16 diciembre 2015

Aborrezco la Navidad

No se trata de una cuestión religiosa, sino de que cada año al acercarse estas fechas el desagrado que siento es mayor, mayor la depresión que me invade y mayor el deseo de marcharme a algún país en el que esto de la Navidad no penetre inevitablemente (¿el Tibet, Mongolia, quizás?). El año que viene, más modestamente, quizás voy a buscar alguna casa rural en la que no se oigan las navidades.

Nunca me han entusiasmado estas celebraciones en las que necesariamente hay que seguir el dictado de lo que se considera normal, y por eso quizás detesto las fiestas locales, el día de-lo-que-sea, y por descontado esa ración enorme, ese empacho llamado navidades.

Tenía 14 años cuando al director de mi colegio le dio por convocar un ejercicio simultáneo de todo el colegio, que consistió en una redacción sobre el día de la madre, que entonces se celebraba el 8 de diciembre, día de la Inmaculada (?) y que con posterioridad fue trasladado a mayo porque así se evitaba la cercanía de navidades, y además a los comerciantes les convenía espaciar algo las compulsiones a comprar para que diera tiempo a reponerse el bolsillo y la avidez por el consumo. Ya se sabe, son los comerciantes los que deciden cuándo hay que emocionarse al pensar en la madre propia. Siento contrariarles, el próximo día 27 mi madre cumpliría años si viviese y es ahora cuando procuro dedicarle muchos de mis pensamientos y un agradecimiento que seguramente no supe mostrarle en vida, siendo como fue una persona y madre excepcional.

Hice mi redacción y el resultado fue que el director me convocó a su presencia y no precisamente para premiarme. En su despacho y de manera solemne me reprochó mi materialismo y mi descreimiento –ya se me veía venir– porque mi redacción había consistido en un ejercicio de protesta contra una celebración que yo consideraba sólo mercantil y patrocinada por Galerías Preciados, que era la empresa que entonces llevaba la batuta de todo este tinglado.

No fue un encuentro muy desagradable porque aquel hombre era buena persona –aunque con un carácter tremendo– y ya en una ocasión yo le había ganado al ajedrez un día en que faltó el profesor y él lo sustituyó con su persona y una improvisada competición de ese juego entre algún alumno voluntario –yo– y él mismo. Estoy seguro de que me tenía cariño y yo también le tenía aprecio.

El paso del tiempo no ha mejorado mis malísimos deseos hacia estas fiestas y desde luego que las circunstancias personales no han ayudado a hacerme cambiar. Cuando niño además la cosa era bastante diferente, pues primaba la parte familiar y religiosa sobre ese imperio del gasto y consumo que es ahora y eso hacía que la aceptación fuera más fácil.

Tengo la suerte de que ahora en mi casa coincidimos todos en esa falta de motivación hacia las fiestas que se nos vienen encima: no cantamos villancicos (aunque me gustan), no hacemos comidas especiales (no más de lo que las hacemos el resto del año) y no hay regalos, si acaso esperar que las elecciones nos quiten de encima el gobierno actual, aunque yo soy realista, es en España donde se inventó el grito de ¡vivan las cadenas!, es aquí donde el pueblo, a la vuelta del exilio del rufián Fernando VII, desenganchó los caballos para ponerse ellos mismos a tirar de la carroza.

No puedo evitar sentir envidia de esos años del siglo XVII en que la celebración de la Navidad fue prohibida en Inglaterra y los primitivos EE.UU. por considerarla frívola. Si aquella gente no se hubiera acobardado y aceptado su restauración, ahora la segunda quincena de diciembre sería una época de tranquilidad, reposo y contemplación, nada que ver con la desagradable realidad actual.


(Esta entrada ya fue publicada más o menos igual hace un par de años, pero he visto que recientemente ha tenido algunas lecturas y se me ha ocurrido volver a incluirla)

10 diciembre 2015

Modales

Hace pocos meses publiqué una entrada titulada “El respeto que fue” que en su mayor parte consistía en la reproducción de un artículo publicado en no recuerdo cuál diario y que, desgraciadamente, se refería casi en exclusiva a faltas relacionadas con el móvil o cometidas en el cine. No hace falta que diga que el repertorio es mucho más extenso y que lleva camino de volverse casi infinito. Han cambiado los hábitos hasta del modo de bostezar; antes, cualquiera ponía su mano delante de la boca al hacerlo en presencia de extraños y ahora, en el transporte público o en cualquier lugar, la gente bosteza con total abandono permitiendo que si usted lo desea pueda examinar el estado de sus amígdalas. Precioso.

Estuve ayer en la consulta de un especialista y la paciente que se encontraba a mi lado, de unos cuarenta y tantos años, en un momento dado se sacó del bolso lo que resultó ser un caramelo de generoso tamaño, se lo metió en la boca y de inmediato empezó a masticarlo. Hacía tal ruido que pasado un par de minutos, como seguía royendo, me levanté para sentarme a unos tres o cuatro metros de distancia, donde no tenía que oír tan intensamente algo tan desagradable; se dio cuenta y me lanzó miradas envenenadas. Quizás para dejar claro que ella hacía lo que le daba la gana, pasado un rato –¡qué largas son las esperas en las consultas de los médicos!– fue un chicle el que de inmediato se puso a mascar y a hacer globitos que estallaban.

No es un caso excepcional, en nuestro país la ignorancia ha hecho que se identifiquen las libertades que llegaron tras la muerte del dictador con la posibilidad de hacer lo que a uno le venga en gana, sin más consideración hacia el vecino ni manifestando ningún fastidioso vestigio de educación. De ahí viene también el tuteo universalizado. Confieso que me sorprendió ver a Almudena Grandes y Wyoming tratándose de usted en el programa de este último hace unos días, lo moderno es tutear al mismísimo papa.

Para mí lo del chicle es un problema que ni siquiera se intenta abordar. Es normal que en zonas de gran afluencia peatonal podamos contemplar las huellas de miles de chicles arrojados al suelo y pisoteados hasta hacerles formar parte del pavimento. No hace muy bonito y deja en evidencia cómo somos; bueno, no todos, sólo buena parte de la población. Qué asco, me encantaría que aquí se actuase como en Singapur, donde masticar chicle le lleva a uno a la cárcel, y a cambio todo está más limpio y nadie tiene que soportar a los masticadores. Me parece una medida básica de higiene social, no entiendo por qué se puede masticar chicle si está mal visto soltar eructos o cuescos y no creo que haya mucha diferencia. Todavía recuerdo el asco que sentí cuando en otra sala de espera, al sentarme, pasé mi mano bajo el lateral del asiento y la planté sin querer en lo que sin duda era un chicle pegado allí por un masticador.

El otro día, en un gran supermercado de una cadena alemana, pregunté a un empleado de poco más de veinte años por la ubicación de determinado producto. Por descontado, se lo pregunté tras dar los buenos días y tratándole de usted, como debe hacerse con un desconocido. Su respuesta fue interrumpir lo que hacía, volverse hacia mí y responder dime, no te he escuchado, ¿qué querías? Tardé unos segundos en reaccionar a ese tuteo inmerecido y a ese reemplazo de oír por escuchar, que tomado en su literalidad parecía indicar que no le había dado la gana de prestarme atención cuando hablé antes. En realidad no debería sorprenderme, es el lenguaje con el que a diario convivimos todos en la calle, en la prensa, en la televisión, incluso en los telediarios de TVE, ¿por qué un joven moderno con aspecto de no haberse preocupado por aprender nada en su vida iba a comportarse de otra manera? Bastante tenía con saber mantener aquella bonita cresta de su cabello.

Hace pocos años durante un viaje turístico con amigos, uno de ellos me recriminó seria y groseramente por mantener mi sombrero puesto –lo uso desde hace tiempo– cuando deambulábamos por una cafetería en busca de una mesa libre. No pude evitar en el momento la imagen de esos mejicanitos con el sombrero de paja agarrado con ambas manos ante su patrón, según vemos en tantas películas americanas, ¿era eso lo que le servía de guía para exigirme que llevara el sombrero en la mano? Curiosamente, unas horas antes, estuvimos visitando una iglesia –yo descubierto, pese a que no soy creyente– mientras su esposa estuvo masticando chicle ostensiblemente todo el tiempo, como si paseara por Coney Island, algo quizás poco compatible con encontrarse en la casa de su dios. Parece que al experto en protocolo eso sí le parecía correcto; o quizás a ella no se atrevía a llamarle la atención como hizo conmigo.

No hay manera, a la mayoría de los españoles eso de los modales nos suena a chino y por lo tanto la mayoría actúa con total desconocimiento mientras unos pocos, sin sentido del ridículo ni de la prudencia, pretenden imponer normas plusversallescas que ellos mismos no practican.

En un viaje de turismo que realicé hace un par de años a Austria, el guía me dijo que era una suerte que los españoles que formábamos parte del grupo no habláramos alemán, porque allí el tuteo se considera casi una agresión. No sé si es cosa mía, pero me pareció adivinar algo de desprecio en el comentario.

Así son las cosas: yo soy español, estaba en un grupo de españoles y el guía asumía consecuentemente que yo formaba parte del contingente de tuteadores habituales. De ese contingente sin modales que mora al sur de los Pirineos.

No sabía él que soy un inadaptado y que no me he incorporado a la modernidad de mi entorno.

