jueves, 25 de febrero de 2010

Español para españoles (8)

Encendamos unos cirios y lloremos, si lo consideramos oportuno, por la irrevocable muerte, en nuestro idioma, de los numerales ordinales. No descarto que pronto en vez de decir “segundo piso” digamos sólo “piso dos” y en vez de “sexto curso” tan solo “curso seis”. Es cierto que, de momento, el numeral ordinal se sigue utilizando nada menos que hasta “décimo”. Aquel gesto que Dominguín  hacía en referencia a sí mismo –el índice alzado, soy el "uno"- no era más que una premonición.

Estamos ya habituados a que todos los medios, radio, televisión, prensa, y cualquiera de los que nos rodean digan “el 33 (treinta y tres) aniversario”, “el 18 (dieciocho) cumpleaños” o “el 25 (veinticinco) festival de cine”. ¿A qué se debe esa desaparición, cuando hasta para escribirlo teníamos esa facilidad de la “o” pequeñita con la raya debajo? Pues me duele decirlo, pero en este caso es el idioma el que, hasta cierto punto, se lo ha buscado o, por delegación, la responsabilidad cabe atribuirla a quienes tienen a su cargo eso de "limpiar, pulir, etc.": la RAE. Sin descartar, desde luego, el habitual desinterés del paisanaje por el buen hablar y el idioma de sus antepasados.

Si no me equivoco (y si lo hago, que me corrijan), el francés, el inglés e incluso el alemán solucionan el problema añadiendo siempre las mismas dos o tres letritas al numeral cardinal, y con eso tienen solucionada la cuestión hasta casi el infinito. Pero el idioma español –y el portugués, por cierto- tenían que complicarse la vida, y sucede que para expresar oralmente el lugar que corresponde a un número elevado (digamos el 1.648º) hay que ser casi un profesional –competente del idioma, porque la cosa se enreda hasta conseguir que se nos haga un nudo en la lengua.

Durante algún tiempo, quienes no se complican la vida decidieron añadir la terminación “avo” al número del que se tratase y de esta manera se conseguía algo que “sonaba”, pero lógicamente se alzaron voces de expertos que reprimieron ese uso porque la terminación empleada servía para expresar partes y no orden. Para asombro y pasmo de todos, se atendió la reclamación, ese sufijo dejó de utilizarse y pasamos directamente al horror actual. ¿No hubiera sido mejor permitir ese uso o inventar otra terminación que nos pusiera las cosas tan fáciles como a los hablantes franceses, ingleses y alemanes? Pues parece que no, que los mismos académicos que tuvieron brillantes ideas como eso de “güisqui” o “yaz” (para esa música que me gusta, llamada jazz), no han tenido tiempo para eso, y mucho me temo que la cosa ya no tenga solución.

Hay además una posible amenaza: podría ocurrir, si es que no ha ocurrido ya que alguien, en algún país, tuviera una idea de bombero para solucionar la cuestión y como ahora la RAE anda aceptando lo que las "academias de la lengua" de otros países le solicita, por aquello de contentar a todos, nos encontremos con un remedio bastante peor que la enfermedad.

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