lunes, 1 de febrero de 2010

No es cosa de broma

Hace unos días, en una reunión de amigos, salió a relucir como tema secundario del principal sobre el que charlábamos, el asunto del reciclado de basuras o residuos, como ahora se le llama con más delicadeza que antes. Conté que en mi casa hacemos unas ocho o diez divisiones de esos residuos para conseguir que cada uno vaya a parar a donde debe.

El caso es que no soy un fanático de la ecología, ni siquiera pertenezco a alguna ONG de esas que tienen como objetivo salvar el planeta de los bárbaros que lo poblamos actualmente, para que en un futuro otros bárbaros puedan ocupar nuestro lugar y, entre otras cosas, no puedan decir aquello de “¡vaya tela, cómo habéis dejado esto!”.

Las reacciones de los presentes en la tertulia fueron de varios tipos: desde quien consideró que aquello no merecía mayor atención, los que declaraban entregar para el reciclado parte de los residuos que se generaba en su casa, hasta quien comentó con cierto tonillo de cachondeo
era el chistoso de siempre el hecho de que alguien perdiera su tiempo en hacer tantos apartados con aquellas porquerías. Desde luego, no pareció que nadie se molestase habitualmente en separar cada resto como se debiera.

Recuerdo que en 1991 hice un viaje a San Francisco (EE.UU.) donde permanecí casi mes y medio como huésped de una familia local. Allí me quedé asombrado al descubrir que, en la cocina, aquella familia tenía una especie de estructura metálica con ruedas, en la que estaban colocados horizontalmente en filas de dos, unos ocho o diez recipientes de plástico de distintos colores con tapas colocadas en bisel, algo parecido a lo que había aquí en las pastelerías para contener los caramelos, pero con un uso bien diferente; constantemente, a lo largo del día, se iban depositando en el recipiente correspondiente la basura orgánica (poca, ya se sabe que los americanos no se complican la vida al cocinar), las latas, las pilas, los envases, plásticos, etc. Por supuesto, mi actitud fue un tanto burlona, convencido de que “los americanos son como niños” y que aquella especie de histeria lo evidenciaba. Resulta que ahora, en España, las autoridades van saliendo del limbo y recomiendan que se haga la separación con esos mismos criterios, aunque es cierto que con poco interés y escasa fe en el seguimiento de esas recomendaciones, ya se sabe que los hispanos somos muy individualistas.

Yo entonces tenía casi 19 años menos y el mundo tenía una aproximación a la concienciación que podríamos estimar en unos 50 años menos, pues si lo piensan, la velocidad a la que el problema se nos ha echado encima está muy por encima del tempo habitual. 

No puedo evitar un escalofrío al pensar que una simple pila de botón puede contaminar no sé cuántos –muchísimos
metros cúbicos de agua, que depositar el papel y el cartón en los contenedores evita la tala de muchos árboles, que los componentes electrónicos de los aparatos pueden ser reciclados, impidiendo la explotación desaforada de los limitados recursos del planeta, etc.

Tengo que pensar que si esa indiferencia tiene lugar entre gente de nivel cultural superior a la media, ¿cómo será la cosa en Villar del Río (por ejemplo)?, ¿y en Agadir?, ¿y en Bombay o Tegucigalpa? Parece increíble que la misma especie que ha producido seres capaces de creaciones artísticas o científicas asombrosas, sea en su conjunto capaz de destruir el único lugar donde pueden habitar las generaciones presentes y venideras.

1 comentario:

Paco dijo...

Estoy totalmente de acuerdo con el reciclaje, pero parece ser que cuando el mercado esta saturado de ciertos productos de reciclaje , este no se guarda, sino que va de nuevo a la basura.

Hace unos años, se produjo un fraude en este tema en el Vertedero de Cañada Hermosa (Murcia).