03 diciembre 2015

Epidemia de estupidez

Cuando era niño y más tarde en la adolescencia, gastaba buena parte del dinero que me daban en comprar lo que llamábamos tebeos, ya fueran de viñetas variadas –ahí nacieron Mortadelo y Filemón, el Carpanta, las hermanas Gilda, doña Urraca, o la familia Ulises– o de aventuras, hazañas bélicas o ciencia-ficción. Los tebeos del oeste o de superhéroes no tenían tanta implantación entre nosotros. Lamentablemente esa palabra –tebeo– hace tiempo que ha sido arrinconada por la modernidad y ahora hay que decir comic, un auténtico misterio para mí, que nunca entendí qué podían tener de cómicas las aventuras de Batman. Bueno, sí es cómica su vestimenta.

El caso es que aquellas publicaciones incitaban a la lectura y hasta tenían páginas sin un solo dibujo y columnistas como los periódicos de verdad. Me acuerdo de una sección que se titulaba Diálogo de besugos y de ahí quedó la expresión que ahora se usa sin saber de dónde proviene.

Todos esos tebeos desaparecieron y sólo sobreviven algunos, en formato de álbum con tapas duras y precio de jamón ibérico, que compran los nostálgicos, a veces empeñados en que sus hijos disfruten con lo que a ellos les gustaba.

No hay que llevar luto por esa desaparición, la verdad es que desde que llegó la televisión la cosa estaba cantada. Es más básico, pero tiene más atractivo para un jovencito ver lo que sea en televisión que leer, esa pesadez que sólo se le pudo ocurrir a un amargado. Ya con Internet, la competencia es brutal, cómo va a rivalizar ninguna lectura con una página porno que para contemplarla sólo nos pide declarar que tenemos más de 18 años, algo que un niño de 8 hace con toda naturalidad y sin remordimiento. Y los papás contentos, porque mientras se entretiene con el PC no molesta. ¡Y pensar que no pude ver Siete novias para siete hermanos hasta los 16 añitos (mostrando el DNI para entrar), para que mi delicado espíritu no se maliciara con semejante espectáculo depravado!

El jovencito de ahora, cuando se cansa del PC puede agarrar su propio smartphone y pasearse también por toda la red con el wifi hogareño y a ratos dedicarse a mandar mensajes a todos sus colegas o acosar a algún compañero de cole que no le caiga bien. 

Todo el mundo parece celebrar la entrada de la tecnología en el mundo infantil y adolescente y ahí los tenemos, zombis totales sin más ambición que ganar a sus amigos en número de seguidores en Facebook o conseguir entrada para ver a Justin Bieber.

No son sólo los menores quienes se encuentran aparentemente alelados, la prensa de mayores está repleta de estupideces que me dejan perplejo día tras día. Casi todos los diarios tienen ahora, aparte de su habitual sección soft porn, lo que podríamos llamar “el rincón del desocupado con pocas luces”. En los últimos tiempos se ha insistido mucho en varios de ellos dando consejos para estar calentitos en casa sin dilapidar dinerito en gas o electricidad. La recomendación suprema para eso viene a decir que hay que disponer de un plato, encima se colocan dos o tres de esas velitas cortas enfundadas en una cápsula de metal –suelen recomendar las de Ikea, vaya usted a saber por qué–. Hay que tener una maceta de barro vacía de tamaño mediano/pequeño y una vez encendidas las velitas se coloca encima el tiesto boca abajo. Hay versiones high-tec en las que se coloca un segundo tiesto más grande sobre el primero. Aseguran que con eso usted puede mantener la habitación a una temperatura confortable. Hasta el más tonto sabe que las calorías proporcionadas por las velitas son mucho más gordas y baratas que las calorías de las calefacciones ordinarias a gas o electricidad.

Parece mentira, pero por los comentarios puedo ver que son innumerables los que siguen esos consejos y me temo que son los culpables verdaderos de la bajada del precio del crudo. Si todos dejáramos de utilizar las energías tradicionales, no cabe duda de que tendría grandes repercusiones en la economía mundial, por eso supongo que hay gente destructiva como yo –estoy pagado por los grandes lobbies– intentando desprestigiar a toda costa ese invento calefactor revolucionario.

Este asunto de la calefacción es una auténtica mina y tiene cierta lógica porque es la rendija por la que se nos escapan bastantes euros. Otra cosa es que los consejos que se dan –hoy mismo hay una batería de ellos en El País– sean tan sorprendentemente astutos como no mantener las ventanas abiertas mucho tiempo –nunca se me hubiera ocurrido–, poner burletes si las ventanas no ajustan bien –tecnología puntera– o cambiar la caldera –unos 1.500 euros– por otra moderna con lo que ahorraremos entre 50 y 100 euros al año.

La verdad, si la gente se cree todas estas memeces que les cuentan, cómo no se van a creer las cifras de Rajoy sobre la mejora del paro o las promesas de un mundo mejor para después del 20 de diciembre. Le lloverán votos, ya lo aviso.

26 noviembre 2015

Violencia contra humanos

Hoy he leído en el periódico que una mujer ha matado a su marido a martillazos y después se ha suicidado. No es la primera vez que ocurre algo parecido, ni será la última. Puede que le resulte increíble –o puede que no– pero este crimen no sería juzgado aplicando lo que ha dado en llamarse "ley de violencia de género", que sólo vale para crímenes inversos. La cosa viene a ser: hombre mata mujer, crimen abominable; mujer mata hombre, incorrección reprobable.

Quien lee esto ya está saltando de impaciencia por atacarme, lo sé: se dan muchísimos más casos de lo contrario, hombre mata mujer y después se suicida (o no). Por supuesto, no es ningún secreto que por lo general el hombre tiene mayor fortaleza física que la mujer. Por lo general.

Cuando la conclusión que todos sacan de que el hombre es mucho más violento que la mujer y que hay que perseguirlo a muerte con todos los medios legales, materiales y económicos posibles, yo modestamente lo que entiendo es que hay que perseguir la violencia, la cometa un hombre, la cometa una mujer o la cometa un bosquimano transexual. No se debería exigir igualdad sólo para lo que nos conviene.

Leí en la prensa hace pocos días algo que me dejó pensativo: el hombre que es violento con su pareja femenina (hay que aclarar lo de femenina, tal y como están las cosas), es violento frecuentemente con los hijos, propios o de su pareja y es violento también con otros hombres sobre los que sienta una manifiesta superioridad física. Lo escribía un hombre y me pareció la reflexión más certera que había leído en los últimos tiempos sobre el tema. En los colegios, me cuentan que chicos y chicas más corpulentos abusan habitualmente de los compañeros más débiles, ¿lo llamamos violencia machista? Por otra parte, ¿creen que el hombre que trata con sadismo a los animales es cariñoso en casa con los suyos y con sus "semejantes" en general?

El mundo ha sido desde sus orígenes violento y violento sigue siendo, la fuerza es el argumento definitivo –pese a lo que digan los filósofos– en las relaciones persona-persona y hasta las de país-país, ¿a qué viene hacerse el tonto o ignorante sobre eso? Por eso me hacen gracia los que preconizan la desaparición de los ejércitos y creen que cualquier conflicto se resolverá dialogando, ¿en qué mundo viven?; o esos ilusos que piden parlamentar con el Daesh, ¿se han dado un golpe en la cabeza o es su forma de discurrir en circunstancias normales?

Hay que luchar para reducir esa superioridad indiscutible de la fuerza y a los niveles de nuestra vida diaria hay que acabar con eso que se mal-llama violencia de género y con toda la violencia ejercida por alguien con el único argumento de su mayor fuerza o medios para ejercerla. Por cierto que al que inventó la expresión me gustaría preguntarle de dónde se sacó esa forma tan desafortunada –en realidad lo sé: del inglés–, repitiendo lo que tantas veces se ha señalado como erróneo sin ningún efecto o cambio en la expresión. Género tienen las cosas –una silla, un bolígrafo, una bicicleta–, las personas tienen sexo y si no que miren cualquiera de esos formularios que a veces tenemos que rellenar: ¿se nos pregunta el género o el sexo?

No es éste, el de la violencia familiar, un asunto que me parezca leve o gracioso. He vivido de cerca hace muchísimos años las hazañas de un matón al que le entusiasmaba agredir a su mujer, a sus hijos pequeños… y a quienes estaban en situación de inferioridad. Por eso y porque era militar llegaba a pegar a los soldados a sus órdenes, supongo que eso le proporcionaba la sensación de fuerza y superioridad que su ego exigía y que por otros medios no estaban a su alcance, ¿era eso violencia de género? Conste, no me parece inapropiada la expresión violencia machista.

Insisto: si esas enfurecidas feministas persiguen de verdad acabar con la violencia familiar, que luchen contra la violencia ejercida por cualquiera del sexo que sea contra otra persona. Si siguen así, conseguirán simplemente incrementar atropellos de otro signo y hasta en otros ámbitos. Violencia directa o soterrada, hay que implantar en la mente de todos que la violencia no puede ser una opción a la que recurrir. Con nadie.
(eche un vistazo aquí)

20 noviembre 2015

La libertad en la izquierda

Dos fanatismos de actualidad
Acabo de leer el artículo dominical de Javier Marías, en la que se queja de la imagen que, forzosamente, todos esperamos ver cuando nos miramos en el espejo. Constituyen esa imagen una serie de tópicos que la sociedad exige a quienes desean llegar al estatus de ciudadanos ejemplares e incluso a los que no lo desean, porque si algo caracteriza a la sociedad actual es la imposición de unos patrones a quienes gusten de ello y a quienes no, también.

