotros y esto es lo que hay. Aprovecho para recomendar nuevamente los dos tomos publicados de su «El dardo en la palabra», porque además de resultar ameno e incisivo, verdaderamente ayuda a no cometer errores lingüísticos que no dicen mucho de bueno sobre el orador o escritor.

El caso es que puedo afirmar que pongo bastante interés para que la objetividad predomine sobre lo que por aquí voy dejando y aseguro que, antes de incluir un tema, procuro cerciorarme de que se trata verdaderamente de un error o abuso generalizado y no de un fenómeno o hábito lingüístico exclusivo de mi entorno.

Hoy voy a dejar a un lado la crítica del «neolenguaje Lego» -por aquello de que se construye con piezas premoldeadas- y querría, o quizás debo, hablar sobre las «palabras en vía de extinción» o, como muy bien se las denomina en el texto al que voy a referirme más adelante, palabras obsolescentes.

Encontré una página sobre la lengua española, en la que se animaba a apadrinar palabras amenazadas de desaparición y mi sorpresa fue encontrar allí a personajes conocidos, incluidos políticos. En concreto, Rajoy apadrinó «avatares», a saber por qué, Zapatero «andancio», una palabra leonesa que significa algo así como enfermedad epidémica leve y Llamazares «coloniales», antigua denominación de las tiendas de alimentación.

El caso es que esa campaña de apadrinamiento ya terminó, pero me pareció una magnífica idea, como modesto esfuerzo para evitar la desaparición de términos como “empero, bochinche, alféizar, zaguán, alcancía…” y tantas otras que formaban parte de nuestras vidas y que abandonamos en el camino para adoptar otras más cortas, más fáciles de pronunciar o, simplemente, porque ni sabemos ya lo que significaban. Un párrafo de esa campaña decía:

Queremos que nos ayudes a salvar el mayor número posible de esas palabras amenazadas por la pobreza léxica, barridas por el lenguaje políticamente correcto, sustituidas por una tecnocracia lingüística que convierte en "técnicos de superficie" a los barrenderos de toda la vida o perseguidas por extranjerismos furtivos que nos fuerzan a hacer 'outsourcing' de recursos en lugar de subcontratar gente.

Seamos egoístas, conservemos lo nuestro, y evitemos ese empobrecimiento del lenguaje que cada día nos hace más simples, más homogéneos. Vi hace algún tiempo un anuncio de un local de tatuajes que estúpidamente pedía «¡Personalice su cuerpo!». Yo recomendaría más bien -y esto sí que es urgente- que personalicemos nuestra mente.

Se me olvidaba: para quien tenga curiosidad por dar un vistazo, la página es http://www.reservadepalabras.org/ y los promotores están coordinados con otra página similar en catalán. Un idioma que infelizmente desconozco –no lo hablo ni en la intimidad-, pero cuya sonoridad me resulta grata…

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