domingo, 28 de febrero de 2010

Fama

Cuando yo era niño, se utilizaba con frecuencia el refrán “cría fama y échate a dormir”, lo que me hacía pensar que la fama era algo que decididamente producía sueño, como esas pastillas que algunos nos vemos obligados a consumir para poder dormir. De bastante mayor me di cuenta de que, si acaso, es la fama de algunos la que produce sueño.

Aquí en nuestro país –me refiero a España- somos aficionados a la creación de famas apoyadas en la nada más absoluta y a adjudicar atributos que ni de lejos poseen los beneficiados. Ignoro si ya se perdió este hábito, pero recuerdo que las revistas del corazón proclamaban como integrantes de la jetset a quienes no eran más que unos peludos que, como mucho, volaban en reactores de EasyJet y por descontado en clase turista, faltaría más.

Antes, me refiero a antes de eso de la jetset, la fama se la ganaban a pulso quienes llevaban a cabo alguna acción destacada o si por medio de su arte o un trabajo continuado alcanzaban la popularidad. Por eso eran famosos Conchita Piquer, Sir Edmund Hillary y Manuel Fraga Iribarne por poner sólo tres ejemplos. Este último vistiendo un Meyba, a ser posible. Vamos, la fama era una consecuencia natural de “algo” y se podía presumir de haberla ganado tras hacer “algo”.

Ahora no, ahora una persona gana la fama en primera instancia sin necesidad de acto meritorio alguno o, si acaso, por el mérito de algún otro. Es el caso de Belén Esteban, José María Aznar (versión ex presidente) y esa joya apodada John Cobra. Y que quienes leen esto me perdonen la vulgaridad de conocer a estos personajes, pero es que se me ha hecho imposible evitarlo.

La primera alcanzó la notoriedad gracias a contraer nupcias con un torero que, por cierto, no alcanzó la fama por la calidad de sus maniobras ante el toro, sino porque el público femenino solía arrojarle nada menos que sus “bragas” en los ruedos, ignoro con qué intención o significado. Para mí, que soy escrupuloso en lo relativo a la ropa interior ajena, aquello lo habría valorado como un agravio de juzgado de guardia, pero parece que al mozo le gustaba ese comportamiento y lo cierto es que sirvió para alzarle a la cumbre del arte de Cúchares. Más o menos.

Pues decía que esta “tal” despuntó con su matrimonio, pero a pesar de la escasa duración de la pareja, ella se ocupó de que nadie la olvidara y ha conseguido ser imprescindible en tertulias televisivas de alto nivel, y cuando amainaba la admiración de sus incondicionales, hizo que los cirujanos metieran el bisturí a fondo en sus facciones, convencida de que cualquier cambio sería para mejorar, y efectivamente ha conseguido lo que se proponía: una renovación de su popularidad.

El conocido como José María Aznar, se hizo algo famoso gracias a su permanencia como presidente del gobierno durante nada menos que ocho años, pero más aún por la admiración que sentía por sí mismo y, residualmente, por un presidente americano de funesta memoria, tan repulsivo como él, pero más alto.

Decía que el tal Aznar, que llegó a gastar dos millones de euros del erario público para conseguir –sin éxito- la medalla del Congreso de EE.UU., llegó a la verdadera fama, cuando ya era “ex”, por sus salidas extemporáneas del tipo promoción del alcoholismo o sembrando el rechazo a España en sus viajes al extranjero. Últimamente, se ha superado a sí mismo haciendo en una universidad ese gesto, llamado “peineta” por unos y “peseta” por otros, con lo cual ha ocupado las portadas de los periódicos en las que, por otros méritos, no aparecería.

Para terminar, ese grotesco espécimen llamado John Cobra, de la misma escuela gestual que el personaje anterior,  temo que va a disfrutar una fama menos que efímera, salvo que Telecinco lo contrate para alguno de sus memorables programas culturales. Este energúmeno ha conseguido encumbrarse mediante el procedimiento de agitar ostentosamente su paquete (sus partes, vamos) con ambas manos, mientras empleaba a gritos un vocabulario digno de doña Esperanza, durante la selección del representante en ese triste evento llamado Eurovisión Song Contest. Me consta que ha sido así porque he visto el vídeo.

Creo que queda claro que no exagero si afirmo que actualmente no es la fama algo que acompaña necesariamente a la excepcionalidad y sí algo que, a veces, nace desde lo más profundo de la vulgaridad. De manera sobresaliente en España, el país que me tocó en suerte.

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