Como le ocurre siempre a este magnífico escritor, se desquicia cuando trata, aunque sea de refilón, el tema del tabaco. Ahí pierde toda su habitual lucidez y desbarra porque no es capaz de entender que el tabaco no es asunto que concierna en exclusiva al que fuma. Curiosamente, no se da cuenta de que al incluir la producción de humo en el derecho a decidir, crea un paralelo que dificulta rebatir ese otro derecho a decidir que cierta población fanatizada ha decidido ejercer. Pero esto sería asunto de otra entrada.

Relaciona una serie de requisitos que el que se mira al espejo desea ver insertado en su propia esencia. Tiene razón en casi todo, pero no voy a apostillar a un escritor que escribe como ya me gustaría hacerlo a mí, sino a tratar sobre una rama que deriva de su argumentación. Hablo de la libertad en quienes integran –les guste o no– una de esas dos actitudes que reinan en el planeta desde que el mundo es mundo: la derecha y la izquierda. Tiene su gracia que haya quienes manteniendo un conjunto de actitudes que les identifican claramente con el partido de la derecha y votándoles elección tras elección sin desfallecer, afirman que ellos no son de ningún partido; querrán decir que no pagan la cuota –para ahorrar o no comprometerse, está claro–, por lo demás…

Me fastidia decirlo, parece que es en la derecha donde más abunda la libertad de actitud, puesto que no hay unos patrones impuestos y a estas alturas hasta en el partido que es su pura esencia, el PP, se puede ser taurino o antitaurino, homosexual o heterosexual, bebedor o abstemio, honrado o ladrón (con hincapié en esto último). Salvo de izquierdas, usted puede ser lo que quiera en la derecha.

No es así en cierta izquierda y siento que predomina una especie de estalinismo que impone determinadas actitudes a quienes deseen enmarcarse en esa opción. Nada de medias tintas, hay que ser radicalmente lo que se exige, ¡maniqueísmo al poder! Ampliando un tanto lo dicho por Marías, creo que los principales requerimientos son:

―Hay que ser amante de los animales y eso incluye implícitamente ser partidarios de la presencia de animales en los transportes públicos y –supongo– permisivo con las cacas de los perros en las aceras y los ladridos del animalito propiedad del vecino. 

―Directa consecuencia de lo anterior, hay que ser antitaurino. No de una manera tibia y tolerante apoyando la eliminación de subvenciones o ayudas a ese arte y aceptando una desaparición progresiva, sino fumigando todo rastro taurino, agrediendo al que se le ocurra asistir a uno de estos espectáculos y prohibiéndolo en la ciudad o comunidad autónoma a las que pertenezcamos (lo de manifestantes desnudándose, dándose brochazos rojos y tirándose en el suelo se reserva a los frikis). No hay nada más gratificante que prohibir mientras otros nos aplauden por hacerlo.

―Hay que ser amante de la bicicleta –nada que objetar– y pedir la prohibición total de circulación de vehículos con motor de combustión interna por el centro de las ciudades, sin admitir un periodo de adaptación y el establecimiento simultáneo de opciones alternativas. Por descontado, hay que desentenderse de quienes tienen dificultades para desplazarse en un medio de transporte que no sea el vehículo privado. Todo el mundo es joven y sano.

―Hay que estar a favor de la venida de refugiados e inmigrantes en general, no importan las dificultades que eso pueda acarrear ni los problemas de convivencia que inevitablemente surjan. Por supuesto, hay que estar a favor del burka, hiyab, niqab y todas esas manifestaciones de sumisión que se le imponen a las mujeres musulmanas. Nos burlamos y atacamos el uso tradicional de la peineta y el velo en semana santa calificándolo de casposo, pero favorecemos o apoyamos el uso de esos símbolos ajenos los 365 días del año (366 en bisiestos), en cualquier entorno. Una tolerancia que olvida que los musulmanes son generalmente intolerantes y que muchos desean imponer esa intolerancia a los que no profesamos su religión. Leo en la prensa que en Arabia Saudí un británico lleva un año en prisión por llevar vino en su coche (a pesar de ser británico no iba bebiendo) y que ahora quieren darle 360 latigazos, supongo que para que no se aburra y pueda meditar sobre la bondad de Mahoma, el Islam y los musulmanes en general.  

―Hay que estar de manera clara a favor de los homosexuales. No basta una actitud de dejar vivir, hay que estar decidida y entusiásticamente a favor, porque todo lo que no sea entusiasmo es homofobia. Lamentablemente, el analfabetismo autocomplaciente que nos inunda hace que aparentemente nadie lea la definición de homofobia en el diccionario de la RAE: Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales (definición modificada en 10/2014). Yo diría que incluso habría que ser algo tolerante si esa aversión fuera ligeramente obsesiva, porque obsesiva es la presencia casi diaria de homosexuales en la primera página de los periódicos, precisamente por serlo, y siempre en tono laudatorio. Hay quienes a eso lo llamarían proselitismo o insistencia obsesiva.

―Hay que mirar condescendientemente a los nacionalismos periféricos, porque no son más que una manifestación de libertad. Se olvida que los nacionalismos fueron de siempre repudiados por la izquierda verdadera, porque representan unos sentimientos que no tienen nada que ver con los ideales que la izquierda defiende. Por decirlo brevemente: ser nacionalista –y no digamos independentista– es simplemente incompatible con ser de izquierdas o progresista. Y no soy yo el primero que lo dice.

10 noviembre 2015

Racismo y denominaciones

Los belgas en el Congo
Existe un racismo, el evidente, el clásico, que a diario es fustigado –con razón– desde todos los medios, aunque se llegue al extremo de vetar cualquier comentario que se envíe a un medio digital –concretamente El País– simplemente porque contiene la terrible palabra “negro”, ya se sabe que ahora hay que decir subsaharianos, aunque sean senegaleses o somalíes, por poner un ejemplo, que serían supersaharianos.

Hay otro bastante camuflado, raramente denunciado, que practican a mi parecer justamente quienes presumen de ser los menos racistas del mundo mundial. Son esos que claman para que los países occidentales –por no decir “blancos”– envíen ayuda económica con cualquier motivo –ébola, paludismo, sequía...– a países que, pese a sus enormes riquezas, son incapaces de dar de comer a sus hijos, entre otras razones porque esos hijos encuentran mucho más atractivo emigrar a Europa que unir sus fuerzas para decir NO a la explotación a que los someten, ciertamente antiguas potencias coloniales, pero fundamentalmente sus propios paisanos, ¿alguien ha oído hablar de una revolución social en África? Falta les haría, más aún porque además allí el crecimiento demográfico es atroz. Tenía una amiga oriunda de Kenia y me contó que tenía nueve hermanos, algo normal por allí, aunque parece que actualmente la cosa se ha templado algo. Nigeria tenía poco más de 40 millones de habitantes en 1961, ahora son casi 200. Ruanda 2,8 millones en 1961 y actualmente alrededor de 13 millones. Y así más o menos todos. Resulta que allí no deben tener Facebook ni Twitter y en algo hay que entretenerse.

Ese otro, el segundo racismo, consiste en considerar de manera perpetua como menores de edad a las personas de raza negra y, por eso, ven natural que sean los de raza blanca quienes acudan en auxilio de aquellos, sea por una epidemia, por necesidades vitales no satisfechas por su países, por ataque de algún país vecino o por integristas religiosos, etc. Siempre el hombre blanco ha de estar dispuesto a acudir en socorro de esos eternos menores de edad. ¿Hay algo más gratificante que practicar la compasión y la caridad?

Supongo que en todo esto pesa el remordimiento de tantas atrocidades cometidas en ese continente por las potencias coloniales, algo de lo que España está prácticamente libre, pues la única colonia que poseyó en el África negra fue Guinea Ecuatorial y aunque su actuación no fuera ni de lejos intachable, conviene no olvidar que entonces ese pequeño territorio tenía la renta per cápita más alta de África y el reparto de riqueza más efectivo, ojalá el franquismo hubiera sido tan generoso con la metrópoli como lo fue con la colonia, que llegó a disfrutar de una Constitución en 1968, años antes que los propios españoles.

A la hora de descargar conciencias, no hay que olvidar que quienes vendían los esclavos a los comerciantes de seres humanos eran precisamente otras tribus locales que se deshacían así de los enemigos capturados, al tiempo que recibían un pago por sus servicios. Tampoco hay que olvidar que los enemigos más terribles de esos países son precisamente los tiranos de su misma raza. Volviendo otra vez al ejemplo de Guinea Ecuatorial, hay que fijarse en que el actual dictador y su familia son una de las principales fortunas de África, mientras que sus súbditos aceptan mansamente una vida que prácticamente no ha mejorado desde los tiempos coloniales. No hace muchos días he leído en la prensa brasileña que Teodoro Obiang (hijo) ha regalado nada menos que 3 millones de euros a la escuela de samba Beija Flor de Río de Janeiro, se supone que por aquello de hacerse un nombre y ser recibido como un nuevo rey Midas en el carnaval carioca.   

Vamos a dejarles ya que se apañen, que va siendo hora de que aprendan, y vamos a dejar de hacerles regalitos y de tratarles como raza inferior, porque con ese proceder nunca van a salir de su situación actual, de inferioridad inducida. Aunque... soy del parecer de que un negro, en el entorno adecuado, puede ser tan inteligente o tan tonto como cualquier blanco, el problema es que carecen absolutamente de capacidad para organizarse socialmente, ¿cómo se soluciona eso?, estoy seguro de que esa es una valoración muy extendida, ¿por qué nadie se atreve a decirlo en voz alta?

Para terminar y dedicado a todos esos que se exprimen las neuronas para encontrar formas de denominar a las personas de raza negra sin que haya referencia a color, un fragmento de un artículo de Javier Marías que ya he citado en otras ocasiones:

«Otro tanto sucedió con “negro”, en inglés un extranjerismo, un españolismo. Cuando se consideró que era peyorativo, se sustituyó por “coloured people”, “gente de color”, hasta que eso pareció también discriminatorio, pues ¿acaso no tenía algún color todo el mundo? Entonces se pasó a “blacks”, lo mismo que “negro”, solo que en inglés ahora. Pero eso tampoco duró más que unos años, y se inventó la ridiculez de “African Americans”, que los españoles racistas (esto es, los que evitan los términos meramente descriptivos y naturales) se apresuraron a traducir, y además, añadieron esa otra ridiculez de “subsaharianos” para referirse a los negros que nada tienen que ver con América.».  (Villanía léxica, El País)

Las negrillas son mías. 

31 octubre 2015

Según lo siento: Ella Fitzgerald y el jazz

Hoy voy a tratar de un asunto a sabiendas de que es la clase de tema que no interesa a casi nadie, al igual que sucede con otras materias sobre las que a veces escribo, como la gramática o los sentimientos. No pasa nada, este blog lo mantengo fundamentalmente para mi propio desahogo y satisfacción y a sabiendas de que conseguiré interesar a pocos.

Hace sólo unos minutos que he terminado de ver en la televisión un capítulo de una Historia del Jazz en 12 episodios que descargué hace unos meses y que voy viendo sin prisas, entre otras cosas porque como a los niños sus caramelos, me da pena que se me acabe, aun sabiendo que si dios me da salú la volveré a ver alguna vez más, pero no será lo mismo, porque le faltará esa sorpresa que acompaña al primer visionado. Me he levantado de la butaca al terminar, pensando ¡qué belleza es el jazz y hay que ver cómo me gusta! y qué pena que en toda una vida no haya conocido a nadie con quien charlar del tema, que me acompañara en este placer, que me enseñara, más allá de esos amigos y amigas con los que he asistido a algún concierto, pero que como me dijo uno en una ocasión, es una música que está bien, pero si dura mucho tiempo levanta dolor de cabeza.

En cierta ocasión mi ex esposa y yo fuimos invitados a cenar a la lujosa casa de un alto ejecutivo muy satisfecho de su éxito social –eran amigos de ella–, y en un momento dado él me llevó a un aparte para decirme que le habían contado que yo era un gran aficionado al jazz y quería revelarme que él también lo era. Le pregunté qué músico o estilo prefería y respondió muy vagamente que casi todos –aquello ya olía mal– y cuando le pedí que me enseñara algún disco, tras rebuscar en un montón de LP de intérpretes populares, sacó una de esas recopilaciones de canciones de éxito y me señaló muy ufano el corte What a wonderful world, interpretada por Louis Armstrong. Pobre idiota, creía que aquello era puro jazz. Supongo que para aquel esfuerzo por congraciarse conmigo se asesoró previamente en el Manual del anfitrión de éxito.

El episodio que he visto hoy en la televisión tocaba dos materias por las que siento extraordinaria devoción: el swing y una cantante que para mí es lo máximo en la historia de esa música en su forma vocal, Ella Fitzgerald. Si alguien me preguntara por mi cantante favorita –cosa muy improbable– le respondería que hay unas cuantas a las que me entusiasma escuchar y que son consideradas todas ellas impecables como intérpretes –y lo son–, pero es que no en vano Ella era apodada The First Lady of Song porque ninguna como ella interpretó con un estilo que se adaptaba a cualquier ritmo y con esa voz algo aniñada incluso de mayor y con tanto sentimiento que trasladaba a otro mundo, cuando ella cantaba, la melodía pasaba a ser otra cosa, uno se preguntaba cómo una voz puede llegar a esa plenitud de armonía y ritmo, a ese tono tan acertado; cierto que no poseía el dramatismo que le sobraba a Billie Holiday, pero era la más completa de la historia y prácticamente la inventora del estilo scat que lógicamente practicó como ninguna otra. Puede reprochársele que tras unos 25 años de carrera se hiciese más comercial, pero es que resultaría duro ganar menos que cualquier cantante pop o jugador de baseball, los músicos de jazz también gustan de las comodidades de una vida placentera.

Si una mujer se quiere acercar hoy en día al mundo de la canción, debe empezar por vestir de manera estrambótica, tener un aspecto llamativo e ineludiblemente ser generosa en la exhibición de partes de su cuerpo que no deberían ser tan públicas. Hasta en el mundo del jazz actual, cantantes de cierto éxito como Diana Krall no habría llegado a ninguna parte si no tuvieran un físico atractivo y una bonita melena rubia. Curiosamente abundan las jóvenes cantantes de jazz –Cataluña es una auténtica cantera–, pero para desgracia del género, las actuales no alcanzan ni de lejos a las que fueron reinas del jazz vocal en su día. De las cantantes pop mejor no digo nada, da una idea de su valía que aseguren su trasero o su busto en cifras millonarias y poco más haya para asegurar; no se puede perder lo que no se posee. Ella Fitzgerald perteneció a esa gloriosa época en que para cantar hacía falta saber cantar y hacerlo con personalidad, su aspecto no era desde luego para perder la cabeza, vestía sin estridencias y padecía cierta tendencia a la obesidad confirmada con los años. Son tiempos lejanos, y es una desgracia que eso signifique que las mejores grabaciones de Ella sean de una calidad técnica poco brillante.

Hay bastantes escenas en el documental que he visto hoy en las que el público baila durante los conciertos –el jazz nació como música para bailar– y es difícil que a uno, si es receptivo, no se le vayan los pies escuchando y viendo aquello. Me considero un afortunado porque hace años tuve la oportunidad de frecuentar un local en San Francisco donde tocaban jazz y se podía bailar, una experiencia realmente excepcional.

Alguien –una mujer– me dijo una vez que no le extrañaba que yo fuera rarito teniendo en cuenta la música que me gustaba. Esa persona –que presume de intelectual– posee millones en propiedades y en el banco y por lo tanto su opinión tiene muchísimo más valor que la mía, pero me satisface decirlo, el jazz no solo me gusta sino que me parece incluso una buena razón para vivir. Y aquella mujer es una ignorante malnacida por decir aquello y por muchas cosas más que yo me sé.

22 octubre 2015

La censura de nuestras entretelas

Me duelen los oídos de oír hablar de libertad de expresión, cuando resulta que ese concepto repugna a la mayoría, que se empeña en considerar que esa libertad consiste en que uno puede decir lo que quiera, pero por descontado que eso no vale para los demás, porque a los españoles esas libertades no nos entusiasman, simplemente no admitimos una realidad que no sea la nuestra. Y no nos engañemos, en España ha habido censura desde siempre, la hubo con Felipe II, con Franco, la hay hoy y estoy seguro de que Viriato –aun siendo pastor lusitano– tenía una Secretaría de Censura. Y cuando el gobernante de turno descuidaba un poco esa censura, ahí estaba la Iglesia para recordárselo.

Lo peor es que antes, en los tiempos de la dictadura que muchos hemos conocido, la censura nos era impuesta y por lo tanto nos rebelábamos –más o menos–, nos pasábamos emocionados las revistas y diarios secuestrados en los quioscos y además pensábamos que llegaría un día en que podríamos decir lo que nos diera la gana. Murió el dictador, pero la libertad de expresión duró poco. Ahora la censura es autoimpuesta y suele denominarse corrección política. Estamos también en plena era de los eufemismos y un ciego es un invidente o discapacitado visual y el gas lacrimógeno es fumígeno irritante. 

Casi nadie se queja, pero lo cierto es que no podemos decir ni en sueños lo que nos apetezca, la censura flota en el ambiente. Es más, durante el franquismo, en el tranvía que iba en Madrid a la Ciudad Universitaria, era normal que alguien iniciara la cantinela un bote, dos botes, maricón el que no bote, para que todos saltaran y hacer que el tranvía se tambaleara y conductor y cobrador intentaran despavoridos evitar un descarrilamiento. Cierto que ahora casi no hay tranvías y a los que hay les llaman metro ligero (otro eufemismo, porque ni es metro ni es ligero), pero a ver quién es el guapo que se atreve a decir algo parecido en cualquier lugar o transporte público.

Abundan quienes se empeñan en llamar subsaharianos a los negros, creando un serio problema de ubicación, porque es un disparate llamar subsahariano a un keniata o un malgache. Viene a ser algo así como si dijéramos que los españoles somos subescandinavos. Sucede que en este frenesí censurador, si usted envía a El País digital un comentario que contenga la palabra negro es inmediatamente eliminado, pero en su columna semanal en ese mismo diario, Javier Marías publicó un artículo criticando la necedad de decir subsahariano, afroamericano, o lo que sea en vez de negro, palabra ésta que repetía no sé cuántas veces. Claro que él tiene licencia poética, supongo, y me temo que además no se dejaría censurar.

Y ya, hablando de censura, les invito a que prueben a enviar un comentario con contenido que pueda no agradar al diario de destino, sea un periódico de izquierdas o de derechas. No incluyo a La Razón porque eso no es un periódico. Los diarios publican sus normas, en las que avisan de que lógicamente no se publicarán comentarios que contengan insultos, que inciten al delito, que sean de evidente mal gusto, racistas, etc., pero además está el factor X –la línea editorial– así que, por ejemplo, si usted trata de criticar a Podemos en Público no se haga ilusiones de que se lo publiquen y lo mismo si envía un comentario a diario.es en contra del independentismo catalán o vasco. No es que se les vea el plumero, es que tienen más plumero que una centuria romana.

Ahí tienen también a las llamadas redes sociales, obsesionadas por censurar continuamente lo que se publica y Facebook no permite la imagen de una madre amamantando a su hijo y ha llegado al extremo de censurar la fotografía de la sombra del cuerpo de una mujer porque se siluetaba un pezón.

La autocensura se ha instalado en nuestros hábitos diarios, en nuestra forma de hablar, y sin darnos cuenta nos expresamos con un vocabulario que hace sólo veinte años hubiera provocado carcajadas. Esta sociedad es como el burro en la noria, se mueve algo, pero pronto vuelve al mismo sitio.

15 octubre 2015

Mercenarios

Todos estamos de acuerdo en que comer es algo preciso y placentero, en especial cuando la alternativa es pasarse un tiempo prolongado sin tomar alimento de ninguna clase. Por eso se puede disculpar que alguien se someta a situaciones poco dignas si con ello consigue el sustento, la pregunta que surge de inmediato es ¿hasta dónde se puede llegar en esos sometimientos sin perder la dignidad? A diario tenemos noticia de situaciones, casi siempre colectivas, en las que al parecer de muchos se ha superado lo moralmente permitido. Menciono lo que a mi entender son algunos ejemplos.

―Raros son los días en que la prensa o la televisión no nos hablan del vandalismo y fechorías practicados por extranjeros en poblaciones de la costa mediterránea, peninsular e insular, fundamentalmente jóvenes británicos (ya saben, esos de modales exquisitos). Compran paquetes de viaje baratísimos en sus países de origen que suelen incluir alcohol y discotecas y el único beneficio económico para España es la calderilla que se dejan en bares, frecuentemente de barra libre, lo que induce a un consumo alcohólico desmedido. Menos mal que la selección natural funciona y muchos se estampan contra el pavimento al intentar pasar de una habitación a otra por los balcones o tirarse a la piscina desde un 5º piso. Posiblemente no compensen con ese escaso dinero que gastan en el comercio local los destrozos que causan y las alteraciones en la vida de la gente normal que por allí reside, pero ese miserable gremio de hostelería vende la tranquilidad de todos por una escasa ganancia. Nadie se rebela con suficiente contundencia contra ese atropello, el dinero tapa las bocas y los españoles somos ahora un pueblo manso.

―Con la permisividad hacia los homosexuales han venido esas celebraciones, como el Día del Orgullo que se organiza en ciudades grandes y pequeñas, frecuentemente con subvención municipal. Casi todo el mundo ignora que los organizadores son normalmente empresas privadas a las que no importan los espectáculos que pueden presenciarse, hasta el punto de que son muchos los homosexuales que manifiestan su desaprobación y apartamiento porque, como leí en las declaraciones de uno de ellos, ser homosexual no implica buscar el exhibicionismo, poco estético por lo demás. Lo cierto es que el motor de estos espectáculos no es la libertad o la aceptación de esas opciones sexuales; lo que ahí se ventila es la ganancia de las empresas organizadoras de los desfiles y el aumento de ingresos de bares y restaurantes en las zonas donde se concentran los festejos durante la semana que suelen durar. No hace mucho, la prensa informaba orgullosa de que España había desplazado a Francia como primer destino de turismo gay. Cuando hay dinero de por medio, todas las demás consideraciones se esfuman.

―Cuando en 1953 Franco firmó el tratado de amistad con los EE.UU. y con él la cesión de bases militares –nosotros poníamos la amistad y las bases, ellos nada–, se presentó el pacto a los españoles como un reconocimiento de la importancia táctica de España y de la amistad de los democráticos americanos con el régimen franquista. Realmente, lo que se hacía con eso era regalar trozos de España a los EE.UU. para que así ellos permitieran al dictador colocarse bajo su manto protector. Luego, en la guerra de Ifni, pudo verse lo profundo de esa amistad, cuando prohibieron a España el uso de cualquier armamento comprado a ellos –incluido aviones– porque por mucho que nos fastidie, Marruecos era y es más importante para EE.UU. que nuestro país y esa broma costó entonces la muerte de muchos españoles.

Tras varios años con manifestaciones cuyo lema era «OTAN no, bases fuera» vino aquella filigrana trilero-verbal de «OTAN de entrada, NO» que terminó con la rotunda entrada de España en la OTAN, aunque según el gobierno de Felipe González no se integraría en la estructura militar (???); no aclaró si ingresábamos tan solo en la estructura cultural o religiosa. A cambio, se eliminaban las bases americanas como tales, excepto la de Rota, en la que seguíamos y seguimos sin tener derecho a saber si se guardan armas nucleares. Un dato para quienes sientan curiosidad: la superficie de la base de Rota es de 27 Km2, la de Morón 12,5 Km2, Gibraltar 6,8 Km2.

No han pasado tantos años, pero de nuevo aparece la conveniencia –para algunos– de vender España y comprometer su seguridad en caso de conflicto o terrorismo. EE.UU. pide de nuevo la base de Morón, en Sevilla, (que nunca había abandonado del todo) y sin más debate ciudadano o político el gobierno le concede todo lo solicitado. Como antes Franco, ahora Rajoy quería ganarse el apoyo personal de Obama hacia su liderazgo y para más indignidad, se juega con la necesidad de los habitantes de Morón, dispuestos a vender a su madre por unos hipotéticos puestos de trabajo y algo de dinero para el pueblo. Calderilla, porque con los 3.000 marines que pasan a tener allí su base, viene hasta el personal civil que la base precisa para su funcionamiento, y respecto de las obras de infraestructura, solamente una pequeña parte es concedida a España. Puede que obtengan algún beneficio –calderilla– unos cuantos bares y algunos prostíbulos de la zona. Los moroneros han admitido sin rechistar ser utilizados como mercancía a cambio de nada. Apenas se ha debatido el asunto en la prensa y nadie se ha preocupado por la pérdida de soberanía española y el peligro que la acompaña, quizás superior a lo que pueda suponer Gibraltar, ¿hubiese el gobierno actuado igual si Morón estuviera en Gerona o Guipúzcoa? Todos sabemos la respuesta, allí no tienen la escasez que sufren en Morón ni la dignidad alcanzó una cotización tan baja. Y es que la dignidad se empareja mal con la escasez.

17 septiembre 2015

Los pajaritos y la bandada

Está sentado en un banco de los jardines de delante de su casa. Unas migas de su bocadillo caen al suelo y de inmediato un pajarillo se arroja sobre ellas y las come con avidez. Usted se siente totalmente identificado con el pajarito y casi se le saltan las lágrimas al ver que sus ojillos parecen reflejar agradecimiento, igual que se siente conmovido al comprobar que no rehuye su compañía. Al día siguiente, ya baja pertrechado con pan de sobra y observa tiernamente cómo media docena o quizás diez pajaritos, repiten la experiencia del día anterior. Al otro día repite el juego y esta vez no son menos de treinta los pajarillos que vienen a ser alimentados, la mayoría gorriones y hasta alguna chulesca urraca que también quiere su parte del festín. Pasa un día más y cuando usted abre la puerta se queda horrorizado porque aquello parece una escena de la película Los pájaros de Hitchcock así que, asustado, vuelve a entrar en la casa y se encierra a cal y canto.

Esto es más o menos lo que yo siento acerca de todo el explotado tema de los refugiados, parece que el buenismo ha contagiado a buena parte de los europeos y como consecuencia están deseando compartir su comida, su espacio, su dinero, con los que llegan, apenas unos miles. Rectifico, ya son casi doscientos mil. Me equivoqué: oigo en la televisión que sólo este año –el que viene aumentará la cifra– serán más de un millón.

De momento, Alemania dice que le vienen bien los cualificados que proceden de Siria, ya veremos dónde colocan al resto que no sabe hacer la O con un canuto o a quiénes se los asignan. Es cierto que si los ingenieros de aquí tienen que irse al extranjero, ¿para qué vamos a querer ingenieros sirios?

Hay un pequeño problema que también he podido observar en la televisión: no son sólo sirios, entremezclados se ven multitud de negros que sin duda son emigrantes económicos procedentes de África y hasta aparece una pareja pakistaní que dice que se vienen porque sus padres no les dejan casarse. ¿Sin duda?, pues depende de cómo lo miremos, porque según dicen también en la televisión, no hay una buena razón para no considerar refugiados a quienes vienen huyendo de países como Sudán del Sur, Eritrea, Somalia, República Centroafricana, Libia, Mali, Nigeria, Senegal, Palestina, Afganistán, Irak, Pakistán, India (particularmente las castas inferiores), etc., porque es cierto que en sus países no hay mucho futuro, que hay una situación de guerra o conflicto e incluso persecuciones sociales o religiosas, muchos viven todavía inmersos en los conflictos tribales y la religión es una buena excusa para matarse a tiros o machetazos.

Por todas partes surgen personas y poblaciones que se ofrecen a acoger refugiados, parecen pensar que con albergarlos en un polideportivo y darles algo de ropa todo estará solucionado, pero por ejemplo, ¿de dónde sacamos puestos de trabajo para ellos?, ¿y la seguridad social?, ¿y la vivienda? Hoy dice la televisión que en Madrid hay decenas de miles de ciudadanos en las listas de espera quirúrgicas, pero el ayuntamiento de la capital no tiene empacho en presupuestar 10 millones para ayuda a los refugiados y promete aumentar esa cifra si fuera preciso. Parece que estamos deseando que en las ciudades españolas se formen guetos tan terribles como los que ya disfrutan otras ciudades europeas. Pero estamos salvados: Arabia Saudí se niega a acoger a sus hermanos de religión, pero se ofrece para financiar la construcción de 300 mezquitas en Europa, ¿por qué será que esto me huele mal?

Hay muchas personas en Europa que sienten reparos acerca de esta invasión, pero su opinión no es tenida en cuenta, sobre todo porque con el buenismo imperante es posible que esos mismos bondadosos seres los linchen, así que mejor callarse. De momento tenemos la coartada de la ultraderechista Hungría que, como dicen los medios, está sirviendo de tapón –y de coartada, digo yo– para evitar que ese país se transforme en un simple corredor de paso a países más al oeste y al norte. Es cierto que sólo la ultraderecha se atreve a expresar lo que tantos no-extremistas y no-derechistas pensamos: no podemos acoger a todos los que tengan una vida difícil en el mundo. Hablamos de decenas de millones, quizás cientos de millones.

Con el asunto de los refugiados sirios hasta la prensa evita publicar noticias que resulten adversas a esa oleada compasiva, pero buscando en diarios extranjeros usted puede encontrar que en Uruguay los sirios acogidos cuando el anterior presidente José Mujica, claman para ser devueltos al viejo continente porque “no han salido de una pobreza para caer en otra” (y conste, Uruguay es de lo mejorcito de Sudamérica); ¿no decían que huían de la guerra?. Tampoco se muestra el vídeo en el que puede verse a los refugiados en el interior de un tren en Hungría, no aceptando e incluso arrojando a la vía la comida y botellas de agua que les ofrece un contingente de mujeres-policías; a unas niñas pequeñas que aceptan estos alimentos sus propios compatriotas las obligan a soltarlos. También puede saberse de las protestas de los agricultores por donde pasan caminando los presuntos sirios, porque arrasan sus huertos robando la cosecha o pisoteándolo todo. Claro que habrá quien diga caritativamente que un hombre vale más que una lechuga, ¿no?, y en cualquier caso, se supone que el hortelano debe renunciar a su cosecha por solidaridad. La prensa española apenas se ha hecho eco de la noticia de que el padre del niño muerto en la playa, esa foto que todos hemos podido ver, es acusado por sus compañeros de viaje de ser precisamente el organizador y patrón del barco; silencio, no hay que estropear el efecto de una fotografía impactante.

Según la prensa extranjera, el famoso "zancadilleado" por la periodista húngara, Osama al Abd al Mohsen, al que se ha dado refugio, trabajo y vivienda en España de inmediato, hasta unos días antes del acogimiento, era activista anti Al Assad y confesaba en su página de Facebook su pertenencia a Al-Nusra, una filial de Al Qaeda. Pelillos a la mar, aquí no somos rencorosos.

Lo cierto es que todos vienen con la intención de quedarse en Alemania, Holanda y Suecia. Tenemos que prepararnos para las protestas o quejas de los que sean asignados a España. Sabemos que nuestros hijos o nietos van a vivir peor que nosotros, ¿qué bienestar podemos ofrecer a los que lleguen?

15 septiembre 2015

Juventud como estado permanente (y 3)

portada de la Gaceta Universitaria
Se me ocurrió escribir una entrada sobre algunos aspectos llamativos de la juventud actual, pero como me suele pasar, me animé y me pasé del espacio recomendable para no aburrir al que lee, así que lo reduje y redacté la segunda parte, que debería haber sido la final, pero… hoy veo en un diario digital que está entre los tres más leídos del país –al menos eso dicen ellos– un artículo y un vídeo que me han puesto los pelos de punta y me han impulsado a hacer una tercera y última parte de estas reflexiones dedicadas a la juventud.

El vídeo es una encuesta-entrevista hecha a un par de grupos, chicos y chicas vascos al final de su adolescencia o mayores incluso. Parecen encontrarse en Bilbao e incluso uno viste una camiseta del equipo de fútbol local; hay entre ellos uno de raza negra, aparentemente segunda generación por su buen castellano y un extranjero del centro o norte de Europa que habla con acento. El tema era lo que en el País Vasco se piensa sobre los andaluces, así que la primera pregunta fue cuál es la comunidad autónoma más inculta de España. La respuesta es una joya del conocimiento profundo: Lepe. Cuando el encuestador insiste en lo de «comunidad autónoma», otro dice Sevilla. Gente ilustrada...

Ya situados en el tema andaluz, el entrevistador pregunta qué les parecen los andaluces. Las chicas dicen que son graciosos y alegres, pero ellos afirman con firmeza que son vagos, que no saben hablar y al pedirle que resuman su opinión en tres palabras las respuestas repiten ruido, calor, vagos, flamenco, toros y alcohol –ya se sabe del éxito de las sociedades abstemias en el País Vasco, además Bilbao tiene el nivel sonoro ambiental más alto de España y los horarios de fiestas más permisivos (El País 29/8)–. El chico negro dice que en Andalucía tienen una educación muy atrasada y el guiri, que no por casualidad es el más enterado, dice que sin conocer datos no se pronuncia, ¡pobre, como si en este país el desconocimiento de una materia impidiera pronunciarse sobre lo que sea!

Pasando al terreno de lo concreto, pregunta de dónde era Picasso y las respuestas son que italiano, francés o portugués, ni uno sabe que es español, es más, una chica insiste que siempre se lo enseñaron así en el colegio, que era italiano. El único que contradice a los demás afirmando que era español es el norte-europeo, el mismo que responde acertadamente a casi todas las preguntas. Un componente del grupo, erudito, dice que Picasso pintó la Mona Lisa.

Pregunta al grupo si les suena Lorca, Alberti, Velázquez, Juan Ramón Jiménez, Sorolla, Machado… uno se apresura a decir que son nombres patéticos –¿qué querrá decir con eso?– y otro, más ilustrado, dice que son poetas viejos. Sobre quién fue Albert Einstein uno contesta rápidamente que era un científico loco, otro que «le cayó una manzana en la cabeza y se puso a decir cosas» y el chico norte o centro europeo que enunció la teoría de la relatividad.

Hay más perlas, pero no merece la pena un relato detallado. Algún lector dirá despectivamente… ¡casuística!, por eso voy a exponer aquí algunos resultados de una encuesta realizada entre 6.000 personas por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología. Resulta que Internet es la fuente de la información científica para el 84% de los españoles de entre 15 y 24 años –libros, ni en sueños–, y para el 78% de los ciudadanos de entre 25 y 34 años. Pero el 31,4% de los jóvenes consideran sus conocimientos científicos de nivel bajo o muy bajo, ¡lo afirman ellos mismos!

Que nadie saque conclusiones erróneas. Tengo que confesar que yo mismo no tenía ni tengo una elevada opinión sobre el nivel cultural de los andaluces en general, hasta que comprobé que no hay diferencia notable entre ellos y los habitantes de otras comunidades, lo que ocurre es que al ser tan extrovertidos es más evidente su penosa falta de conocimiento. Luego pude verificar que el silencio de los habitantes de otras zonas, más callados, simplemente muestra que no tienen nada que decir (aunque para algunos quizás sea más agradable ese silencio).

Para finalizar, unos datos más de aquella encuesta, que en este caso están referidos a la totalidad de la población y no sólo a los más jóvenes. Según parece, el 30% de los españoles está convencido de que los hombres convivieron con los dinosaurios y que el Sol gira alrededor de la Tierra.

Otro día, más.

06 septiembre 2015

No me resisto


Estaba «hojeando» esta semana los periódicos digitales de más difusión, como hago habitualmente, cuando una foto me llamó la atención. Se trataba de una de esas colecciones de fotos del día que muchos de estos diarios tienen y que con frecuencia pasan foto de una a otra de la colección sin que uno tenga que hacer nada. Nada es lo que yo hice y quiso la suerte que cuando le eché el ojo encima luciera la imagen que incluyo más arriba. No me resisto a la tentación de publicarla, porque me parece indicada para el momento que estamos viviendo en este país.

Como no se ha descubierto todavía el límite del ridículo al que pueden llegar ciertos ciudadanos, pensé de inmediato que se trataba de eso mismo que con seguridad a ustedes también les sugiere, incluso más aún tratándose de un disfraz de pavo real, aunque luego comprobé que no procedía de donde parecía, la imagen pertenece a un lugar bastante lejano.

No quiero que otros se pierdan la visión, así que la descargué para que mis lectores compartieran el placer y la sonrisa, aquí la presento para que disfruten (no olviden que en general, si pinchan sobre cualquier ilustración del blog, podrán verla en mayor tamaño e incluso guardarla de recuerdo). Por cierto, la foto corresponde al carnaval de Jember, en Indonesia.

No digo más porque es un asunto que me aburre, no quiero preocuparme demasiado por ello y ya he publicado varios artículos sobre el tema en los casi 6 años de existencia de este blog.

02 septiembre 2015

Juventud como estado permanente (2)

No sé si son aficionados a la bicicleta y en cualquier caso si conocen esos pequeños aparatos poco mayores que un reloj de pulsera, que pueden colocarse en el manillar de las bicis y proporcionan toda la información que deseen, desde los latidos de su corazón a la altitud en que se encuentra, desde la velocidad instantánea a la distancia recorrida. El caso es que salvo que sean de esos modelos que funcionan por GPS, pocos, en los tradicionales usted debe introducirle al aparato el valor de la circunferencia de la rueda, porque es lo que permite proporcionar la velocidad y otros datos derivados a partir de su número de revoluciones.

Todo este aburrido preámbulo es porque precisamente el asunto de la medida de aquella circunferencia me provocó una desagradable sorpresa al preguntar a un joven de 24 años, cercano a mí, acerca de todo eso y resultó que no tenía excesiva constancia de qué era un radio, un diámetro o una circunferencia. Escandalizado por lo que me parecía un desconocimiento inaceptable y como en ese momento en el telediario decían algo sobre metros cúbicos, le pregunté si sabía cuántos litros contenía cada uno de ellos; esto ya le pareció perteneciente a materias de muy superior nivel cuya enseñanza era más propia del MIT y justificó ese desconocimiento argumentando que él, como todos, había estudiado para aprobar y no para aprender. Cuando ya alarmado le pregunté qué era lo que sabía, declaró satisfecho: yo sé inglés.

No es esta ignorancia una característica exclusiva de los 24 años, hace algún tiempo le pregunté a una licenciada en Química Orgánica, 36 años, con un master y hablando fluidamente inglés y aceptablemente francés, si sabía lo que era un litro. Extrañada, me contestó que el líquido contenido en un brik. No me gastaba una broma, sencillamente no poseía otra referencia de lo que un litro podía significar, no tenía ni idea de dónde procedía esa medida. ¿Entienden ahora por qué la unidad de superficie más utilizada en los telediarios es el «campo de fútbol»?, ¿qué idea se formará un espectador de la televisión si oye que un incendio ha carbonizado 40 hectáreas (aunque muchas veces recurren al socorrido campo de fútbol) o que ha llovido 28 litros por metro cuadrado?, ¿comprenden ahora por qué en esos mismos telediarios los adjetivos utilizados son casi en exclusiva importante y complicado, eludiendo tantos otros que serían los apropiados para cada caso, supongo que para no desconcertar al oyente?, ¿comprenden por qué si usted pregunta a alguno, por ejemplo, cuánto es 52 x 3 echa mano de inmediato de la calculadora de su móvil?

Cabe la posibilidad de que quien lee esto dibuje una sonrisa en sus labios y piense para sí que sus hijos, o sus nietos, o sus sobrinos, son de otra pasta y que su nivel de conocimientos está muy por encima de esos jóvenes que yo conozco, pero… ¿está seguro?, ¿se atrevería a hacer una prueba? Enhorabuena si el resultado es positivo y bienvenido a los despavoridos si no lo es.

Supongo que nadie interpreta que yo estoy afirmando que todos los jóvenes –llamemos jóvenes a los que se encuentran entre los 18 y los 40 años– son unos ignorantes, simplemente afirmo que un sistema educativo claramente erróneo y un entorno social que no favorece demasiado el interés por saber –demasiado ocio, demasiados gadgets electrónicos, demasiada imagen, demasiado carpe diem– conduce a unos niveles de desconocimiento que día a día irán aumentando, gracias al escaso prestigio del saber. Para remate, los propios padres ven con mejores ojos que sus hijos sean “felices” y sepan algo de inglés a que posean una mínima cultura y sepan español. Total, para lo que sirve…ahí tienen a la gran mayoría de los periodistas sin tener ni idea de gramática y les va tan ricamente.

Tenía yo un profesor en primero de bachillerato –de mi bachillerato, que se cursaba a partir de los once años de edad– que nos causaba a todos admiración porque literalmente era como el Espasa, como la Wikipedia de hoy (pero sin errores) y además sabía escribir letra gótica perfecta hasta en la pizarra. Si ese hombre resucitara ahora, ¡cómo haría el ridículo!

26 agosto 2015

Autoestima. Vale, pero sin pasarse

Tuve una amiga mejicana durante bastantes años, trabajaba como ayudante de un gobernador de aquel país y achacaba su éxito a su elevada autoestima y ésta a su vez a la lectura de diversos libros de autoayuda de los que, pasando de la palabra a la obra, me regaló varios ejemplares que no llegué a abrir salvo uno de ellos, tras leer unas páginas los guardé en un rincón con mucho cuidado junto a los otros, por si me preguntaba por ellos, me parecían escritos por algún aprovechado, destinados a gente bastante simple con unos billetes en el bolsillo para desperdiciarlos en la compra del libro o más probablemente a ciudadanos de los EE.UU. profundos, que viene a ser lo mismo.

Lo cierto es que la mejicana se tenía tanto amor propio que decidió pasar por quirófano para rebanar parte de su masa corporal, que estaba adquiriendo un volumen alarmante. Lamentablemente, el cirujano no fue tan hábil como se esperaba de él –seguramente también se tenía en gran estima–  y la dejó tan averiada que cuando la perdí de vista ya llevaba meses de rehabilitación, con poco éxito por cierto.

No estaba entonces tan de moda como ahora todo ese negocio de la autoestima pero sí los libros de autoayuda. Por mi parte obligaría a pegarles un aviso del daño que pueden producir, porque aparte de inducir a hacer tonterías inimaginables, pretende subir la estima de personas que se valoran en poco, y en muchísimas ocasiones esas personas muestran un gran acierto al valorarse así. Puede incluso que esos libros ni se lean ya, la gente anda tan subida que el más tonto se piensa un ilustrado ya al nacer y conozco a alguno que seguro que cada mañana examina ávidamente la prensa a ver si por fin le han concedido un premio Príncipe de Asturias de literatura o de lo que sea.

Creo que el efecto real de los libros es escaso, aunque tenía cierto familiar –familia política, oiga– que afirmaba que le habían cambiado totalmente (desde mi punto de vista, a peor), y es que lo que de verdad hace efecto es acudir a uno de esos programas –reality show les llaman– en los que los participantes se vienen arriba, derraman quizás unas lágrimas, y salen convencidos de que son tan insignes y valiosos –y valiosas– como Michael Faraday o Cristiano Ronaldo, y cómo no va a ser así, los periódicos publican cada día encuestas preguntando sobre temas que el ciudadano normal ignora. Hace dos días El Mundo preguntaba ¿Debe suprimirse el Tribunal Constitucional? y hoy ¿Cree usted que la crisis bursátil china va a poner freno a la recuperación de España? Eso propicia que cualquier patán crea poseer suficientes conocimientos como para pronunciarse sobre el tema que se le pregunte, no importa cuán extraño, complicado o ajeno sea.

Sea por la causa que sea, lo cierto es que vivimos rodeados de gente que afronta la vida –y el acceso a un puesto de trabajo– como si se tratara de un superdotado al que posiblemente nadie comprende, y es natural que nadie les comprenda porque, de entrada, no saben ni siquiera expresarse oralmente; por escrito, mejor no hacer la prueba. He observado que actualmente cuanto menor sea el vocabulario del individuo mejor se autoconsidera y quizás por eso vamos en el metro rodeados de personas convencidas de su elevada valía, tan elevada como que no pueden esperar a llegar al destino y tienen que comunicarse por el móvil para hacer partícipe a algún ser querido de la buena nueva.

Como me contestó alguien cercano –24 años– al que le reproché que no leía nunca, no lo hacía porque no hay libros que le llamen la atención, claro que pocos días después me ha dicho que no hay nada que le llame la atención en el Museo del Prado; ahí es nada (por descontado que no ha leído El Quijote ni ha mirado un cuadro de Velázquez). Porque eso sí, todas esas personas rebosantes de autoestima deben estar convencidas de mantener contacto directo con el Espíritu Santo o en su defecto con Mariló Montero o con el ex-ministro de Cultura, señor Wert, y lo cierto es que algo de verdad tiene que haber en ese convencimiento, porque de alguna parte tiene que venirles tanta sabiduría como creen poseer. Muchos de ellos gustan de mandar comentarios a los periódicos exponiendo lo que deben imaginar que son brillantes ideas sobre economía, la política nacional o internacional, sobre la inmigración, el independentismo... da igual el tema, aquí cualquiera entiende de todo. Una pena que todos esos pronunciamientos frecuentemente contengan  innumerables faltas de ortografía, lo que da una idea sobre la erudición del brillante pensador.

Hoy mismo, leo en la prensa que tener un blog facilita el acceso a un puesto de trabajo y además, mejora la autoestima. Estoy perdido.

18 agosto 2015

Juventud como estado permanente (1)

Ya lo he dicho por aquí en alguna ocasión, pero sigo lamentando no haber nacido en los años 80 del siglo pasado, en vez del desastroso momento histórico en que vine al mundo. Eran años de guerra en Europa y de posguerra en España, pobreza generalizada por lo tanto –y no sólo económica– y poco lugar para la alegría y la diversión. Cierto que nací en una familia aceptablemente acomodada, pero es que entonces ese entorno sufría más privaciones que la clase media actual.

Hay algo que me parece que los jóvenes ignoran y los mayores parecemos no recordar: nunca en nuestra historia los españoles hemos disfrutado del nivel de bienestar y riqueza que hemos tenido durante casi treinta o cuarenta años hasta que hace unos ocho nos alcanzó de lleno lo que unos llaman crisis y otros llamamos reordenación de la estructura capitalista, de la economía de mercado si prefieren ese eufemismo. A su inicio, dirigentes europeos afirmaron que había que refundar el capitalismo; con esas exactas palabras lo anunció Sarkozy ¡y vaya si lo refundaron! En toda Europa y especialmente en España han aumentado los ricos y han aumentado los pobres. La clase media, simplemente se ha reducido.

Recordemos que el imperio español no supuso riqueza alguna para los españoles, al contrario de otros imperios europeos que, aunque poco, algo mejoraron las condiciones de vida de parte de sus súbditos y sirvieron para crear una burguesía que más tarde iniciaría la revolución social e industrial en esos países.

Cuando yo era niño, todo lo que se producía estaba pensado para los mayores, aunque se nos etiquetase de reyes de la casa, el verdadero rey era el padre, ése a quien correspondía comer huevos, según el dicho. La música, el cine, las boîtes, la diversión en general, estaba orientada a mayores; todavía me acuerdo de la rabia que me daba no poder entrar a ver Siete novias para siete hermanos, que era para mayores de 16 años, claro que eso era por otras razones. Hoy, todo está pensado para los jóvenes y hasta es difícil encontrar una película que merezca ser vista, porque la práctica totalidad está orientada a mentes inmaduras, por no emplear un calificativo más grueso; esta semana, por ejemplo, de 6 películas estrenadas, 5 están clasificadas como apropiadas para jóvenes y una para adultos-jóvenes; ninguna dedicada a los adultos a secas. Se han hecho más películas de animación en lo que va de siglo que en todo el siglo pasado desde que se inventó el cine de animación y respecto al cine de efectos especiales cubren el resto hasta –es una estimación mía– un porcentaje cercano al 90%. ¿Quién podría imaginarse una Casablanca hecha hoy sin esos benditos efectos? El caso es que los jóvenes se sienten el centro del universo y los mayores se infantilizan.

Vi hace un par de días una foto actual de uno de los protagonistas masculinos de la serie Friends e imaginé que debe encontrarse absolutamente desconcertado al descubrir que las canas o los kilos de más no son maldiciones reservadas a los demás. En general, es frecuente encontrar en la prensa declaraciones de actores, españoles o extranjeros, masculinos y femeninos, quejándose de que salvo unas pocas excepciones es imposible encontrar quien los contrate una vez que se acercan a la cincuentena. No comprenden un sistema con el que ellos mismos han colaborado, donde al atributo más valorado –casi el único– es la juventud y la belleza que le acompaña; cuando superan esa etapa es lógico que estén acabados.

Porque eso es algo que cada vez que lo contemplo me produce asombro: existe entre la mayoría de los jóvenes la convicción de que esa característica etaria está muy por encima de cualquier otra y que además si son jóvenes es gracias a su extraordinaria valía e inteligencia y que les durará siempre, al contrario de los mayores, que lo son por su torpeza e ineptitud. No se me borra de la memoria el joven al que entrevistaban en la televisión –hace tiempo de esto– sobre qué pediría al gobierno y soltaba sin despeinarse que creía que debería subvencionarse la gasolina a los jóvenes, porque tienen una gran gasto por ese concepto, en especial los fines de semana. Tampoco olvido a esos que en comentarios en la prensa digital solicitaban que al cumplir los 60 retiraran el carnet a esos conductores por viejos. Angelitos...

Una confesión: no es cierto que lamente haber nacido cuando lo hice, me espantaría tener ahora 20 ó 30 años, aunque no me disgustaría volver a los 50, (pero no a mis 50, no quiero repetir episodios).

09 agosto 2015

El respeto que fue

Esta entrada podría considerarse puro plagio, porque se trata de la copia de un recuadro visto en un artículo de un diario de alcance nacional, y que resumía lo expresado por diversos profesores universitarios de Ética, Filosofía y Psicología. Todos ellos lamentaban la desaparición de la asignatura Educación para la Ciudadanía e insistían en que por su parte incluso la hubieran ampliado dedicando más espacio a la cultura cívica y la convivencia. 

Me he permitido eliminar algo así como una quinta parte de los ejemplos, para no hacerlo demasiado extenso y porque se trataba de casos no significativos.

«Hay comportamientos de los otros que nos molestan o agreden. ¿Se ha parado a pensar si también usted es irrespetuoso? Recogemos una pequeña muestra de conductas que delatan a los maleducados del siglo XXI.

Hablar por el móvil en voz alta en un lugar público
Este comportamiento era impensable hace tan sólo unas décadas porque, sencillamente, no existían los móviles. No obstante, levantar la voz en espacios públicos siempre ha sido considerado de mal gusto cuando no una falta de educación. Con los móviles el problema se ha disparado.

Comer en el cine
Quizá durante algunas décadas del siglo pasado, cuando las sesiones de cine eran dobles y las posibilidades de ocio escasas, comer en el cine no estaba tan mal visto o incluso despertaba la envidia del vecino. Pero hoy los aficionados al cine aspiran a disfrutar de la película sin olores ni ruidos ajenos a la misma. Y una cosa son las típicas palomitas y otra muy distinta el surtido de comida para llevar que se empieza a ver (y oler) en muchas salas.

Hablar en el cine
Hace un tiempo, hablar en el cine en voz alta era lo típico que hacía un grupo de adolescentes para divertirse. Ahora en cambio cada vez son más los padres e hijos que hablan en voz alta durante una proyección.

Reclinar el asiento del avión, acaparar el reposabrazos o poner los pies en el asiento delantero
Es un ejemplo claro de la necesidad de reflexionar sobre dónde acaban los derechos propios y empiezan los del vecino. ¿Qué hay de malo en ponerse cómodo para descansar? Nada, o mucho si implica que el vecino no sólo no vaya tan cómodo sino que ni siquiera pueda moverse. La política de las compañías aéreas de rentabilizar al máximo los aviones con más asientos y menos espacio entre ellos tampoco ayuda.

Interrumpir una conversación o una comida para leer los mensajes del móvil
Algunos están tan pendientes de los cambios que aparecen en la pantalla de sus móviles que no se paran a pensar que priorizarlos implica menospreciar a la persona que tienen delante, y que por no posponer la lectura de un mensaje, están postergando a la persona con la que han elegido comer o charlar.

Mantener llamadas telefónicas en medio de una reunión de grupo sin apartarse ni disculparse
Levantar la voz en público, revelar conversaciones privadas, interrumpir a quien habla o crear conversaciones paralelas denota mala educación y son faltas de respeto clásicas, tanto si se hace de viva voz como si es a través del móvil. Incomoda al resto de los reunidos porque obliga a escuchar conversaciones ajenas, a posponer la propia o a gritar para seguir escuchándose.

Llegar tarde a una cita o hacer que otros lleguen tarde
La puntualidad quizá suene a virtud antigua, pero llegar tarde es una falta de respeto para quien espera, una desconsideración hacia el uso de su tiempo y sus obligaciones, más si cabe en una sociedad tan atareada y estresada como la actual.

Dirigirse a las personas mayores o a los clientes con diminutivos o apelativos como guapa, rey, familia, cariño...
Ya no se trata tanto de optar por tutear a todo el mundo o de preservar el usted. Hoy, en algunos ámbitos (y comercios), uno se conformaría con que no le infantilicen, con que le hablen en un tono neutro y se respete una mínima distancia en el trato, que se sepa distinguir entre amigos y desconocidos».


En el artículo se incluía una encuesta sobre si se estimaba que en las últimas décadas habían aumentado las faltas de respeto. Curiosamente, el 94% respondía que sí.

No sé a otros, pero a mí me hace cierta gracia que el autor hable de que antes,
comer en el cine no estaba tan mal visto. Falso; nadie comía antes en el cine salvo en locales de ínfima categoría o en algunos pueblos en los que comer pipas formaba parte del ceremonial.

También se dice La puntualidad quizá suene a virtud antigua con lo que el autor demuestra ser alguien no muy experimentado en la relación con personas respetuosas con los demás. A nadie medianamente educado puede parecerle una virtud antigua; lamentablemente es una falta de respeto muy común, antes y ahora, entre españoles y no digamos los mal llamados latinoamericanos, pero entre europeos no latinos la puntualidad es una característica normal y su no observancia les resulta simplemente incomprensible e insoportable. He tenido la suerte de que alguien cercano me tachara de enfermo por mi empeño en ser puntual, el caso es que no recuerdo haber llegado nunca tarde a una cita, al menos en las últimas décadas.

La relación del artículo no es ni de lejos una relación exhaustiva de las faltas de educación más comunes, pues parece ceñirse en buena parte a las cometidas en el cine o con el móvil. Se me ocurren muchas más faltas que ahora una mayoría comete, pero que para no aburrir podrían resumirse en una: desprecio hacia los demás y autoestima por encima de lo aconsejable, todo ello bañado en ruido e ignorancia.

Ya publiqué alguna entrada lamentando la implantación del tuteo (en España, que no en la Europa culta), para mí raíz de todos estos males, pero no es cuestión de insistir en lo que no tiene remedio. Ayer llamé a un concesionario de automóviles para una gestión y la zafia secretaria de turno me dijo algo así como "te paso con el responsable de comercial y él te resolverá lo que quieres". Seguro que desde que nació ha convivido siempre con el tuteo y tratar de usted a desconocidos le suena tan remoto e inapropiado como aquello de vuesa merced.